Victoria O’ Donnell: “La falta de conexión social trae riesgos de depresión”

Desde hace un tiempo, la soledad comenzó a abordarse como una problemática social, al punto que desde organismos de salud como la OMS hasta estados, como Gran Bretaña, la problematizan como una variable que afecta la salud integral y la calidad de vida de las personas en las ciudades modernas. Frente a este panorama, la publicación de Mosaicos (ed.El Gato y la Caja) aporta una mirada actual y propia de estas latitudes. Su autora, Victoria O’Donnell, socióloga e investigadora especializada en tecnología y salud mental, compone este pequeño libro-ensayo que es una suerte de caleidoscopio: a medida que avanza, va revelando las distintas facetas de la soledad contemporánea y urbana.Un informe de Fundar y CESBA (Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires) da cuenta del fenómeno: la gente hoy vive en promedio hasta los 80 años pero cada vez más sola (con un 17,8% que vive solo) y un aumento de los hogares unipersonales, mientras cambian las familias y nos aislamos un poco más a causa de las transformaciones tecnológicas y laborales.-¿Cómo surge escribir este libro y por qué ahora?-Cuando la OMS empezó a tratar la soledad y la desconexión social como un problema de salud pública global, algo cambió en la conversación. La organización señaló que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, y que la falta de conexión social se asocia con mayores riesgos de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y muerte prematura. También recuperó evidencia que compara el impacto de la desconexión social con factores de riesgo que solemos tomar mucho más en serio, como fumar, la inactividad física o la obesidad. Para mí lo importante de esa declaración no es asustar ni convertir la soledad en una nueva patología. Lo que me interesó especialmente del tema fue la paradoja y lo mucho que puede lastimar a alguien si se vive como algo individual que genera culpa, vergüenza o sensación de ser insuficientes. Estamos en una época con demasiada soledad no deseada y, al mismo tiempo, con muy poca soledad buena. Muchas personas se sienten desconectadas, pero incluso cuando están solas siguen capturadas por notificaciones, trabajo, plataformas, algoritmos y estímulos permanentes.-¿Qué fue lo que encontraste charlando con especialistas? ¿Cuáles algunas señales preocupantes?-La primera señal es la ausencia de confidentes. Muchas personas tienen contactos, compañeros de trabajo, seguidores, grupos de WhatsApp o intercambio cotidiano, pero no tienen a quién contarle algo importante. No tienen una persona a quien llamar cuando se enferman, cuando sienten miedo, cuando atraviesan una crisis o cuando necesitan que alguien las escuche sin exigirles una versión presentable de sí mismas. Esa es una forma de soledad muy extendida porque no siempre se ve desde afuera. Alguien puede estar rodeado de interacciones y, sin embargo, no tener intimidad. Puede hablar todo el día y no sentirse comprendido por nadie. La segunda señal es el hambre de contacto. Hablamos mucho de comunicación, pero menos de cuerpo. No ser abrazado, no ser tocado con afecto, no tener una presencia física cercana también produce intemperie. La sociabilidad no es solo intercambio de información. Es voz, mirada, proximidad, ritmo, piel. La tercera señal es la pérdida de espacios de amparo. Durante mucho tiempo, parte de la vida estaba mediada por instituciones y comunidades que daban continuidad. Clubes, bibliotecas, escuelas, sindicatos, centros culturales, trabajos más estables, organizaciones barriales, iglesias, militancias, familias extensas. Ninguno de esos espacios era perfecto, pero ofrecían algo fundamental: no tener que inventar desde cero la propia red de apoyo.-¿Cambió nuestra capacidad para relacionarnos?-Las tecnologías contemporáneas tienden a reducir fricciones. Podemos pedir comida sin hablar con nadie, trabajar sin compartir un espacio, entretenernos sin coordinar con otros, consultar sin preguntar, comprar sin salir, conversar sin exponernos del todo. Muchas de esas soluciones son útiles. El problema aparece cuando toda la vida empieza a organizarse alrededor de evitar la incomodidad. Los vínculos humanos son incómodos por definición. Implican espera, malentendidos, silencios, desacuerdos, negociación, presencia corporal y responsabilidad. Una persona no funciona como una plataforma. No está siempre disponible, no se adapta por completo a nuestras preferencias, no puede ser pausada, reemplazada o editada sin consecuencias.-¿Estamos atrofiando nuestras habilidades o simplemente perdiendo la paciencia para los vínculos?-Si una parte creciente de nuestra experiencia ocurre en entornos personalizados, inmediatos y controlables, puede volverse más difícil tolerar la opacidad de los otros. La amistad, el amor, la comunidad y el cuidado requieren capacidades que se ejercitan: paciencia, escucha, reparación, atención sostenida. Hoy es normal entrar a un tren, un colectivo, una sala de espera o caminar por la calle y encontrar a casi todo el mundo aislado en su propio entorno sonoro. Los auriculares pueden proteger del ruido, del acoso, del cansancio urbano. Pero también expresan una frontera portátil. Estamos juntos en el espacio, pero separados en la percepción. Compartimos territorio, pero no necesariamente mundo.-¿Podemos hablar de nuevas soledades en un mundo hiperconectado? -Sí. Una de las cosas más claras que aparece al investigar es que la palabra “soledad” ya no alcanza para nombrar todo lo que está ocurriendo. Hay formas de aislamiento extremo, especialmente visibles en jóvenes, que recuerdan al fenómeno de los hikikomori de Japón: personas que pueden pasar meses sin relacionarse significativamente con otros fuera de espacios digitales. No se trata simplemente de timidez ni de preferir estar en casa. Son vidas donde el contacto humano directo se vuelve excepcional. Puede haber pantallas, videojuegos, redes, contenidos o inteligencia artificial, pero muy poca experiencia de reciprocidad.También aparece una soledad hipervisible. Personas con miles de seguidores, exposición pública o actividad constante en redes que descubren que una audiencia no es una red de cuidado. Se puede tener mucha gente mirando una historia y nadie que aparezca con una sopa cuando una está enferma. Esa diferencia entre visibilidad y cuidado es central. Y hay una soledad que tiene menos que ver con la falta de personas alrededor y más con la falta de sentido. La sensación de no pertenecer a ningún proyecto, comunidad, institución o historia compartida. No es únicamente “no tengo con quién hablar”. Es “no sé dónde se inscribe mi vida”.-Los vínculos cambian también por transformaciones culturales y demográficas. ¿Pensás que las ciudades latinoamericanas están preparadas para estos cambios?-Las ciudades latinoamericanas están frente a un cambio profundo. Vivimos más años, tenemos menos hijos, formamos pareja más tarde, aumentan los hogares unipersonales, crecen las separaciones, las migraciones y el envejecimiento poblacional. Eso modifica la forma en que habitamos, pero también la forma en que cuidamos y somos cuidados. Durante mucho tiempo la vida urbana se pensó alrededor de supuestos familiares relativamente estables. Una familia disponible, una red cercana, una trayectoria previsible, una vejez acompañada. Ese modelo ya no alcanza para describir muchas vidas. América Latina conserva tradiciones de sociabilidad barrial, familiar y comunitaria muy valiosas. Pero no son infinitas ni sobreviven automáticamente. Una ciudad preparada para el futuro no debería medirse solo por eficiencia o conectividad. También debería preguntarse si permite que una persona mayor no envejezca aislada, que alguien que vive solo tenga espacios de pertenencia, que una familia no cargue sola con todos los cuidados, que los jóvenes encuentren lugares donde construir comunidad fuera del mercado y de las pantallas.
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