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Emmanuel Carrère: “No estamos en la Tierra para ser felices, sino para comprender lo que nos sucede”
En su último libro, Koljós, el escritor francés narra la historia de su madre y su familia, y aborda temas tan diversos como la aristocracia rusa en el exilio, el amor desdichado, la reescritura de la Historia y las ficciones de la posverdad
En octubre de 2023, en París, en presencia del presidente Macron, se celebró el funeral de Estado de Hélène Carrère d’Encausse. Era una historiadora famosa, autora de libros muy celebrados sobre la Unión Soviética, y había sido la primera mujer en ocupar el cargo de presidente vitalicia de la Academia Francesa. Sentado en primera fila, su hijo Emmanuel Carrère puede haber sentido, por debajo de la pena y el duelo, una forma de liberación. Hélène había sido una madre brillante, omnipresente, abrumadora; como suele pasar, su admiración y su amor por ella no habían excluido el rencor. Su éxito en la sociedad francesa, afirmó sobre ella en Una novela rusa, “se construyó sobre el silencio”. Ella le había pedido que no contara ciertas cosas mientras ella viviera; ahora podía hacerlo sin contrariarla. Casi tres años después, el resultado es la novela más ambiciosa de Carrère: Koljóz, que Anagrama acaba de publicar en la Argentina.Sucede que la historia de Hélène y su familia es, también, la de buena parte del siglo XX. Hija de emigrados georgianos y rusos, padeció las consecuencias de la Revolución antes de convertirse en su historiadora. En consecuencia, Koljóz es al mismo tiempo íntima y vasta, atravesada por temas tan diversos como la aristocracia rusa en el exilio, la neurosis, el amor desdichado y sus repercusiones en los hijos, la reescritura de la Historia y la era de la posverdad. Carrère, autor de libros fundamentales como El Adversario o Limonov, logra acá una auténtica narración colectiva, al punto que muchos preguntan: ¿quién es el protagonista? ¿Su madre, su padre, él mismo? En esta charla por zoom (que integra el Proyecto Cyrano, un programa de formación continua de la Alianza Francesa) le propongo otra hipótesis. Más precisamente, la familia como una red de influencias mutuas de las que es imposible escapar. Carrère está de acuerdo: “Es una saga familiar”, dice. “Cuento la historia de una familia a lo largo de cuatro generaciones, con figuras dominantes, y que lo son también en relación conmigo”.-Koljós era una expresión tierna que empleaba su madre, cuando ustedes se quedaban a dormir en su pieza. Pero también tiene un significado histórico más siniestro...-Es cierto, el koljós tiene ese uso privado y encantador, que expresa lo mejor que puede ser la familia. Pero también remite a la historia de la Unión Soviética. Como usted dice, una historia asociada a la coacción. Eran grandes explotaciones agrícolas, en las que los campesinos estaban privados de toda libertad. El resultado, como todo en la Unión Soviética, era que funcionaban muy mal. -Se puede decir que la historia empieza con su abuelo georgiano, Georges Zourabichvili. Usted lo pinta como un personaje cercano al hombre del subsuelo de Dostoievski: su orgullo, su amargura, su convicción de ser alguien excepcional…-Y no reconocido, sí. Esto se apoya en las cartas de mi abuelo, que mi tío me hizo leer. Es exactamente el tono de Apuntes del subsuelo. Esa especie de rumiación, de amargura, de paranoia. Mire, a mí me aplicaron un diagnóstico de trastorno bipolar. Y eso encaja increíblemente con ese desdichado abuelo. Fue un hombre muy infeliz. Me cuesta encontrarlo simpático. Pero mi madre lo amó muchísimo. En el fondo, ella construyó su extraordinario éxito social, su extraordinaria integración a la sociedad francesa, contra esa condición de paria de su padre.-Usted se reconoce en el carácter de Georges, pero tuvo un destino muy distinto. ¿Qué hizo la diferencia?-Mi abuelo quedó atrapado en una tormenta histórica. Yo crecí como un joven burgués francés, entregado a mis neurosis, pero en absoluto afectado por el curso de la historia. Por otro lado, los hermanos de mi abuelo se integraron muy bien a la sociedad francesa; fueron ejemplos de la meritocracia republicana. Mi abuelo era la oveja negra. Un hombre muy inteligente, pero sin un talento creativo que le permitiera transmutar las dificultades, hacer algo con ellas. Yo tiendo a pensar que no estamos en la Tierra para ser felices, sino para comprender lo que nos sucede. Y el hecho de escribir permite sacar partido de esas pruebas. -Hablemos de su padre. En varias de sus novelas reaparece esa figura de un hombre ignorado por todos, que sin embargo es esencial para la historia.-No pensé en un personaje arquetípico. Solo pensé en mi padre. Y ésa fue para mí la feliz sorpresa de este libro: iba a ser sobre mi madre, que era una figura imponente, alguien por quien yo sentí un profundo amor. Y rencor, al mismo tiempo. Pero no sabía qué decir sobre mi padre; y con el correr del libro, conquistó su lugar. Había dejado documentos, investigaciones genealógicas sobre la familia de mi madre. Él amó a esa gente, a esa aristocracia caída, con un amor que me parece bello, aunque tuviera una parte de esnobismo. Pero un esnobismo noble, que se dirigía a un mundo derrumbado, donde lo admirable era la pobreza. -¿Eso amaba su padre en su madre? ¿Cierta idea romántica de la nobleza rusa en el exilio?