De sobrevivir con 3 euros diarios en Madrid a participar en el programa de TV más visto: “Una propuesta distinta funciona”

Lis Ra tiene rostro coreano, acento porteño y hoy vive bajo el cielo de Madrid. Esa mezcla de identidades, lejos de ser un límite, terminó siendo su mayor superpoder. Tras revolucionar la escena de Palermo con Na Num, su propuesta de cocina coreana con un toque argentino, la inestabilidad económica y el desgaste de vivir entre dos continentes la obligaron a tomar una decisión drástica en 2024: cerrar las puertas en Buenos Aires y apostarlo todo a España. Hoy, consolidada en el mercado europeo y tras su paso por MasterChef España que disparó su popularidad, la cocinera de 37 años repasa una historia donde el éxito actual es solo la superficie de un camino marcado por el esfuerzo y la resistencia.Un paladar complejo desde la niñezEl recorrido de Lis Ra hacia en la cocina no tuvo un inicio lineal ni precoz. Nació en la Argentina, pero apenas comenzó la escuela primaria su familia armó las valijas y se trasladó a los Estados Unidos. El regreso a Buenos Aires se produjo casi a sus trece años, una edad bisagra en la que debió enfrentarse al desafío de aprender el idioma castellano prácticamente desde cero. Antes de colgarse el delantal de forma definitiva, su juventud transcurrió en un constante intento por encajar en moldes profesionales tradicionales. Cursó tramos de carreras como kinesiología, psicopedagogía y musicoterapia. El inicio tardío en la gastronomía no se debió a una falta de vocación, sino a una búsqueda existencial. En las disciplinas anteriores, Lis sentía un vacío insalvable, no lograba proyectarse trabajando en ellas a largo plazo. Todo cambió cuando la gastronomía apareció en su vida como una alternativa que, al menos, prometía diversión. En sus primeros años, sus aspiraciones eran modestas; planeaba abrir una cafetería pequeña y despachar sándwiches, una meta muy alejada de la alta cocina. Su relación con los sabores venía de la infancia, de una crianza donde su madre le inculcó el mantener la casa limpia, aprender a planchar y saber cocinar. Para Lis y sus hermanos, aquellas tareas domésticas no se presentaban como un juego, lo que inicialmente le impidió ver ahí una pasión. A esto se sumaba su personalidad retraída y ordenada. Ajena a las actividades grupales y a los juegos con sus primos, prefería la compañía de los adultos y la televisión. En esas reuniones familiares, mientras los demás chicos se volcaban a platos infantiles, ella se plantaba junto a los mayores para, sin saberlo, ir educando un paladar complejo desde la niñez.Hacia los años 2012 y 2013, coincidiendo con la explosión en Buenos Aires de los primeros cafés que ofrecían brunchs con una estética cuidada, Lis descubrió que le divertía salir a comer y documentar la experiencia a través de fotos, en una época en la que las redes sociales empezaban a masificar la cultura culinaria. Decidió estudiar gastronomía formalmente y, al terminar las materias troncales, optó por realizar una especialización en pastelería. La decisión no estuvo motivada por el afecto hacia la disciplina, Lis confiesa que odia la pastelería, sino por una necesidad estratégica de adquirir todas las herramientas posibles para ser una cocinera completa. Se recibió a los 27 años, una edad en la que muchos colegas ya acumulan una década de trayectoria en el sector. Esa brecha temporal le generó un apuro interno considerable. Entendió que el camino convencional y las pasantías eternas la iban a dejar en una posición rezagada, siendo una trabajadora más del montón.Un mix cultural coreana - argentina: su fortalezaFue en ese instante de presión cuando comprendió que su mix cultural como coreana-argentina, sumado a sus años de residencia en el exterior, constituía su mayor fortaleza y la oportunidad perfecta para crear algo único. Mientras otros la aventajaban en años de experiencia técnica, ella contaba con una identidad irrepetible que la diferenciaba de manera inmediata. Su propuesta no encajaba en los cánones de la cocina tradicional o las fusiones ya instaladas como la nikkei; era un cruce de caminos inédito en el mercado local. Tras graduarse, trabajó durante un año en el circuito comercial, seis meses en la cocina de un hotel realizando eventos y otros seis meses en una confitería tradicional despachando ensaladas Waldorf y sándwiches de jamón crudo con manteca batida. Agotada por la hostilidad y el machismo arraigado en esas cocinas de la vieja guardia, donde los comentarios desubicados eran moneda corriente, decidió tomarse un año de descanso de la gastronomía. Durante ese período, se desempeñó como entrenadora personal y también comenzó a organizar pequeños eventos pop-up de cocina coreana en locales amigos. Fue en ese circuito alternativo donde conoció a Pedro Peña y Germán Sitz, los creadores de Niño Gordo.La dupla de Palermo le propuso sumarse a su equipo de cocina para el desarrollo de su nuevo proyecto. El voto de confianza fue absoluto. A pesar de las advertencias del entorno, que tildaban a Lis de ser una simple