De Raíz: Un jardín sin apuros, la historia de Sandra Cardarelli y su refugio entre las sierras de Tandil
Un jardín puede ser mucho más que un conjunto de plantas. Puede convertirse en el reflejo de una historia personal, de una etapa de cambios o incluso de una forma de mirar la vida. Eso es lo que ocurre en el jardín de Sandra Cardarelli, en Tandil, uno de los espacios visitados durante una recorrida ...
Ubicado en un entorno serrano marcado por desniveles, piedras y vistas abiertas, el jardín nació junto con una nueva casa y una nueva etapa de vida. Con sus hijos ya independizados y después de atravesar la pérdida de su marido, Sandra decidió empezar de nuevo en un lugar que le permitiera proyectar otros sueños y disfrutar de una escala diferente a la que había conocido durante años.
“Es la casa de esta etapa de mi vida y también el jardín de esta etapa”, contó mientras recorría los distintos rincones. Acostumbrada a un jardín urbano, mucho más contenido y estructurado, asegura que este nuevo espacio le abrió posibilidades que antes no tenía. “Acá tengo más lugar y espero darme muchos gustos”, resumió.
Mirá la entrevista:
Aunque la mudanza implicó dejar atrás un jardín muy querido, no todo quedó en la casa anterior. Algunas plantas, estructuras y objetos cargados de recuerdos encontraron lugar en el nuevo terreno. “Me traje amor, porque en esa casa hubo mucho amor. Me traje estructuras y me traje plantas que me habían regalado gente querida”, recordó movilizada.
Muchas de esas especies llegaron de la mano de amigos jardineros y hoy continúan creciendo en este nuevo escenario, conservando historias y afectos que acompañan a Sandra desde hace años. Pero además de lo emocional, había un desafío concreto: adaptarse a un terreno completamente diferente. Los desniveles naturales del paisaje tandilense obligaban a tomar decisiones desde el primer momento.
Lejos de intentar modificar el lugar con grandes movimientos de tierra, Sandra eligió otro camino. “La consigna era arreglarme con lo que tengo”, explicó.
Esa idea terminó convirtiéndose en una filosofía de diseño. Las distintas terrazas naturales fueron aprovechadas tal como aparecían en el terreno, generando sectores diferenciados que se conectan entre sí de manera orgánica. El jardín fue creciendo a partir de las características propias del paisaje, sin intentar imponerle una forma ajena.
El resultado es un espacio que parece integrarse naturalmente con el entorno serrano. A diferencia de su jardín anterior, donde todo era más ordenado, en esta nueva etapa Sandra decidió darse mayores libertades. “A mí me gusta una planta y si la puedo tener la quiero tener”, confesó entre risas.
Por eso aquí conviven especies muy diversas, lejos de la idea de canteros uniformes o colecciones excesivamente planificadas. El criterio existe, pero aparece de una manera más flexible, guiado por el gusto personal y por el placer de incorporar aquellas plantas que despiertan entusiasmo.
Con el tiempo fue organizando distintas áreas mediante paletas de colores. Algunos sectores reúnen flores blancas combinadas con follajes oscuros, otros exploran contrastes de rojos y azules, mientras que una parte del jardín está dedicada a los tonos rosados. Son decisiones que ayudan a dar identidad a cada espacio sin perder la sensación de espontaneidad que caracteriza al conjunto.
Como suele suceder en el mundo de la jardinería, el proyecto tampoco fue una construcción solitaria. En los primeros momentos, cuando todavía estaba intentando comprender las dimensiones del terreno y ordenar ideas, recibió el acompañamiento de integrantes del Grupo Jardín Tandil-Mar del Plata.
La ayuda de otros aficionados y especialistas resultó clave para empezar a imaginar cómo ocupar semejante espacio y transformar un terreno vacío en un jardín con personalidad propia. Sin embargo, más allá del diseño, las plantas o las decisiones paisajísticas, el recorrido deja una enseñanza que atraviesa todo el proyecto: la importancia de respetar los tiempos.
Mientras muchas veces la ansiedad lleva a querer resultados inmediatos, Sandra parece haber adoptado una postura completamente distinta. “Hay que dejarlos ser a los jardines, expresarse y que vivan tal cual”, sostuvo.
Por eso todavía existen sectores que continúan en evolución, límites que esperan una definición futura y detalles que llegarán cuando aparezca el objeto indicado o la idea adecuada. No hay urgencias.
“Nada me apura. Quiero hacerlo tranquila, darme tiempo para realmente estar convencida de que me guste, que lo que voy a poner exprese algo en mí o en lo que deseo”, explicó.
Quizás allí resida la esencia de este jardín. Más que una obra terminada, es un espacio vivo que sigue transformándose junto con quien lo habita. Un lugar donde cada planta encuentra su tiempo y donde el paisaje acompaña, silenciosamente, la construcción de una nueva etapa.