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A 50 años del golpe. La democracia que supimos conseguir
Tras la recuperación de la democracia, dos matrices opuestas siguen vigentes como modelos en pugna de lo que queremos ser como país
Pasaron cincuenta años del golpe de Estado que inauguró la dictadura más feroz de nuestra historia. El aniversario mostró cuán vigente está esa experiencia en la memoria de los argentinos, aunque también permitió ver sus límites, pues para amplios sectores ocupa un lugar menor entre sus preocupaciones. Las tribulaciones del presente no son ajenas a aquel pasado traumático, pero, transcurrido medio siglo, exigen reflexionar sobre lo que vino después. El golpe y sus consecuenciasEl golpe militar de 1976 fue uno de los más anunciados de los tantos que vivió la Argentina a partir de 1930. Como suele decirse: no cayó como un rayo en cielo sereno. La situación de esos años era cualquier cosa menos serena, pero para entender que se recurriera a las Fuerzas Armadas para remediarla es necesario atender al lugar que ocupaban en la vida política: un factor de poder insoslayable que, en nombre de la nación, se erigía por encima de las instituciones de la república. Era la misión que se asignaron, con la aprobación explícita o implícita de sectores civiles diversos. Así ocurrió en 1930, 1943/46, 1955/58 y con mayor frecuencia, en los años 60 y 70. En todos estos casos, los militares en el poder contaron con apoyos –según el momento- de organizaciones sociales, partidos, corporaciones, grupos de interés, de casi todos los colores políticos e ideológicos. Los argentinos de a pie también contribuyeron a su legitimidad, pues simpatizaban con quienes aparecían encarnando al todo nacional. Alfonsín se propuso reconstruir la república en clave de democracia pluralistaA principios de 1976 todos anticipábamos el golpe, muy pocos lo temíamos. Muchos esperaban un “gobierno de orden”, que controlara una situación que consideraban desquiciada. Lo que siguió fue represión, desmantelamiento de organizaciones sociales y políticas, y el montaje de una máquina estatal de terror. Durante varios años sus efectos fueron minimizados por amplios sectores en nombre de esa paz armada que prometía felicidad. Y cuando el poder militar fue sufriendo desgastes y comenzaron reacciones en su contra, sus jefes recurrieron a la “causa nacional” que movilizaba a gran parte de los argentinos, más allá de toda razonabilidad. En su nombre, se jugó el mundial de fútbol en 1978, y luego, la apuesta mayor y más nefasta: la guerra de Malvinas. No se equivocaron: hasta los perseguidos del régimen salieron a vivarlos. Y fue la aplastante derrota del 82 la que marcó el principio del fin para el régimen.Esta dictadura montó un aparato de terrorismo de Estado de carácter inédito, impuso cambios drásticos en materia económica, intervino en todas las esferas de la vida ciudadana. Pero vista en perspectiva, está en continuidad con la historia previa; lo nuevo fue la intensidad y la escala de sus actuaciones. Por eso se la suele considerar un parteaguas en nuestra historia, en la medida en que nunca antes habíamos sufrido una acción estatal criminal de tal magnitud. Sin embargo, sostengo que el viraje fundamental respecto al pasado no está dado por ese desempeño excepcional, sino por lo que vino después de la caída de la dictadura: un nuevo ciclo político en el que quedaron atrás los rasgos que habían predominado en el medio siglo anterior. Comienza un nuevo cicloEl viraje se inició a fines de 1983, con las elecciones presidenciales que dieron el triunfo al radical Raúl Alfonsín. La historia anterior hacía prever que el peronismo ganaría la partida, por lo que este resultado fue un primer indicio de que algo estaba cambiando en la sociedad argentina. Ya como candidato, Alfonsín había sintonizado con el humor social en el ocaso del régimen militar. La democracia era el motivo central de su discurso y su proyecto de refundar la república, a partir del cual movilizó la esperanza colectivaHoy celebramos algunos de esos cambios que se probaron duraderos. Vivimos en una república donde rige el estado de derecho, se realizan elecciones periódicas, las sucesiones presidenciales han mostrado alternancia, funcionan los tres poderes del Estado, están vigentes libertades y derechos que se han ido ampliando, contamos con una esfera pública vigorosa. Sobre todo, se ha desterrado el peligro de los golpes militares, pues las Fuerzas Armadas ya no son un factor de poder determinante. Sin embargo, no estamos tranquilos: hemos vivido de crisis en crisis, con una economía que alterna entre políticas liberales y populistas que no logran una salida del estancamiento y la pobreza crecientes. Tampoco la vida política ofrece consuelo, con un Estado ineficiente, atravesado por clientelismo y corrupción, con los mecanismos de representación ciudadana deteriorados. Todo esto es sabido. Menos se ha dicho, en cambio, de una cuestión medular para la vida colectiva. Me refiero a cómo esta nación que llamamos Argentina se fue redefiniendo y reconstruyendo como comunidad política