Nació con tecnología cubana y es una empresa estatal, pero 20 años después la Biofábrica de Misiones rompe prejuicios y confirma que muchas veces lo “público” también sirve

Una fábrica puede producir tornillos, zapatos o galletitas. Pero en Misiones hay una que produce plantas. Miles de ellas.
Detrás de esos plantines hay un minucioso trabajo de laboratorio para multiplicar materiales seleccionados, de óptima condición sanitaria y conseguir que una genética que antes estaba al alcance de unos pocos llegue también a productores más chicos.
Eso es la Biofábrica de Misiones, que cumplió 20 años de existencia y es una empresa de participación mayoritaria estatal que muestra que a veces, contra lo que lamentablemente piensan muchos argentinos, lo público también sirve al desarrollo.

Una de las protagonistas centrales de esta historia es Luciana Imbrogno. Durante un encuentro de mujeres rurales en Mar del Plata, la funcionaria del Ministerio del Agro y gerente general de la Biofábrica repasó estas dos décadas. Ella conoce el detalle, pues su vínculo con el proyecto comenzó incluso antes de que existieran las instalaciones.
“Cuando entré la Biofábrica era un proyecto, no una empresa”, recordó Luciana. Hasta ese momento, ella trabajaba en el área de biotecnología de una compañía forestal cuando la convocaron para participar de una iniciativa que contemplaba inversión provincial y transferencia tecnológica desde Cuba. Por eso, cuando le preguntan desde cuándo está, tiene una respuesta bastante precisa: “Soy legajo uno”.
Mirá la entrevista:

¿Qué hace, concretamente, una biofábrica? Imbrogno la define como un centro de agrobiotecnología que ofrece plantas, insumos y servicios. Pero prefiere explicar su tarea desde los problemas que llegan del campo: “La biotecnología es una herramienta que utilizamos para dar solución a algunas de las problemáticas de los cultivos regionales”.
El punto de partida entonces es la demanda de los propios productoresd misioneros, que son diversos y en general de escaso tamaño. A partir de definir cada necesidad, se busca la técnica apropiada. En banano, por ejemplo, la micropropagación permite multiplicar plantas a una escala que resulta difícil de alcanzar mediante los métodos convencionales. Eso sirve para abastecer a empresas que necesitan implantar incluso superficies importantes y buscan materiales uniformes.

En caña de azúcar y mandioca, en cambio, cobra especial importancia la sanidad del material de propagación. Allí se trabaja con diagnósticos y multiplicación de plantas sanas.
Para el sector forestal producen plantas madre de clones destinadas a viveristas. Y los floricultores pueden pedir que se multipliquen variedades específicas.
Hay un criterio económico que ordena ese menú. “No vamos a multiplicar lechuga por cultivo in vitro, porque eso sería encarecer plantines. Lo que se puede hacer por semilla hay que hacerlo por semilla, y lo que se soluciona con biotecnología lo hacemos en la Biofábrica”, explicó Imbrogno.

La conexión con Cuba, un país que asusta mucho a quienes ven amenazas comunistas en todas partes, tuvo razones muy concretas. Imbrogno destacó la formación de sus científicos en biotecnología, la experiencia de sus centros y una coincidencia productiva: varios de los cultivos con los que trabajaban en la isla caribeña son los mismos que interesaban a Misiones, como caña de azúcar, mandioca, banano, ananá y eucalipto.
“Ellos tenían los protocolos de todos esos cultivos y la experiencia”, señaló la ingeniera agrónoma. También valoró su capacidad para resolver cuestiones tecnológicas con recursos locales y reducir la dependencia de insumos externos. La relación continuó después de la puesta en marcha y, según contó, todavía reciben asesoramiento de especialistas cubanos.
El extraño caso del científico “tucubano” que se dedica a multiplicar y “sanear” las variedades de caña de azúcar

Para Imbrogno, otra explicación de la permanencia del proyecto está en el acompañamiento provincial durante los primeros años, cuando estas iniciativas necesitan financiamiento para iniciarse. Esa continuidad permitió ampliar las tareas, entre ellas la incorporación del cultivo de cannabis medicinal en Misiones.
Pero la Biofábrica también salió a buscar trabajo fuera de su provincia. Así se convirtió en proveedora de plantines saneados de caña de azúcar para semilleros en Tucumán y de plantas de banano para empresas de Salta. Además, transfirió laboratorios de pequeña escala a otras jurisdicciones, incluida la provincia de Buenos Aires.
Ese servicio comprende bastante más que entregar equipamiento: diseñan el laboratorio según la necesidad, transfieren los protocolos y capacitan a las personas que van a trabajar allí.

La puerta también está abierta para demandas más cercanas. Imbrogno contó que durante 2026 abordaron un pedido de una cooperativa de floricultores misioneros que necesitaba plantines. Desarrollar los protocolos llevó seis o siete meses y, en menos de un año, comenzaron a abastecerla.
Otros productores se acercan con materiales propios de frutilla que quieren multiplicar. Cada caso requiere evaluar qué se puede hacer y acordar las condiciones. La investigación tiene incertidumbres y la gerente evita prometer resultados antes de tiempo: “Tenemos varios convenios en donde, primero, si sale el protocolo, después hacemos el convenio de provisión de plantas”.
Cuando se le pide elegir un logro de estas dos décadas de trabajo, Luciana menciona al banano por su escala y alcance territorial. Pero enseguida aparece otro orgullo: haber contribuido a que los productores forestales accedieran a materiales clonales seleccionados.

Según recordó, al comienzo ese acceso estaba concentrado en grandes empresas. Mediante un convenio, el INTA aportó clones de eucalipto que la Biofábrica multiplicó y puso a disposición a costos mucho más accesibles. Con el tiempo se sumaron otros viveros y la oferta se extendió.
“En ese momento no estaba generalizado el plantín clonal para los productores”, remarcó. El aporte de la empresa consistió en multiplicar y acercar esos materiales desde la selección genética que correspondía al INTA.
Después de 20 años también quedan algunos pendientes. Imbrogno tiene una particularmente aromática: quiere producir plantas de vainilla.
Una cosecha de 50 kilos de flores: La Biofábrica de Misiones sigue produciendo cannabis para hacer el aceite medicinal que requiere la provincia

La vainilla es una orquídea y, según planteó, podría representar una alternativa de alto valor para quienes se interesen en cultivarla en territorio misionero. La Biofábrica podría aportar la multiplicación de plantas para alcanzar una escala productiva.
“Es una joyita”, se entusiasma con la vainilla. Todavía no avanzaron en esa dirección. Entre bananos, cañas, flores y árboles, esa posibilidad sigue esperando su turno en el laboratorio.

Fuente: Bichos de Campo