De Raíz: El paisajismo homenajea a Julio Le Parc, al artista de la naturaleza en movimiento

Esta sábado 30 de mayo, el país despidió a uno de los creadores argentinos más reconocidos en el mundo. Julio Le Parc falleció a los 97 años. Y aunque su nombre suene a museos europeos y galerías de lujo, en el fondo, su obra tiene muchísimo que ver con cosas que la gente de campo y los paisajistas conocen de memoria: el sol, el viento y el agua.
Le Parc nació en Palmira, Mendoza. A pesar de haber hecho casi toda su carrera en París, nunca se olvidó de dónde venía. Él mismo contaba que cuando se fue de Buenos Aires rumbo a Europa, sus raíces ya lo habían formado. Y esa raíz mendocina, marcada por un sol fuerte y la inmensidad de la cordillera, fue el motor de todo lo que hizo después.


 










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En Francia armó un grupo de artistas en 1960 con una idea simple pero muy rebelde para la época. Querían sacar el arte de los lugares solemnes y hacer que la gente común participe, toque y juegue con las obras. Le fue tan bien que en 1966 ganó el premio mayor en la Bienal de Venecia, que es algo así como el mundial del arte.
A simple vista, las piezas que armaba Le Parc parecen salidas de una fábrica. Usaba acrílicos, chapas de acero, espejos y motorcitos. Pero si se presta atención, lo que hacía en realidad era imitar el comportamiento de la naturaleza.
 Por ejemplo, con el sol. Le Parc no pintaba cuadros sobre la luz, sino que la usaba como un material de trabajo. Sus obras atrapan los reflejos y los multiplican. Es el mismo efecto visual que se genera cuando el sol pega en una represa, en un arroyo o cuando los rayos se filtran entre las ramas de una cortina de árboles.
Con el viento pasa lo mismo. Muchos de sus famosos móviles, esos que cuelgan de los techos en grandes salones, no tienen cables ni motores. Se mueven solos con las corrientes de aire del lugar o con la simple brisa que deja la gente al caminar. Se hamacan con la misma naturalidad con la que se mueve un pastizal.

El agua tampoco se queda afuera de su obra. Con sus mallas de metal y sus juegos visuales, lograba crear el efecto de que las cosas fluían. Muchas de sus piezas parecen las ondas que se arman cuando cae una piedra a un tanque de agua. Hasta la inmensidad de las montañas mendocinas se nota en el tamaño gigante de muchas de sus esculturas instaladas a la intemperie.
Quienes viven en contacto con la tierra o se dedican a diseñar paisajes saben que la naturaleza nunca está quieta. Siempre hay algo cambiando. Le Parc logró exactamente eso con su trabajo. Ninguna de sus obras se ve igual dos veces, todo depende de cómo les dé la luz, de dónde sople el viento o del lugar desde donde el público se pare a mirar.

Ayer el país le dijo adiós a un artista inmenso que, saliendo del interior, le demostró al mundo que hasta los materiales más duros e industriales pueden respirar y moverse al ritmo de la naturaleza.
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