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Santa mesa: el fenómeno teatral que agota entradas, conmueve a los espectadores y termina con un gran almuerzo colectivo
La obra se ofrece los domingos al mediodía en un espacio centenario de Parque Patricios
Domingo poco antes del mediodía. No vuela una mosca por las callecitas de Parque Patricios. Se filtran los sonidos de charlas de cocina, alguna playlist en acción se desmarca desde una celosía y los ladridos guardianes alertan el paso del forastero. Sobre la avenida Brasil, una construcción centenaria -que exhibe oronda y sin disimulos el paso del tiempo- interrumpe la rutina barrial. O no tanto. Allí dentro, también se amasa la comilona dominguera con aroma a estofado y pesto. Aunque, en este caso, la ceremonia no es para unos pocos, sino para el centenar de personas que, cada semana, se acerca a Los Pompas Club de Artes para disfrutar, emocionarse y reflexionar con Santa mesa, la pieza que propone, luego de la función, un almuerzo colectivo entre los espectadores, como una forma de reafirmar el significado de lo que se acaba de ver en escena. View this post on Instagram “La gente viene a vivir una experiencia”, sostiene Agustina Ruíz Barrea, la ideóloga y protagonista de la propuesta que cuenta con dramaturgia de la propia actriz y de Manu Mansilla, quien es, además, el director del material que se convirtió en una de esas obras “de culto” donde los espectadores suelen repetir la asistencia. Santa mesa se estrenó en 2025 y se ofreció siempre con localidades agotadas. Lo mismo sucede durante este año. “Nos juntamos a revivir la mesa del domingo”. La consigna en redes sociales fue un puntapié para que el espectador más joven también se acercara a vivenciar la singular propuesta. “El universo de los objetos me alucina, tanto como pensar en la memoria que conllevan”, explica la actriz y autora. No hace falta aclarar que la nostalgia define buena parte del pensamiento de la dramaturga. -¿Cómo nació Santa mesa?Agustina Ruíz Barrea: -El disparador fue la mesa que se ve en escena, un objeto muy preciado que mi papá le regaló a mi marido cuando nos fuimos a vivir juntos. Le dijo “cuidala mucho, porque sobre esta mesa pasó la historia de mi familia”. En 1978, cuando estalló “El Rodrigazo”, tuvo que vender un auto y lo único que se pudo comprar fue esa mesa. Había perdido mucho dinero, pero la mesa cobró valor afectivo. El objeto, con los años, quedó arrumbado en un cuarto sin uso, pero a la actriz algo le resonaba diferente: “Tengo que contar esta historia”. Tiempos después, su madre le regaló la vajilla de losa de su bisabuela. La donación fue acompañada por un deseo “nunca dejes de poner la mesa y de usar esta vajilla, que no te importe si se rompe”. También en la obra se utiliza un juego de cubiertos del “nono” de la actriz disponible para 24 personas. Así era antes, todo a lo grande. Las escenógrafas Lisa Gieco (hija de León Gieco) y Paola Tazzioli también ofrendaron objetos personales sumidos en la historia. Y hasta la vecina de la esquina de la sala donó platos de sus tías abuelas. Lo colectivo es parte del proyecto. View this post on Instagram Dada la vocación de politólogo de su padre, Agustina Ruíz Barrea reconoce que “en esa mesa aprendí a pensar y a discutir; él era muy feminista, así que le daba mucha importancia a mi palabra, aun siendo una niña; me enseñó la importancia de la duda metódica”. En concordancia con lo que propone el material, Agustina trabaja junto a Esteban, su hermano. “Nuestras discusiones siempre son artísticas”, remarca el guitarrista, responsable de la música de Santa mesa. “Fui viendo el proceso de Agustina para crear la obra e iba encontrando marcas de nuestra historia personal, ella pudo sintetizarlo muy bien. De hecho, ponerle música fue un desafío, dado lo sintético y completo de la propuesta, pero entendí que mi trabajo completa la imagen y la reminiscencia de lo que se narra”, sostiene el compositor. La madre de los hermanos es socióloga, otra clara influencia que heredaron para entender el arte. El público Nadie sale indemne de la sala. Identificación pura y transformadora. Acaso la comilona compartida también sea la excusa para procesar la emoción de lo acontecido en la escena. -¿Cuál fue la génesis del almuerzo posterior a la función?Agustina Ruíz Barrea: -Me interesa mucho el momento de la comida, fue un deseo muy puntual, quería que la gente se juntara a comer después del espectáculo. Cuando estrenamos, hicimos la prueba piloto. Aquella vez, mi marido preparó el tuco. Ahora, la salsa -exquisita, por cierto- que acompaña a la pasta que se ofrece como menú tradicional, es elaborada el sábado a la noche por la actriz. Queso rallado en recipientes, botellas de agua, algún vino tinto y el hule del mantel cubriendo las mesas. A pesar de lo numeroso de los comensales, hay un clima de camaradería y cierta intimidad. El que va solo, rápidamente encuentra con quien sentarse y compartir la panera que precede a los fideos caseros. Como en casa.