De trabajadora social en el País Vasco a productora rural en la Patagonia: La historia de Naiara Moreno, que cambió la ciudad por el “cansancio lindo” que produce la vida de campo

“De las pocas cosas que sabía, sentí que no me servía ninguna para la vida”. Así resume Naiara Moreno el enorme cambio que experimentó hace dos décadas cuando dejó atrás su vida en el País Vasco español para instalarse en un rincón remoto de la Patagonia neuquina, donde hoy vive junto a su familia dedicada al turismo rural, la producción agropecuaria y la elaboración de alimentos artesanales.
La historia comenzó casi por casualidad, cuando trabajaba como asistente social en la policía autónoma vasca y planeaba recorrer Sudamérica. Buscando experiencias de turismo rural encontró una referencia sobre la Estancia Río Minero, en la zona de la hermosa Villa Traful. Se contactó con una familia del lugar, viajó para conocerla y allí conoció a Lucas, quien luego se convertiría en su esposo.
“Mi intención era visitar una población que se dedicara al turismo rural. Entré a una página de internet, apareció Río Minero y decidí venir. Conocí a Lucas y terminé dejando todo en España para instalarme acá”, recuerda Naiara, apoyando su cara sobre su mano.

Lo que encontró fue una vida muy diferente a la que conocía. Sin red eléctrica, con agua de vertiente y calefacción a leña, la adaptación no fue sencilla. Durante años vivieron con un grupo electrógeno hasta que la incorporación de energía solar les permitió dar un paso importante.
“Hace dos años compramos un kit solar y este verano, después de 20 años, pude comprarme una heladera. Parece algo simple, pero para nosotros fue un logro enorme”, cuenta.
Aunque proviene de Gorliz, una región con fuerte identidad rural, Naiara reconoce que nunca había tenido contacto directo con las tareas de campo.
“Venía de un trabajo intelectual y me encontré con una realidad completamente distinta. El trabajo físico fue un desafío enorme y me ayudaron los valores del esfuerzo y la cultura del trabajo que me transmitieron mis padres”, afirma.
Con el tiempo se integró plenamente a la dinámica familiar y productiva. Hoy participa de un emprendimiento turístico junto a sus suegros, cuñados y su propia familia, donde ofrecen alojamiento, cabalgatas y experiencias vinculadas a la vida rural.

“Nuestra filosofía siempre fue crecer de manera sostenida. La gente que vuelve quiere encontrar el mismo lugar que conoció el año anterior. No buscamos transformarlo todo, sino conservar la esencia”, detalla sobre su emprendimiento.
Los visitantes pueden participar de actividades cotidianas como alimentar animales, cosechar verduras, elaborar pan casero o preparar dulces artesanales. Para Naiara, ese contacto directo con la producción genera una experiencia transformadora.
“Para muchas personas de ciudad, sacar una zanahoria o una papa de la tierra es todo un acontecimiento. Hay una desconexión muy grande con el origen de los alimentos”, asegura.
La familia combina el turismo con una amplia variedad de actividades productivas. Durante el verano trabajan con las huertas, los invernaderos, la fruta fina y elaborando conservas.
“Tenemos frambuesas, frutillas, guindas, hacemos dulces de estación y también producimos verduras. Todo lleva más tiempo por el clima, porque estamos casi dos meses atrasados respecto de otras regiones”, relata esta simpática vasca de cabellos espontáneos y una voz vivaz que no ha perdido su acento.

El emprendimiento familiar, cuenta con producción ganadera y elaboración de distintos productos regionales.
“En invierno la ganadería ocupa gran parte de nuestro tiempo. Ya hicimos la sanidad, el destete y la marcación. También seguimos practicando mucho el trueque. Cambiamos carne por harina, azúcar, aceite o viruta para los animales”, cuenta.
La producción artesanal completa el esquema familiar. La madre de Lucas continúa tejiendo prendas de lana mientras en familia elaboran cremas y ungüentos con plantas de la zona.
La imagen romántica de la vida rural suele contrastar con la realidad cotidiana. Naiara asegura que en el campo prácticamente no existen los descansos.
“Si una familia se va, la otra absorbe todo el trabajo. Hay tareas que no pueden esperar. Hay que alimentar a los animales, cortar leña, mantener todo funcionando. Pero es un cansancio lindo”, asegura.

A cambio, dice, la vida rural le permitió redefinir prioridades. “El campo me enseñó a enfocarme en lo importante y a no perder energía en cuestiones banales. Acá los problemas son concretos y las satisfacciones también”.
Esa filosofía también atraviesa la crianza de sus hijos, quienes crecen participando activamente de las tareas cotidianas.
“Intentamos ofrecerles una vida sana, donde aprendan el valor del trabajo y entiendan de dónde salen las cosas”, remarca esta madre que frente a los discursos que suelen cuestionar el compromiso de las nuevas generaciones, ofrece una mirada distinta.
“El otro día veía el corral lleno de jóvenes trabajando las vacas a la antigua usanza, enlazando y pialando. Muchas veces se escucha que los jóvenes no quieren trabajar o que no sirven para nada, pero yo veo exactamente lo contrario”, dice en referencia a sus hijos y los jóvenes que la rodean.

Para ella, la continuidad de la vida rural depende justamente de que las nuevas generaciones encuentren motivos para quedarse y construir su futuro en el territorio.
Después de veinte años en la Patagonia, Naiara no duda al definir el sitio que eligió para vivir como “un lugar paradisíaco. El Río Minero sigue siendo prácticamente igual que cuando llegué, y eso, para nosotros, es parte de su valor”, remarca.
Repasando la historia del lugar desde el propio emprendimiento se indica que la historia de la familia Lagos en Río Minero se remonta a varias generaciones de pobladores patagónicos. Entre ellos se destaca don Feliciano Lagos, dedicado a la agricultura y la ganadería, quien además se ocupó de criar a sus hijos y transmitirles valores vinculados al trabajo, los derechos y el arraigo a la tierra. 
Años más tarde, don Abel Lagos continuó desarrollando la actividad ganadera en campos que originalmente habían sido ocupados por pioneros norteamericanos de apellido Taylor a fines del siglo XIX. Su nombre quedó asociado al conocimiento del territorio y al manejo de la hacienda, convirtiéndose en una referencia para las generaciones posteriores. 

La generación encabezada por Osvaldo Lagos y Leonilda Chamorro impulsó una profunda transformación productiva. Además de avanzar en la regularización de la posesión de los campos, decidió reducir significativamente la carga ganadera y abandonar la cría ovina, entendiendo que era necesario disminuir el impacto sobre el bosque nativo y preservar los recursos naturales de los que depende la actividad.
Ese cambio dio origen a un modelo diversificado que combinó ganadería, turismo rural y conservación ambiental. Se construyeron cuatro cabañas, un quincho para recibir visitantes y se ofrecen actividades como cabalgatas y trekking. Para la familia, la mejor manera de proteger el territorio es generar alternativas productivas compatibles con el cuidado del ambiente, aprovechando el valor de un paisaje que consideran único por sus bosques, su fauna y la pureza de sus cursos de agua.
Entienden que producir y conservar no son objetivos opuestos, sino parte de una misma responsabilidad con el territorio que heredaron y esperan legar a las próximas generaciones.
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