influencer que no aguantaría la exigencia física del despacho, Peña y Sitz le otorgaron la libertad total para jugar, crear y aprender a dirigir una cocina por primera vez. Esa experiencia representó su verdadero despegue profesional. Tras un año de aprendizaje intensivo, Lis decidió dar forma a Na Num en un formato efímero dentro de Opium, un restaurante asiático ubicado en Palermo Chico, a pocas cuadras de La Alacena. Aprovechando que el local cerraba los domingos y lunes, sus propietarios le cedieron el espacio para que los lunes por la noche Na Num funcionara con una carta abierta y opciones de platitos. La propuesta fue un éxito inmediato, permitiéndole ahorrar durante todo el año 2017 para, con el apoyo económico de sus padres, proyectar el local propio. Sin embargo, el destino le deparaba el peor timing posible, la inauguración estaba prevista para marzo de 2020 y, a diez días de abrir y con el equipo ya contratado, el Gobierno decretó la cuarentena estricta por la pandemia.Los días sin colchónQuienes ven su presente perfecto en las redes sociales o en la televisión europea suelen asumir que el camino fue fácil, una suposición que a Lis le resulta ajena a la realidad. Detrás de la estética de sus platos hubo noches difíciles. En la época en que Na Num estaba dando sus primeros pasos, llegó a quedarse sin un colchón donde dormir, juntando camperas, toallas y sábanas en el suelo para pasar la noche, hasta que un amigo le prestó dinero para comprar una cama. Convicción era lo único que sobraba, la cocinera sostiene que si uno tiene una propuesta distinta, no hay forma de que no funcione; en algún momento va a marchar. Para ella, el secreto radica en confiar en la capacidad propia, rodearse de gente que apoye y “romperse el lomo” trabajando, destacándose en un entorno donde muchas veces abunda la mediocridad. Con el local a medio terminar en marzo de 2020, las obras se paralizaron; el delivery no era una opción viable bajo esas condiciones. Recién en mayo y junio, cuando las restricciones se flexibilizaron para ciertos rubros técnicos, Lis logró retomar los trabajos contratando electricistas y pintores que contaban con permisos de circulación esenciales, terminando la obra a pulmón.De Buenos Aires a MadridEl éxito comercial de Na Num en Buenos Aires convivió con el deseo de expandir la marca hacia Europa, lo que llevó a Lis a inaugurar una sede en Madrid y a pasar un año viajando constantemente entre ambos continentes. El desgaste físico y la complejidad de gestionar un restaurante en solitario en la Argentina, sin socios operativos, terminaron por inclinar la balanza. Cuando las variables económicas del país comenzaron a deteriorarse y el negocio porteño dejó de autofinanciarse, tomó la determinación de cerrar las puertas en Palermo en 2024. El cierre implicó un costo emocional inmenso; significaba clausurar su primer proyecto personal y desarmar la red de contención en Buenos Aires. Sin el restaurante como ancla, el motivo para sostener el puente transatlántico se disolvió.El traslado definitivo a Madrid tampoco estuvo exento de problemas financieros. A principios del año pasado, tras utilizar la totalidad de sus ahorros para afrontar el pago de indemnizaciones, liquidaciones y deudas impositivas derivadas del cierre en la Argentina, Lis se encontró en España con las arcas vacías. Su prolongada estadía en Buenos Aires para ordenar los papeles del cierre había dejado al local de Madrid sin una dirección clara, lo que afectó las ventas y obligó a cerrar durante varias jornadas. En enero de ese año, la recaudación apenas alcanzó para cubrir los salarios del personal. Lis relegó sus propios ingresos, postergó el pago del alquiler comercial y el de su vivienda particular.Durante dos semanas, su economía se sostuvo gracias a las monedas de euro que lograba rescatar del fondo de sus carteras y bolsos. Con un presupuesto diario de tres euros, compraba pasta y fruta en el supermercado para subsistir, manteniéndose firme en la postura de no pedir más ayuda financiera a sus padres, quienes ya habían comprometido su capital en el cierre porteño. La certeza de que no existía red de seguridad y de que la alternativa era quedar en la calle funcionó como el reactivo definitivo para ajustar las clavijas del negocio. Hacia los meses de febrero y marzo, el público madrileño respondió, las mesas volvieron a rotar y la situación financiera se estabilizó.El menú de los recuerdosHoy, la realidad es otra y la propuesta madrileña de Na Num es más elevada y sofisticada que la original de Palermo. La carta viaja directo a sus recuerdos de infancia, fusionando la herencia coreana con la latinoamericana, sumando productos españoles de alta calidad. Uno de sus platos emblema es el Kong-guksu, un caldo frío y cremoso de soja que en Corea consume la gente mayor y que ella reversionó con fideos de trigo sarraceno, cebolla frita, pepino, aceite de chilli con pimienta de Sichuan y aceite verde de ciboulette. También sumó el Saewoo, inspirado en las gambas que su madre cocina
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