“No existe la obra sin ese almuerzo, sin ese tiempo para poder compartir todas esas memorias que se movieron”, sostiene Agustina Ruíz Barrea. Desde ya, las anécdotas se suceden en los espectadores-comensales. La actriz recuerda a una señora que le dijo que “a los diez minutos de comenzar la función, no pude dejar de ver la tacita con la que tomaba la chocolatada con mi abuela y de verla a ella, una película en diapositivas”. La dramaturga también recupera en sus retinas aquellas fotos que le acercó una espectadora: “Eran sus platos y cubiertos y, con cada imagen, se detallaba la historia familiar”. “Un mediodía, luego de la función, una mujer del público se puso a tocar el piano para todos los que estaban almorzando”, recuerda Mariana Berger, la fotógrafa de Los Pompas, que también trabaja activamente en lo concerniente a la producción y que no deja de lado su vocación de actriz en otros espectáculos de la compañía, como su paso de trece años formando parte del elenco de Lo que la peste nos dejó. No son pocos los casos de espectadores que se conocen compartiendo el almuerzo posfunción y luego regresan a ver otros espectáculos de Los Pompas. “Eso ha sucedido en más de una ocasión”, remarca Berger. “A todos los toca, más allá de su entorno ideológico”, dice Ruíz Barrea, convencida de la unidad que genera la emoción de la historia más íntima y lo conmovedor de compartir el pan y el vino, casi una experiencia bíblica en el corazón de Parque Patricios. “Me interesa remarcar lo ritual del teatro. No es lo mismo compartir una emoción juntos que separados”, remarca la protagonista que habita la escena con la complicidad de la platea. La organización de Los Pompas es grupal. Acá no corren los individualismos. Así como Mariana Berger se subió durante años a escena, ahora atiende a los comensales luego de la representación dominguera. “Me interesa conversar con la gente, consultarles qué les sucedió con el material y qué les recordó”. La fotógrafa es la responsable de registrar esos testimonios en video y fotografía. No son pocos los espectadores que extienden la sobremesa hasta las cuatro o cinco de la tarde. “A Santa mesa llega gente de todos lados, se mezclan las clases sociales, pero todos se conmueven por igual. No hay diferencias por rango etario o lugar de origen, los atraviesa a todos, eso es lo que más me gusta de esta obra, me impacta”, reflexiona Esteban Ruíz Barrea y se ilusiona “tiene que durar mucho en el tiempo, siempre va a estar vigente”. Simbolismo-¿Qué valor simbólico tiene la mesa?Agustina Ruíz Barrea: -Es el espacio común que nos encuentra, donde compartimos lo más primario de la vida que es comer, la función nutricia, pero esto no solo tiene que ver con el alimento literal, sino también con cómo nos nutrimos con la palabra. Siento que algo de la transmisión transgeneracional que nos permitía el encuentro alrededor de la mesa se está perdiendo. En ese sentido, la protagonista plantea una propia hipótesis en torno a su espectáculo: “Si no resguardamos eso tan primario como es compartir el tiempo para contarnos y escucharnos, hay algo que estamos haciendo mal, entramos en la locura; necesitamos el otro que nos arraigue y cobije; estamos hechos de las historias que nos anteceden, es una trama; haciendo memoria parimos futuro, por eso necesitamos saber de qué estamos hechos”. La actriz intercepta su idea y la vincula al concepto de “narrador” de Walter Benjamin, que “resultó muy inspirador para el espectáculo”.Santa mesa le da envergadura y jerarquiza el trabajo con los objetos. Todo cobra sentido semántico y se reivindica físicamente. Por momentos, platos, cubiertos, tazas se dan la mano y dialogan, la humanización del objeto. Un trabajo minucioso y poético donde hasta el mantel se reposiciona en metáfora. “Es la piel de la mesa”, dice María Antonia, el personaje protagonista -un alter ego de la actriz- que se permite generar imágenes a través del lenguaje de las sombras. Algo de Santa mesa, aún con su indisoluble identidad tan propia, recuerda a ese maravilloso colectivo llamado El Periférico de Objetos que ponía en dimensión la valía de los materiales físicos que accionaban en escena. “Manuel Mansilla conoce mucho sobre el universo de los objetos y las materias y sabe escuchar a la condición humana que tiene por delante. Sin él, este espectáculo no hubiese sido el mismo. Esta es una idea que me acompaña hace muchos años, pero recién la pude concretar cuando me crucé con ´Manu´, eso también me parece hermoso, porque vivimos en un mundo donde todos quieren tener el patrimonio de las ideas”. IniciosAgustina Ruíz Barrea y su hermano Esteban, músico y docente, dirigen el proyecto Los Pompas desde hace 25 años. “Comenzamos a armarlo en 2002 en el parque”, explica la actriz y gestora cultural, quien se formó en Andamio 90 con Alejandra Boero, en el Celcit de la mano de Juan Carlos Gené y en la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Los hermanos se iniciaron haciendo teatro de calle en el Parque de los Patricios, sobre la avenida Caseros, el eje neurálgico del barrio. “Me inicié con un proyecto para adolescentes en Villa Lugano y luego fui convocada por Adhemar Bianchi y Ricardo Talento, a partir de un pro