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El día en que YouTube empezó a enseñarle algunas cositas a Hollywood
Los exitosos estrenos de Obsesión y Backrooms, con directores surgidos de la plataforma, muestra una nueva relación con el público
Una nota en Variety de la semana que pasó llama la atención sobre un fenómeno notable: los youtubers llegaron al cine. La prueba: dos de las películas independientes más exitosas de los últimos meses son producciones de jóvenes que salieron de la plataforma creada y curada por usuarios. Una es Obsesión, dirigida por Curry Baker; la otra es Backrooms, actual número 1 en la taquilla de la Argentina (y no solamente), realizada por Kane Parsons. La nota menciona otros ejemplos, como el del creador de Iron Lung (que pasó casi inadvertida aquí), Mark Fischbach. En todos los casos son filmes que compiten con tanques mega millonarios, como The Mandalorian & Grogu, que fue superada por las dos primeras en la segunda semana de exhibición. Otro asunto relacionado: todas son películas de terror, pero eso debería sorprender menos. La gran pregunta es si esto implica un cambio de paradigma en Hollywood y hacia dónde irá la producción. La gran curiosidad no es de dónde vienen los cineastas: en cierto sentido, que la “generación YouTube” recién hoy sea notada por Hollywood habla del anquilosamiento de un sistema que prefiere repetir las viejas fórmulas hasta el más extremo agotamiento. El punto es que este año está mejorando notablemente la asistencia en salas y es, en gran medida, por películas de este tipo más que por los grandes espectáculos de franquicia. Lo que el cine industrial parece recuperar, por lo menos en los Estados Unidos, es la sincronía con el público. Estas películas tienen presupuestos que no superan los 10 millones de dólares en el mejor de los casos. De hecho, Obsesión costó nada menos de un millón de dólares (un presupuesto que la Argentina bien podría permitirse). Por supuesto que equivaldrían a una superproducción masiva en nuestros pagos, pero en términos internacionales son capitales irrisorios. Y sólo en sus respectivos debuts recuperaron y multiplicaron esa inversión inicial. Primera lección: el presupuesto no importa. “Gastar más en valores de producción” no es una “carnada” directa para el público. No es difícil que una película se “vea bien” y profesional hoy día por la baja sustancial de costos en los insumos de producción. En realidad, gran parte del presupuesto de un blockbuster son los salarios de las estrellas y el costo de derechos y franquicias muy por encima de las “máquinas” con las que se filma (incluso si son de última tecnología, como las cámaras IMAX con las que se hicieron Pecadores y la inminente La Odisea). En cuanto a los efectos especiales, los tiempos del asombro pasaron rápidamente y hoy lo que importa es que las imágenes sean efectivas y parezcan verdaderas. Segunda: el cine de terror o de género (el suspenso se incluye como tal) son grandes atractores de público. La idea de que hay algo a descubrir o algo fantástico o terrible que saltará de la pantalla es clave desde los inicios de la cinematografía. Lo sabía Méliès a fines del siglo XIX y por eso desarrolló fantasmagorías y comedias hoy definibles como surreales. Y bajo el terror se puede tocar cualquier tema, es algo similar a la demostración por el absurdo. Obsesión habla de las relaciones tóxicas con una premisa fantástica; Backrooms, de la alienación contemporánea a través de un dispositivo casi de ciencia ficción. Pero ninguna de las dos funcionaría si el cineasta que las lleva adelante no sabe cómo comunicarla a su público. Y aquí es donde aparece el Santo Grial que tanto buscan los estudios. Hubo una tendencia nacida hacia mediados y finales de la década de los ochenta de dejar que los ejecutivos se hicieran cargo, con estudios de mercado, gráficos y demostraciones, de las decisiones de las majors. Por supuesto que eso no impidió que hubiera grandes películas en el último medio siglo (no todos los ejecutivos salidos de escuelas de negocios son ignaros en arte o carecen de percepción respecto del público), pero sí es cierto que hubo demasiado gasto fallido y que la asunción de riesgos cayó a pico sobre todo desde el triunfo (por suerte parece que momentáneo) de la corrección política. Dejemos para otra nota por qué hubo graves errores en ese campo. Lo que importa es que estos cineastas de los que hablamos tienen menos de treinta años pero mucha más experiencia audiovisual que la mayoría de los realizadores industriales de hoy. Pasaron años creando contenidos para millones de usuarios (Fischbach tiene en YouTube, bajo su nick Markiplier, 38 millones de seguidores y unos 12 millones en Instagram) y no “necesitan” el cine, económicamente hablando. Pero saben algo que los estudios, no. Y es extraño: Hollywood siempre supo dónde buscar el pulso de las audiencias. En los comienzos del sonoro, tenían gente encargada de leer todo lo que se publicaba (a veces antes de que un libro saliera a la venta, como sucedió con Lo que el viento se llevó, comprado por 50.000 dólares cuando aún estaba en galeras) para hallar material cinematográfico. Luego lo hizo con la televisión. Pero el desfase fue cada vez mayor desde los setenta, más allá de esos años en los que lo que vendía era el nombre de un director (digamos de El Padrino a Las puertas del cielo, 1970 a 1981). Que Marvel haya sido un éxito es porque “copió” algo de los años sesenta (cientos de superhéroes en historias interconectadas) porque hoy la tecnología lo permite. Pero pasó, y no sabemos si cayó en un eclipse o en un agujero negro. El público es voluble pero parece que hay quienes lo entienden. Tercera lección: sincronía con el público. Saben lo que su público pide y demanda, dado que están en interacción constante con sus seguidores, conocen incluso hasta dónde pueden arriesgarse en la fantasía o en el humor. Es decir, las redes sociales y YouTube les han permitido una interacción que es, a la vez, información para diseñar contenidos. Hacen lo que quieren como quieren: es la aceptación o no de los usuarios los que fijan las reglas. No necesitan focus group, estudios de marketing, estadísticas históricas, etcétera. Como los grandes pioneros del cine -y estos muchachos son pioneros también- se “hacen en el hacer”, pero además con una cercanía mucho mayor con el público. Porque no hay más espectadores: hay usuarios; no hay recepción pasiva, hay ida y vuelta. Porque antes de ser cineastas, fueron usuarios también. Eso es lo que YouTube trajo de nuevo y que recién ahora parece haber comprendido Hollywood.