“Sentimos que los gobernantes no defienden a quienes producimos en Patagonia”, dice Roberto Jamieson, que prefiere criar ovejas en la soledad de Santa Cruz que vivir en Buenos Aires “rodeado de un mar de gente”
Roberto Jamieson es el mayor de tres hermanos de descendencia escocesa. Si bien se reconoce parte de una familia sajona, “escoceses de poco hablar”, él no parece poco conversador. Su piel habla de largos días a la intemperie, acumulando historia en el campo familiar y trazando la propia ahora, como ...
La familia Jamieson forma parte de la historia grande de la producción ovina en Santa Cruz. Con casi un siglo de trayectoria, lograron consolidar a la cabaña Fortitudo como una referencia genética de la Patagonia y una de las más premiadas en la tradicional exposición de Río Gallegos. Detrás de ese recorrido hubo generaciones dedicadas a perfeccionar animales adaptados a las condiciones extremas del sur, combinando tradición, selección genética e incorporación de nuevas prácticas.
La estancia familiar de Fitz Roy quedó al mando de los hermanos de Roberto. “Yo no me meto para nada porque confío en ellos”, asegura, y cuenta que se ven poco por las distancias, “pero gracias al Wi-Fi estás más comunicado”. “Para mí la distancia no son los kilómetros, sino cuando cortás la relación de hablar”, reflexiona.
Rescata de esta elección de vida traerla como parte de su legado familiar y se aventura en el desafío de tener siempre “algo para mejorar”. Inmersa su tarea en plena Patagonia ovina, conoce de tiempos complejos. Sequías cada vez más largas, inviernos menos rigurosos, falta de mano de obra, escaso recambio generacional y un negocio que se mueve lentamente como parte del escenario actual.
Aun así, sigue apostando al rubro. Administra un establecimiento y, además, mantiene su propia cabaña dentro de la estancia. “Los dueños me permitieron tener mis ovejas, así que sigo con el hobby de la cabaña, que es lo que nos inculcaron de muy chicos”, cuenta.
El productor explica que su formación estuvo marcada por el aprendizaje familiar y por referentes históricos de la actividad. “Con mis hermanos y mis primos tuvimos casi los dos mejores profesores. Escuchábamos a mi viejo y a mi tío hablar de genética y de producción, y nos fuimos empapando de todo eso”, recuerda.
Según Roberto, el ovino cambió mucho en las últimas décadas, empujado por las transformaciones del mercado.
“Todas las razas cambiaron por el tema de los mercados. Se empezó a buscar más lana fina, pero hoy hay una diferencia entre quienes apuestan a la lana y quienes apostamos más a la carne”, señala.
En su caso, considera que el futuro está más ligado a la producción cárnica que a la textil. “La gente va a seguir comiendo siempre. En cambio, para vestirse hoy tiene muchas opciones sintéticas y más económicas. Creo que el mercado de la lana se va a ir achicando un poco más”, analiza.
Por eso, en la selección genética priorizan animales “bien plantados, anchos, profundos y precoces”, buscando equilibrio entre los datos productivos y la experiencia de campo.
“Es prueba y error. Hay que tener la humildad de decir ‘por acá no es’ y corregir”, resume. La adaptación al clima patagónico siempre fue una condición central para la producción ovina. Pero Roberto advierte que el escenario actual ya no es el mismo que el de décadas atrás.
“Hoy tenemos calores de 30 grados que antes no existían. Los inviernos se acortaron y las precipitaciones cambiaron muchísimo”, afirma. “El gran problema, son las sequías”, señala.
“Ya no nieva como antes. La carga de nieve en la cordillera no es ni el 30% de lo que había. Entonces no recargan las napas y directamente no hay agua. Hay campos que tienen que comprar cisternas para llenar tanques”, describe.
También recuerda que la erupción del volcán Hudson (1991) marcó un antes y un después para la actividad en la región. “Eso provocó mucho abandono de campos y una caída muy grande de la cantidad de ovejas”, remarca.
Pese a todo, asegura que la genética ovina patagónica sigue mostrando gran capacidad de adaptación. “Hoy traes semen de Buenos Aires, de Nueva Zelanda o Australia, y los animales se adaptan perfectamente. El problema aparece cuando se traen animales en pie, porque sufren muchísimo la cuarentena y el cambio”, explica.
Consultado sobre las nuevas corrientes de manejo regenerativo y sistemas holísticos, el productor se muestra escéptico. “Hay productores que lo hacen y otros que no. En mi caso, no me termina de cerrar”, admite.
Su principal cuestionamiento pasa por el impacto sobre las pasturas naturales. “La oveja tiene una pezuña que cuando camina mucho arranca el pasto. Yo prefiero resignar cantidad de animales antes que tener el campo todo pisoteado. Si supiera que después me van a caer 200 milímetros de lluvia lo haría, pero con estos inviernos pobres no”, argumenta.
Al mismo tiempo, rechaza las acusaciones de sectores ambientalistas que responsabilizan a la ganadería por la desertificación. “Nosotros cuidamos el recurso porque vivimos de eso. Si no tenemos pasto, no tenemos ovejas”, enfatiza.
Y agrega: “Hay mucha gente que defiende al guanaco, al puma o al zorro sin saber lo que pasa acá. Estaría bueno que vinieran una temporada completa al campo para ver lo que se sufre y se trabaja para conservar lo que se produce”.
Otro de los problemas que enfrenta la actividad es la escasez de personal capacitado y la falta de recambio generacional también preocupa.
“Hay muy poca mano de obra calificada. Mucha gente viene al campo porque no consigue otra cosa y entonces hay que formarla desde cero”, señala.
“Hay productores de 55 años que dicen que son el último eslabón de la cadena porque sus hijos no quieren venir al campo”, cuenta y asegura que entiende esa decisión.
“Yo tampoco obligaría a nadie a vivir a 200 kilómetros del pueblo más cercano, con depredadores, robos y un clima durísimo”, admite.
A eso suma la sensación de abandono por parte del Estado. “El único reclamo que tenemos es que no nos escuchan. Sentimos que los gobernantes no defienden a quienes producimos en Patagonia”, afirma.
En especial, cuestiona la falta de respuestas frente a la depredación y el avance de políticas de conservación que, según dice, no contemplan la realidad productiva.
“No queremos eliminar al puma o al guanaco, queremos controlarlos. Pero siempre quedamos como los malos de la película”, agrega.
Pese a las dificultades, el productor asegura que sigue profundamente ligado al campo. “Nací y me crié acá. Trabajé en Buenos Aires, pero me cansé de vivir encerrado en un mar de gente. Llegó un momento en que necesitaba volver a lo que conocía”, relata.
Hoy en día, mientras continúa administrando el establecimiento, sigue pensando en mejorar su propia genética. “Ahora estamos congelando semen e inseminando con un veterinario amigo. Esto es una rueda que no para nunca”, concluye con entusiasmo.