sobre las heridas que dejó la década previa de violencia y terror. Los sucesivos gobiernos civiles quisieron redefinir el tejido comunitario nacional a su manera, sin lograr éxitos definitivos. Todos ellos proclamaron su adhesión a la república democrática, pero la concibieron y buscaron forjarla según sus propios criterios. En ese sentido, distingo dos matrices principales que aparecieron sucesivamente en estos cuarenta años, y que continúan vigentes como modelos superpuestos de lo que queremos ser. Una república democrática pluralistaComienzo en 1983. Ya como candidato, Alfonsín había sintonizado con el humor social en el ocaso del régimen militar. La democracia era el motivo central de su discurso y su proyecto de refundar la república, a partir del cual movilizó la esperanza colectiva. Luego de décadas de indiferencia, hostilidad o desprecio hacia los marcos institucionales republicanos, los argentinos encontraron allí una consigna programática unificadora. La fórmula implicaba una crítica al régimen militar a la vez que se diferenciaba de tradiciones previas que sustentaban la identidad nacional sobre la uniformidad cultural o ideológica como sedimento colectivo. En este caso, en cambio, el fundamento de la unidad remitía al pacto político plasmado en la Constitución, sobre cuya base se proponía reconstruir la república en clave de democracia pluralista. Hay una afinidad profunda entre las formas de hacer política de Milei y el kirchnerismoEse proyecto pronto incorporó un motivo hasta entonces ausente de las preocupaciones políticas de los argentinos, la cuestión de los derechos humanos. Su introducción local tuvo su origen en la acción pionera de los organismos de derechos humanos durante la dictadura. Sin embargo, todavía en 1983 el tema no se encontraba entre las principales preocupaciones de la ciudadanía. Desde el principio el nuevo gobierno encaró un proceso de revisión del pasado inmediato en que esos derechos se habían violado sistemáticamente. Sabemos lo que costó llevar adelante esa tarea que, con sus alcances y limitaciones, culminó con el Juicio a las cúpulas militares y de los movimientos guerrilleros y con la afirmación de una consigna que selló la voluntad de cambio: Nunca Más.El gobierno de Alfonsín no contó con el apoyo inicial de ninguno de los poderes fácticos del momento –FFAA, Iglesia, grandes grupos económicos, sindicatos obreros-, ni de buena parte del principal partido de oposición. Para contrarrestar esas desventajas, apeló de manera directa a la ciudadanía y buscó un acercamiento a sectores políticos, incluyendo al núcleo renovador del peronismo, que se sumaron a la prédica democrática. Esto le permitió sortear algunos de los ataques más duros en su contra, incluyendo los planteos militares, y poner en marcha su proyecto. El país entró en un período de novedades políticas: la reconstitución de las instituciones y poderes del Estado, una reactivación de los partidos políticos, la reinstalación y ampliación de libertades y derechos, la reivindicación de valores de solidaridad y justicia social, un renacimiento de la vida pública en clave pluralista. Sobre esa matriz, se comenzó a recomponer la república. Los serios problemas políticos y económicos de la segunda mitad del mandato presidencial se procesaron dentro de esos marcos. Las elecciones nacionales llamadas en tiempo y forma dieron el triunfo al peronismo, pero la presión política llevó a una entrega anticipada del poder al nuevo presidente, Carlos Menem. No obstante las tensiones de esta transición, la sucesión electoral entre partidos diferentes fue una novedad auspiciosa para la nueva democracia. El final del período menemista y las elecciones de 1999 llegaron en medio de una crisis económica y social aguda, pero la nueva etapa se abrió con una nota optimista: la alternanciaEl gobierno entrante impuso cambios radicales en materia económica y social, a la vez que mantuvo el piso de democracia pluralista ya instalado. Introdujo, sin embargo, algunas modificaciones en la letra y el espíritu previos. Hubo un reorientación en la retórica y las acciones presidenciales, que apuntaron a un liderazgo personalista y a la erosión de la división de poderes en pos de un Ejecutivo fuerte. Con un estilo opuesto al más deliberativo de Alfonsín, Menem optó por un decisionismo que concitó inicialmente considerable apoyo social. Un giro más importante se dio en el tratamiento del pasado reciente y sus heridas. La reconstrucción del tejido comunitario nacional exigía lidiar con ese pasado y en ese punto, Menem intervino en un sentido diferente al de su antecesor. Consideró necesario clausurar las controversias sobre el terrorismo de Estado y la violencia de los 70 y para eso, licuó logros anteriores en materia de justicia y defensa de los DDHH para culminar con el indulto a jefes militares y guerrilleros condenados en 1985. Con un mensaje de reconciliación nacional, se propuso dejar atrás las divisiones entre argentinos, poner un manto de olvido sobre la última dictadura y las violencias previas, sellar las heridas todavía abiertas para “inaugurar un tiempo de s