El desafío de abrir el corazón a su mensaje

Hoy llega a la Argentina el papa León XIV. Millones de personas lo recibirán con alegría, emoción y esperanza. Habrá multitudes, celebraciones, encuentros y palabras que seguramente quedarán en nuestra memoria. Pero quisiera proponer una pregunta que me parece más importante que la cantidad de personas que salgan a recibirlo: ¿estamos verdaderamente dispuestos a escucharlo?Porque escuchar no es simplemente oír. Escuchar significa estar dispuesto a dejarse transformar por lo que el otro tiene para decirnos. Y eso, en una sociedad como la nuestra, se ha convertido en un desafío enorme.Vivimos rodeados de palabras, opiniones, discusiones y enfrentamientos. Todos tenemos algo para decir, pero cada vez nos cuesta más hacer silencio. Hemos aprendido a responder antes de comprender, a juzgar antes de conocer y a defender nuestras certezas antes de preguntarnos si podemos estar equivocados. Quizás por eso la visita del Papa sea una oportunidad tan importante. Jesús no vino al mundo para conquistar el poder, sino para enseñarnos a amar. No eligió a los poderosos para construir su Iglesia, sino a hombres comunes, llenos de debilidades y contradicciones. No prometió una vida sin sufrimiento, pero sí una presencia que nunca nos abandonaría.Y dejó un mandamiento tan sencillo de comprender como difícil de cumplir: amarnos los unos a los otros. Dos mil años después, seguimos teniendo muchas dificultades para hacerlo. Muchas veces confundimos el amor con un sentimiento agradable. Pero amar es mucho más exigente. Es reconocer la dignidad de quien piensa diferente, acompañar a quien sufre, perdonar a quien nos lastimó y servir sin esperar una recompensa. Es también mirar a quienes nuestra sociedad prefiere no ver. Pienso en los ancianos que atraviesan sus últimos años en soledad. En los chicos que crecen sin las oportunidades que merecen. En las familias que viven angustiadas por el futuro. En quienes padecen una enfermedad y sienten que su vida se ha convertido en una carga para los demás.Si la visita del Papa consigue que miremos con más amor a una sola de esas personas, habrá comenzado a producir algo verdaderamente importante. La fe me enseñó que Dios no nos ama porque seamos buenos, exitosos o fuertes. Nos ama simplemente porque somos sus hijos. Y ese amor no desaparece cuando nos equivocamos, cuando sufrimos o cuando dejamos de creer.Durante mi enfermedad descubrí algo que antes comprendía intelectualmente, pero que hoy experimento de una manera mucho más profunda: nuestra dignidad no depende de lo que podemos hacer. Podemos perder capacidades, independencia y proyectos. Pero nunca perdemos nuestra condición de personas amadas por Dios. Durante muchos años estuve acostumbrado a una vida de actividad permanente. La política, la educación, las reuniones, los viajes y los proyectos ocupaban buena parte de mis días. Creía que servir significaba, fundamentalmente, hacer cosas por los demás.Hoy mi vida es muy diferente. Necesito ayuda para prácticamente todo. Sin embargo, descubrí que todavía puedo amar, acompañar, escuchar y dar esperanza. Comprendí que el valor de una vida no se mide por su productividad, sino por su capacidad de amarse y dejarse amar.El estilo de León XIV nos recuerda que la autoridad no depende del volumen de nuestras palabras, sino de la coherencia entre lo que creemos, decimos y hacemosMe gustaría que ese fuera uno de los mensajes que quedaran de estos días. Que aprendiéramos a valorar menos lo que alguien produce, posee o representa, y mucho más lo que verdaderamente es. También quisiera que esta visita nos ayudara a recuperar el sentido del perdón. Perdonar no significa negar el dolor ni justificar una injusticia. Significa impedir que el resentimiento se convierta en el dueño de nuestro corazón. Jesús nos enseñó a perdonar incluso cuando el otro no nos pide perdón. No porque sea fácil, sino porque el amor es más grande que nuestras heridas.Y hay algo todavía más profundo: para los cristianos, el perdón comienza cuando reconocemos que Dios nos perdonó primero. No tenemos que conquistar su misericordia. La recibimos gratuitamente y estamos llamados a compartirla.Imagino que muchos argentinos escucharán al Papa esperando encontrar una confirmación de sus propias ideas. Algunos buscarán palabras que respalden sus posiciones políticas. Otros prestarán especial atención a aquello que pueda interpretarse como una crítica a quienes piensan distinto.Ojalá podamos hacer algo diferente.Ojalá escuchemos aquello que nos incomoda, aquello que nos exige cambiar, aquello que nos recuerda nuestras propias responsabilidades. Porque el Evangelio no fue escrito para que nos sintamos superiores a los demás. Fue escrito para que aprendamos a amar mejor.En mi libro Liderazgo espiritual intenté reflexionar sobre las virtudes que permiten conducir a otros sin perder de vista su dignidad. La humildad, el coraje, la esperanza y el servicio son indispensables para cualquier liderazgo. Pero todas esas virtudes encuentran su sentido más profundo en el amor.Jesús nos mostró que liderar no es colocarse por encima de los demás, sino ponerse a su servicio. Por eso lavó los pies de sus discípulos. En ese gesto extraordinario dejó una enseñanza que sigue siendo revolucionaria: quien tiene autoridad debe ser el primero en servir.Cuánto cambiaría nuestra sociedad si quienes ejercemos o ejercimos responsabilidades públicas comprendiéramos verdaderamente esa enseñanza.No todos los argentinos compartimos la misma fe. Pero todos podemos compartir el deseo de construir una sociedad más humana, donde nadie sea descartado y donde la dignidad de cada persona esté por encima de cualquier diferencia.La visita de León XIV también puede ayudarnos a recordar que la esperanza no es ingenuidad. Tener esperanza no significa desconocer nuestros problemas ni imaginar que desaparecerán milagrosamente. Significa creer que siempre existe la posibilidad de construir algo mejor, incluso cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario.Yo aprendí que la esperanza no consiste en esperar que todo salga como queremos, sino en confiar en que nuestra vida conserva un sentido aun cuando las cosas no salen como imaginábamos.Cuando termine la visita, las multitudes volverán a sus casas, las calles recuperarán su ritmo y las palabras del Papa quedarán en los archivos de los diarios. La verdadera pregunta será qué habrá cambiado en nosotros.Tal vez alguien decida reconciliarse con un hermano. Tal vez una persona encuentre fuerzas para acompañar a un enfermo. Tal vez un padre vuelva a escuchar a su hijo. Tal vez alguien que se sentía abandonado descubra que todavía es amado.No parecen grandes acontecimientos. Pero yo aprendí que Dios suele actuar así, a través de pequeños milagros que transforman silenciosamente nuestras vidas. Hoy recibimos al sucesor de Pedro. Ojalá no nos conformemos con verlo pasar, con escucharlo desde lejos o con emocionarnos durante unos días. Ojalá tengamos el coraje de abrirle el corazón a su mensaje. Porque la visita más importante no será la que haga el Papa a nuestro país, sino la que permitamos que Jesús haga a nuestra alma.Por Esteban Bullrich, exministro de Educación de la Nación y exsenador nacional por la provincia de Buenos Aires.

Fuente: La Nación