Francisco Mastelli, aquel chico que era mejor que Vilas y su convicción: “La única líder positiva que tuvimos fue Gaby Sabatini”

Una vida con el tenis, una vida por el mundo. La pasión intacta por la docencia. Poniendo la misma energía para entrenar a un top ten o simplemente enseñarle los fundamentos a chicos que desarrollan una actividad recreativa en una tarde cualquiera en el Tenis Club Argentino. Francisco “Pancho” Mastelli nació en Liniers y vivió 20 años a cinco cuadras del José Amalfitani, pero su vida en sí empezó a cambiar a los 8, cuando su padre, Enrique, ingeniero agrónomo, lo hizo socio de GEBA. Fue cuando la raqueta le empezó a ganar la batalla a los juegos de época: bolita, barrilete, figuritas. Con la suerte de tener un profesor ilustre: Osvaldo “El Mono” Faramiñan. “No sólo fue un profe muy técnico, sino sobre todo una persona espectacular”, afirma.Con 74 años, Pancho Mastelli se mete en los recuerdos. Fue contemporáneo de Guillermo Vilas, le tocó ser coach de un top como Alberto “Luli” Mancini (8°) y capitán de Copa Davis. También condujo a David Nalbandian (3°) por pocos meses en 2006 y guarda mucho afecto por otro de sus dirigidos: el peruano Luis Horna, a quien condujo a ser campeón de Roland Garros 2008 en dobles. No duda al remarcar que “la única líder positiva que tuvimos fue Gaby Sabatini” y se ríe cuando rememora una anécdota de Mancini…“Luli ya empezaba a ser bueno. Vamos a un torneo, donde pierde un partido y, de caliente, cuando vuelve al vestuario le pega una piña a una puerta y la rompe. Cuando pasa para cobrar el premio, le dan el cheque y un recibo: ‘Premios del torneo, descuento por gastos de puerta, total…' Jajaja, le cobraron la puerta”. Aun cuando comenzó la carrera de Administración de Empresas “sabiendo que no era mi futuro: arranqué porque no sabía qué hacer”, como le tocó la primera baja en el servicio militar tomó una decisión fuerte: se fue a Europa a jugar al tenis, algo raro para la época. Tenía amigos y compañeros de aventuras en aquellos tiempos, como el brasileño Carlos Kirmayr (ex coach de Gabriela Sabatini), el peruano Pablo Arraya y el paraguayo Víctor Pecci. “Viajabas solo, afrontabas los problemas en soledad. Es difícil comparar. Nadie viajaba con un preparador físico, nadie hacía nada y muchos jugaban bárbaro. Hoy si llevás esa vida y vas a los torneos después de estar boludeando, te cagan a palos. No porque sean mejores, pero te pasan por encima. Con Pecci vos te entrenabas y no te parecía bueno, y en la cancha era otra cosa”.Casado con Marta y con tres hijos (Franco, Lucas y Mateo), aunque muchos quizá no lo sepan, hubo un tiempo que Mastelli era mejor que el propio Vilas, de quien habla con profundo respeto y admiración, más allá de los desencuentros…“Fui N° 1 en infantiles y en menores. Después, en mayores, era el 6 de Argentina. Se me dio bien el tenis, pero no lo tenía pensado como profesión. Vilas sí. Te cuento una anécdota. En infantiles fui 1 y él 2. ¿Qué hace? Me invita a la casa en Mar del Plata todo enero. ¡Tremendo! Ya en esa época me tenía todo el día jugando al tenis, tres horas de mañana, tres horas de tarde, a meter bola, a meter bola… Llega el fin de semana y vienen mis padres a visitarme y les digo: ‘¡Sáquenme de acá!’, jajaja. Yo no me daba cuenta de que estaba bien lo que hacía él: quería ser un profesional y entonces se entrenaba como tal.–No querías, pero después te metiste más de lleno.–Sí. Mirá, tipo a los 14 años, Carlos Lynch, que era el capitán del Tenis Club Argentino, lo fue a buscar a Faramiñan. Nos sumamos algunos jugadores de GEBA y acá empecé a ver un tenis diferente, con gente como Enrique Morea, Lynch, Julián Ganzábal, Modesto Vázquez, Héctor Romani. Lynch nos inculcaba mucho el tema estrategia, hacía reuniones antes de los partidos para ver cómo jugar. Fue una especie de mentor. –¿Guillermo te invitó ese enero porque vos eras mejor que él en el ranking o porque te quería estudiar para ver cómo te ganaba? –Jajaja es buena esa. No, éramos parejos. Me tocaba ser el 1, pero estábamos ahí. Me invitó, creo, porque vio que le convenía jugar conmigo en ese momento. Si lo miramos más profundamente, todo eso que hizo Vilas creó una estructura de trabajo en Argentina. El hecho de que él siempre estaba ocho horas en la cancha, algo que ya no lo puede hacer nadie y ni siquiera es necesario. Hoy hay muchos entrenadores que tienen éxito porque acá se creó una conducta del trabajo, de estar en la cancha, practicar y practicar. Vilas fue responsable de eso, lo viví con él. –¿Cómo era un día con Vilas?–¡Me tocó hasta el servicio militar con él en el Círculo Militar! Pero Guillermo estuvo un mes nomás, lo dejaron porque ya era muy bueno. Me tenía todo el día jugando y practicando tiros. El famoso smash de revés. “Tirame otra, tirame otra”. Insaciable. Ojo, todo eso después me sirvió como entrenador. Quizá no tuve la voluntad que tuvo él de chico para ser bueno. Vilas fue el armador de esa mística que hay acá en el tenis: trabajo.