La química detrás de la belleza: los intentos de la ciencia por medir nuestras reacciones frente a las obras de arte

En esta pequeña familia que tengo, uno conoce los gustos del otro. Mi madre no come tomate crudo, salvo que venga cortado muy fino dentro de un sándwich. Es una gran lectora y prefiere leer en inglés, un hábito que acarrea desde sus años escolares. Le gustan los perfumes más bien florales y cítricos, aunque aborrece los aromas demasiado dulces. Mi marido ama la música por sobre todas las cosas en este mundo. Y los superhéroes y las películas de superhéroes. El segundo Batman de Tim Burton por sobre el de Nolan, los Avengers y las aventuras del Mandalorian. También ama el arte. Turner y El último viaje del temerario y los artistas del siglo de oro holandés con alguna escena en particular en el interior de una casa en Delft. Mi madre y mi marido coinciden en su amor por Claude Monet y sus nenúfares.Hay una secuencia de fotos en la que estamos mi madre y yo en el Museo de La Orangerie en París, paradas en diferentes poses en esa sala oval que el propio Monet diseñó para sus cuadros, completamente ajenas a la lente de mi marido que nos sigue. La sala no tiene ángulos rectos, no hay esquinas donde se pueda acumular el peso de la realidad. Las paredes se curvan para que los ojos no tengan manera de tropezar. Y en el fondo de cada foto… ¡Ay, el fondo! Los murales enormes con los nenúfares de Monet. Verdes claros y oscuros, azules profundos, morados y toques de amarillo, blancos y rosas. Alaleh Nejafian, psicóloga: “La gente está concentrada en ser querida, pero pone poco de sí para amar”No hay horizonte, no hay perspectiva, solo la inmersión pura en el agua, el cielo reflejado y las flores flotando. En una de las fotos estamos perdidas dentro del cuadro: mi perfil y la nuca pensativa de mi madre. En otras estamos sentadas absorbiendo el momento. En una tercera, mi madre sonriente (y un poco extasiada) me está diciendo algo mientras yo también sonrío porque acabo de ver a mi marido del otro lado de una cámara retratando el momento. Los tres estamos felices. Rodeados de agua, plantas, pinceladas y flores que flotan. Afuera: París.Me encuentro con un texto en el Smithsonian Magazine que arranca con una escena que es casi de película: una periodista metida en un cuarto oculto del museo Galileo, en Florencia, con un gorro de natación lleno de cables y 32 electrodos pegados a la cabeza. ¿El objetivo? Medir qué le pasa al cerebro y al cuerpo frente a un objeto, en ese caso un astrolabio de bronce del siglo XVI que perteneció al mismísimo Galileo Galilei.Sucede que en Florencia acaban de inaugurar el Laboratorio de Neuroestética. Sí, hay científicos obsesionados con cuantificar la belleza. Con medir los voltios del asombro. Quieren saber qué pasa ahí adentro, en el cableado interno, cuando algo nos conmueve.La disciplina no es nueva —un neurobiólogo llamado Semir Zeki empezó a intentarlo en los noventa —, pero ahora tienen juguetes más caros. Zeki ya había descubierto que cuando algo nos parece “bello”, se enciende una zona arriba de las órbitas de los ojos llamada corteza orbitofrontal medial. A más belleza, más lucecitas en ese tablero imaginario. Hoy el asunto parece ser más completo: los neurólogos hablan de una “tríada estética”. Cuando miramos una obra de arte, se arma un cóctel en el que interactúan el sistema motor-sensorial (lo que vemos, la forma, el color, el movimiento), el de evaluación emocional (cuánto nos gusta lo que vemos y el grado de recompensa) y el sistema de significado (nuestra propia historia, cultura, lo que sabemos de esa obra, nuestros traumas, comentarios que escuchamos, gustos que heredamos, lecturas sobre el tema).A la cronista le miden el pulso, el sudor de las manos y las ondas cerebrales mientras mira el astrolabio. El aparato registra la emoción, pero —y acá está el límite maravilloso de la ciencia— el software no logra descifrar la polaridad. Los científicos ven el pico de intensidad, pero no pueden saber si la paciente está sintiendo un éxtasis místico o un ataque de pánico frente a lo que ve. El misterio de la belleza parece seguir a salvo. A los estudios actuales se suman la inteligencia artificial y el hyperscanning (una técnica para medir a dos personas a la vez) para ver si los cerebros de los que miran lo mismo se sincronizan. ¿Una especie de empatía neuronal?Por supuesto, ciertos puristas se horrorizan con esto de imponerle un algoritmo al arte. Sin embargo, nuestros latidos, respiración y cambios en los niveles de dopamina, oxitocina y cortisol pueden dar evidencia de la respuesta a la belleza. Pero los propios investigadores aclaran que no buscan reducir a un número frío el síndrome de Stendhal, esa reacción emocional y física intensa que algunas personas experimentan al contemplar una gran concentración de belleza artística o cultural, que puede provocar mareos, palpitaciones, desorientación o una sensación de desborde emocional ante obras de arte, paisajes o monumentos excepcionales. Susan Magsamen, una experta del laboratorio de Artes y Mente de Johns Hopkins, afirma que crear y apreciar la belleza es una ventaja evolutiva. El arte nos permitió sobrevivir como especie, crear cohesión social, compartir conocimiento y comunicarnos cuando todavía no teníamos las palabras exactas. Todo esto les dio a nuestros ancestros esa ventaja evolutiva por sobre otras especies más solitarias y también menos imaginativas. La belleza nos salvó de la soledad. El investigador, retirando el astrolabio, le dice a la periodista: “Puede volver a cerrar los ojos”, mientras prepara la siguiente obra de arte. Quiere ver por qué a este extraño animal humano se le estruja el corazón ante un pedazo de bronce antiguo.No hay algoritmo aún capaz de descifrar por qué tres personas, cruzadas por historias tan distintas —una señora de origen polaco que lee en inglés y odia los aromas dulces, un señor que delira por los superhéroes y Vermeer, y una hija que escribe notas en un diario argentino—, pueden sincronizar sus latidos en una sala oval de París, frente a los verdes, amarillos y morados de los nenúfares que flotan en un cuadro de Monet.
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