-Por un lado, cuando uno ama a alguien, ama a la persona individual. Pero para mis padres, es cierto, hubo también una especie de gran sueño que el otro representaba. Para mi madre, era Francia. Y mi padre, por su parte, amó a mi madre porque era irresistible, sí, pero también porque representaba ese sueño algo quimérico que ocupó toda su vida. l espectacular éxito intelectual y social de mi madre siguió a esa renuncia a la vida amorosa. ¿Conoce esa frase de Chateaubriand que dice que ‘la gloria es el duelo resplandeciente de la felicidad’? -La historia de amor entre ellos es muy desdichada. Ella tiene un amante, piensa dejar a su padre por él; al final acepta quedarse.-Se lo hizo pagar toda su vida, hasta su muerte.-¿Por haberla obligado a quedarse con él? -Sí, y mi padre lo aceptó. No tenía demasiada opción. Él la amaba de manera incondicional y pagó el precio más alto. Y a la vez, no habría cambiado su lugar por ningún otro. Es algo que hace de esa vida, que fue tan muda y tan secreta, un destino. Mi madre fue el destino de mi padre.-A partir de ese momento, Hélène se vuelve dura y fría. -Se endureció, eso seguro. El espectacular éxito intelectual y social de mi madre siguió a esa renuncia a la vida amorosa. ¿Conoce esa frase de Chateaubriand que dice que “la gloria es el duelo resplandeciente de la felicidad”? Se aplica a esos vínculos.-Usted escribe: “Estoy dispuesto a todas las crueldades con tal de no seguir a mi padre en el infierno del abandono”.-Es verdad: yo fui testigo y rehén, cuando tenía once o doce años, de ese episodio central de la vida de mis padres. Fue determinante para mí. Esa mirada de mi madre que se aparta, esa angustia de mi padre con la que no quiero identificarme... Todo eso construyó una sensibilidad amorosa, una manera de situarse en las relaciones, que no funciona del todo bien. Me gustaría ser alguien más equilibrado en ese terreno.-También menciona a Freud. Dice que su intuición más profunda fue que aquello que se jugó en nuestras relaciones infantiles con nuestros padres, lo reescenificamos después con otros apegos. Es una idea inquietante: nos enamoramos porque reconocemos en el otro algo familiar, pero no necesariamente bueno. A veces nos enamoramos del modo en que nos hacen sufrir, porque nos recuerda algo de nuestra infancia.-Por supuesto, uno se enamora también para reproducir un nudo neurótico. Y sin querer extenderme demasiado sobre el asunto, yo mismo lo experimenté a menudo.Lo inquietante en la historia de Rusia es que nunca conoció la libertad. El único momento que puede asimilarse a una democracia fueron los años 90-¿Qué hacemos entonces con el romanticismo, con la idea misma de la pasión amorosa? ¿Hay que desconfiar de ella?-No es incompatible. Es como si usted me preguntara: “¿Hay que desconfiar de la vida porque vamos a morir?” Es así: nuestros apegos, nuestras pasiones románticas, incluso las más fervientes, pueden tener bases inconscientes, dolorosas, irresueltas. Eso no impide que el amor exista. Que pueda ser verdadero, que pueda no ser solo un extravío. -Rusia ocupa un lugar central en este libro. Usted dice que las derivas actuales de Rusia le dan ganas de buscarse otras raíces.-Lo inquietante en la historia de Rusia es que nunca conoció la libertad. El único momento que puede asimilarse a una democracia fueron los años 90, en tiempos de Yeltsin, y el resultado es que la palabra democracia en Rusia es sinónimo de pobreza, de gangsterismo, de humillación.-Los demócratas rusos siempre fueron una pequeña minoría.-Minúscula. Eso recorre la historia rusa: el conflicto entre eslavófilos y occidentalistas. Los segundos soñaron con una Rusia orientada hacia Europa, hacia las Luces. Era Catalina II, era Pedro el Grande. Los que querían arrancar a Rusia, como se decía, de su atraso asiático. Y los eslavófilos, por el contrario, creen que ese atraso asiático es la identidad de Rusia, la misión de Rusia. Cuanto más sufres, más ruso eres. Mi madre apostó mucho al occidentalismo de Rusia. Trataba de persuadirse de que el fin de la Unión Soviética empujaría a Rusia del lado de Europa. Creo que eso la llevó, al final, a ser demasiado indulgente con Putin. -Otra constante de la política soviética fue la tendencia a reescribir la historia. Y en su libro, su tío Nicolas relaciona eso con el carácter de su madre. Lo cito: “Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética, es una historiadora soviética”.-Es cruel y gracioso, pero hay verdad en eso. No deja de ser una elección curiosa por parte de mi madre, que era hija de emigrados rusos, convertirse en especialista de la Unión Soviética. Además, lo hizo en un momento en que la intelligentsia francesa estaba muy compuesta por compañeros de ruta. Era la época en que Sartre decía: “Un anticomunista es un perro”.-¿Está sugiriendo que en su madre, al tiempo que lo rechazaba, sentía cierta fascinación por ese modo soviético de reescribir la historia?-Lo cierto es que le gustaba reescribir las cosas a su antojo. Al mismo tiempo, anal