Quebrachera y montaraz: La experiencia de la COPAP, una cooperativa apícola que moviliza a 80 productores y exporta miel orgánica desde Chaco a Alemania

Hace poco más de dos décadas, un grupo de productores apícolas del Chaco comenzó a reunirse bajo el paraguas de un programa de Cambio Rural. Lo que nació como un espacio de intercambio técnico y organización trascendió y se convirtió en una experiencia cooperativa que hoy reúne a decenas de apicultores, procesa miel con valor agregado en origen y exporta producción orgánica a Europa.
La Cooperativa de Productores Apícolas (COPAP), con sede en Margarita Belén, celebrará el próximo 4 de julio sus 21 años de trayectoria. En ese recorrido, la entidad logró consolidar un modelo basado en la integración de los productores, la certificación de calidad y la búsqueda permanente de mercados para la miel chaqueña.
“Arrancamos como un programa de Cambio Rural y después eso derivó en la conformación de una cooperativa apícola pensando en proyectar el desarrollo de la parte comercial”, recordó Daniel Codutti, técnico y socio de la entidad, en diálogo con Bichos de Campo.
Actualmente, la cooperativa cuenta con 42 socios, aunque su actividad involucra a unos 80 productores de la región. Según explicó Codutti, que además es productor apícola certificado como orgánico en la cooperativa, el crecimiento de la organización no se mide solamente por la cantidad de integrantes sino también por el compromiso con los principios cooperativos. “Los socios que se van sumando como tales, queremos que realmente valoren el sistema cooperativo y que trabajen en forma conjunta hacia dónde quiere ir la cooperativa. A su vez, tenemos diferentes certificaciones de calidad y trabajamos con protocolos a campo que se deben cumplir”, señaló.

Entre los socios de COPAP se contabilizan alrededor de 3.500 colmenas. De ellas, unas 1.100 corresponden a producción orgánica o en transición hacia ese sistema. Las restantes 2.400 colmenas trabajan bajo manejo convencional. En condiciones normales, los rendimientos oscilan entre 25 y 30 kilos de miel por colmena, aunque el clima se ha convertido en un factor cada vez más determinante.
“Hay años donde llegamos a 40 kilos por colmena y otros en los que no alcanzamos los 20 kilos. El rendimiento varía mucho principalmente por el clima. En una misma campaña podemos tener déficit hídrico y después exceso de lluvia, o al revés. Son situaciones que se vienen dando en los últimos años”, explicó el productor.

Desde sus inicios, la cooperativa buscó ir más allá de la venta de miel a granel. Por eso desarrolló una planta propia de extracción y fraccionamiento, convirtiéndose en una de las primeras experiencias de este tipo dentro de la provincia. “La cooperativa fue la primera entidad en la provincia en contar con una sala y equipamiento para fraccionar, pensando siempre en el mayor valor agregado antes que limitarse a la venta del tambor”, destacó Codutti.
Hoy toda la producción convencional se comercializa fraccionada bajo la marca COPAP, un nombre homónimo a la entidad que los nuclea. Además, la planta presta servicios a terceros y a productores que buscan comercializar con etiquetas propias. “Tenemos nuestra propia marca y además hay otras diez marcas a las que la cooperativa les brinda el servicio de extracción y fraccionamiento”, explicó. La planta, ubicada en Margarita Belén, a unos 20 kilómetros de Resistencia, cuenta con certificación orgánica otorgada por OIA, certificación libre de gluten, sistema HACCP y todos los registros sanitarios exigidos para la actividad.

Mientras la miel convencional encuentra destino principalmente en el mercado interno, la producción orgánica tiene un marcado perfil exportador. “Entre el 90 y el 95% de la miel orgánica sale en tambores con rumbo al exterior. El principal destino es Alemania, que es un gran comprador. Sólo entre un 5 y un 10% queda para fraccionado en el mercado interno”, detalló Codutti.
La obtención de la certificación orgánica implica una serie de exigencias que comienzan mucho antes de la cosecha. El primer requisito es garantizar un entorno libre de contaminación alrededor de los apiarios. “La producción orgánica inicia a campo con un control estricto de un radio de 3 kilómetros de exclusión. Tiene que ser monte nativo, natural o algún cultivo que esté bajo certificación”, explicó. 

A ello se suman normas específicas sobre los materiales utilizados y la trazabilidad de todo el proceso productivo. “Por ejemplo, la cera siempre tiene que provenir del propio productor y ser trabajada en plantas certificadas. Los cajones no pueden estar pintados, solamente pueden estar cubiertos con aceite de lino. Y, por supuesto, es fundamental la trazabilidad. No se puede cortar ningún eslabón desde el campo hasta el producto final”, sostuvo.
Las exigencias continúan dentro de la planta de procesamiento donde la línea destinada a la producción orgánica permanece completamente separada de la convencional y cada procedimiento queda registrado para futuras auditorías. “Cuando vamos a hacer una extracción de orgánico, el día anterior tenemos que lavar todas las máquinas y dejar asentado el procedimiento en las planillas de limpieza. Cada exportación además es analizada en destino para garantizar la ausencia de residuos químicos”, explicó.

Las colmenas de los productores asociados se distribuyen en la región de los Humedales del Chaco, una extensa área de monte nativo ubicada en la franja oriental de la provincia, sobre el corredor al río Paraná. La diversidad botánica de este ecosistema se refleja directamente en las características de las mieles obtenidas. “Tenemos dos grandes picos de floración. Uno en octubre y noviembre, donde obtenemos una miel clara proveniente de especies como algarrobo, espina corona y palma. Después viene la cosecha de diciembre y enero, donde aparece la floración del quebracho colorado, que genera una miel más oscura, intensa y con sabor fuerte”, describió Codutti. Cada una de estas mieles expresa aromas, colores y sabores particulares según el origen floral del néctar recolectado por las abejas.
A través de la participación en rondas de negocios y ferias comerciales, la cooperativa logró expandir gradualmente la presencia de su marca en el mercado nacional. Actualmente, los productos de COPAP llegan a unas 14 provincias argentinas, aunque todavía en volúmenes relativamente pequeños.
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“La apicultura es una actividad rentable y complementaria, porque permite generar un ingreso adicional junto con otras producciones o actividades. Además, la cooperativa cumple un rol importante en la localidad y en toda la zona”, afirmó Codutti.
“La cooperativa es un lugar donde el productor puede acercarse y conocer los beneficios de trabajar en forma conjunta. El individualismo no nos lleva a nada. Asociarse e integrarse es la forma que tiene hoy un apicultor pequeño y mediano para avanzar y desarrollarse”, concluyó. 
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