El chancho que no sale: Presentaron una trampa para capturar familias de jabalíes que se puede armar en diferentes lotes del campo

La trampa pesa 60 kilos, se arma con diez postes y una red, y puede capturar una familia entera de jabalíes en una sola noche. La fabrica una empresa argentina llamada PigBrig, con licencia de un diseño norteamericano, y llegó a Corrientes invitada por el gobierno provincial para presentar el sistema como parte de un proyecto de acceso a proteínas a bajo costo. La trampa viene a intentar resolver un problema que crece sin pausa: el jabalí es hoy una de las plagas más destructivas del campo argentino.
El animal no es nativo. “El chancho es universal. Es un animal que lo trajeron los colonizadores para tener proteínas, para estar provistos. Luego quedó libre y se multiplicó, y se distribuyó por todo el continente”, explica Juan De Rosa, de PigBrig. Hoy hay chanchos salvajes desde el sur de Estados Unidos hasta la Patagonia argentina, todos con el mismo patrón de comportamiento, todos con la misma voracidad. En Argentina, la población ya supera el millón de individuos según las estimaciones disponibles, y la tasa de reproducción es lo suficientemente alta como para que cualquier intento de control parcial resulte insuficiente. El problema, en otras palabras, se renueva solo.
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Los daños que provoca son variados y en algunos casos graves. En Corrientes, productores de cría relatan que los jabalíes atacan terneros recién nacidos, lo que convierte a la plaga en una amenaza directa sobre la ganadería. Las majadas de ovejas sufren ataques similares. Los cultivos de maíz y los arrozales también aparecen en la lista de víctimas habituales, puesto que el jabalí come prácticamente cualquier cosa, y su hábito de hociquear y revolcar el suelo destruye superficies que van mucho más allá de lo que consume. No es solo lo que se lleva, sino lo que deja inutilizable.
Frente a ese cuadro, las respuestas tradicionales como la caza deportiva, el control con perros o los disparos, han demostrado ser insuficientes o difíciles de escalar. Es en ese contexto donde aparece el sistema que desarrolló un científico estadounidense tras estudiar en detalle el comportamiento del animal, y que PigBrig adoptó bajo licencia para fabricarlo en Argentina. El sistema está patentado, y la empresa debió pasar una serie de pruebas antes de obtener la habilitación para producirlo. Hoy lo fabrica íntegramente en Caseros, Buenos Aires, con mano de obra local.
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El diseño aprovecha dos características centrales del jabalí: su desconfianza inicial ante elementos nuevos en el ambiente y su tendencia a hociquear, es decir, a empujar con el hocico todo lo que encuentra. La trampa se instala con diez postes clavados en el suelo y una red que los conecta formando un recinto cerrado con techo. En la primera etapa, llamada fase pasiva, las cortinas laterales permanecen levantadas: los animales pueden entrar y salir libremente. En el centro se coloca maíz, el cebo de preferencia. “El animal se acostumbra a que la red lo toque, entra, sale, entra y sale. No reacciona porque no encuentra resistencia ni peligro. Al cuarto o quinto día, cuando ya está confiado, se bajan las cortinas y la trampa pasa a modo activo”, describe De Rosa.
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Lo que ocurre entonces tiene que ver con la ingeniería del diseño. El acceso al interior está construido de manera que permite el ingreso pero no la salida, ya que unas estacas con argollas en la base impiden que la red se levante desde adentro. “El animal tiene la condición de hociquear, de empujar todo con el hocico. Pero acá la trampa tiene un formato que permite el acceso hacia el interior y una vez dentro ya no puede salir, porque se levanta de afuera hacia adentro, pero no de adentro hacia afuera”, explica De Rosa. Esa noche, toda la familia entra a buscar el maíz y no puede volver a salir.
La trampa no es una jaula de retención prolongada. Es un sistema de captura que exige acción inmediata. “Una vez que se bajaron las cortinas y la trampa está en modo activo, los animales van a entrar todos esa misma noche. A la mañana siguiente van a querer volver a su madriguera y la trampa no se lo va a permitir. Entonces el productor tiene que venir ese día y disponer de la captura”, advierte De Rosa. Lo que se haga con los animales depende del productor y del marco legal de cada jurisdicción, pero el gobierno de Corrientes lo está evaluando en el marco de un proyecto de proteínas a bajo costo, donde la carne de jabalí, junto con la del ciervo axis, podría destinarse con los controles sanitarios correspondientes a poblaciones que necesitan acceso a proteína animal.
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La portabilidad del sistema es uno de sus atributos más prácticos. Los diez postes suman 30 kilos y la red otros 30, es decir, 60 kilos en total que se pueden cargar en una camioneta, trasladar a otro potrero y volver a instalar cuantas veces sea necesario. Para un productor que tiene jabalíes en distintos lotes a lo largo del año, eso significa que una sola trampa puede resolver múltiples problemas sucesivos sin inversión adicional. La red tiene garantía mínima de cinco años, con tratamiento UV y resistencia certificada a la intemperie, a ácidos y a combustible.
“Es aprovechar un recurso abundante, muy abundante, con una tasa de reproducción muy alta y con muchas ventajas económicas. La población de jabalíes está superando el millón de individuos y sigue creciendo. Ese es el concepto de este proyecto”, resume De Rosa. En cuanto al costo, prefiere no dar cifras en público pero asegura que el sistema es accesible y que PigBrig financia la compra directamente, sin necesidad de recurrir a un banco.
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