–¿Y en qué momento a vos te fue picando el bichito del entrenador? –Cuando dejé de jugar y viajar, daba clases de tenis. En el 84 me contrata Pecci para armar una academia en Paraguay. Ese fin de año, decidí que no quería dar clases, sino ser entrenador: me gustaba, creía que tenía ciertas condiciones y me gustaba el desarrollo. Me contratan para ir al circuito COSAT. Y ahí conozco a Luli Mancini, que estaba en cadetes, con 15 años. Me encantó cómo jugaba, hablamos con él y con el padre y comenzamos a entrenar. A la par, con Jorge Todero armamos una academia que fue un clásico. Casi todos pasaron por ahí, la mayoría de los que son entrenadores: Markus, Blengino, Orsanic, Mancini. Y muchos jugadores: Jaite, Miniussi, Ingaramo, Mecha Paz, Tarabini. Tuve suerte, se me fueron encadenando los trabajos. –Algunos jugadores llegan, otros no.–Claro. Pero uno hace el mismo trabajo, con la misma pasión. Puede haber tipos para los que ser 500° es un logro. Todo lo hice con ganas. Me tocó estar en un Grado 3 abajo de la autopista, Futures, Challengers, ATP, Grand Slams, Copa Davis y dos Juegos Olímpicos. Al tenis le tengo agradecimiento y respeto. Sé que no lo hice todo bien, muchas cosas las cambiaría. Tuve satisfacciones y también momentos malos. Es parte del trabajo. –¿Qué tiene que tener sí o sí un entrenador?–Además del conocimiento, lo más importante es ver cómo tiene que jugar el tenista. No podés pensar sólo de una forma. Hay distintas cualidades. A un chico hay que mostrarle todas las variantes y después ir viendo lo que mejor le sienta. No existen sábados ni domingos para el entrenador. La enseñanza argentina es muy buena, hay muy buena base. Es parte del secreto de nuestro milagro. Existieron Vilas, Clerc, Sabatini, la Legión y fijate que ahora hay 10 entre los top 100. Y eso que estamos lejísimos y siempre con problemas económicos. ¡Todo en contra, pero igual salen jugadores! Es un misterio, pero hay algo en la raza y en los entrenadores. -El entrenador tiene que adaptarse a las distintas épocas.-Claro, porque el tenis va cambiando. El entrenador se tiene que adaptar. Hoy no podés entrenar a un tipo igual a como entrenabas antes, porque es otro volumen de juego, otra cosa.–¿Qué te gustó de Luli apenas lo viste?–Le vi muchas condiciones. Era una fiera, ya pegaba fuerte de los dos lados, un revés espectacular, aguerrido. Mancini tardó un tiempo en contar lo que atravesó. Cuando era cadete, venían Guillermo Pérez Roldán, Franco Davin y en teoría después estaba él para viajar con ellos a Europa. Pero mandaron a otro. Y lo que al principio fue un drama, después jugó a favor. Luli se pasó todo un año entrenando fuerte. A esa edad, la formación es muy importante, las cosas se aprenden en la cancha. Mejoró mucho, técnica y físicamente con el profe Trevisán, de Rosario.–Y tuvo ese 1989 mágico, ganando Montecarlo y Roma, venciendo a Wilander, Becker y Agassi. ¿Vos creías que era capaz de eso? –Teníamos confianza, sí, pero nos sorprendió a todos. Luli empezó a jugar un tenis un poquito moderno. Le gana a Wilander, que era el 2: le venía muy bien su juego, ese año le ganó en Miami, Montecarlo y París-Bercy. O sea, venció tres veces a un tipo que teóricamente fue mucho mejor que él. Le jugaba más despacio, lo sacaba con el revés y después se ponía derecha y ¡Pum!, lo vacunaba. Hoy, Mancini también es un buen coach.–Cuando gana esos dos torneos, Montecarlo y Roma, fue un momento crucial. ¿Es cierto que le propusiste pelear por cosas mayores y te respondió que prefería vivir sus 20 años?–No, no sé, no me acuerdo tanto, pero sí sé que cometí un error. Porque en un momento cambian muchas cosas. Volvés de Europa después de ese suceso y ya los entrenamientos son distintos: viene gente, hay autógrafos, fotos, chicas, cámaras de TV. Es otra realidad y no me di cuenta: tendría que haber puesto un psicólogo. Yo lo veía normal, pero Luli no estaba normal: a él le afectó mucho ese cambio. Lo impactó. –Y también lo consideraban de otra manera.–Fijate que él juega cuartos de final de Montecarlo con Steeb. Vamos al vestuario, a comer y nos dicen: “Está cerrado, no se puede comer”. Al otro día, juega la semifinal con Wilander y la misma persona que el día anterior nos dijo que estaba cerrado nos pregunta “¿Qué quieren comer?”. Como te digo, me equivoqué: debí plantear la posibilidad de sumar a un psicólogo que lo ayudara a asimilar todo lo que le estaba pasando. –Ese 1989 después llegó a cuartos en Roland Garros, donde perdió con Stefan Edberg. ¿Le veías chances de ganarlo?–Él tuvo chance de ganar Roland Garros, sí. Luli podía ganar. Pero bueno, Coria también lo pudo ganar y no lo ganó. Nalbandian pudo haber ganado un Grand Slam y le faltaron dos minutos. Cosas que suceden.–¿Cómo era la competencia de chicos con Pérez Roldán y Davin?–Ellos eran mejores, surgieron antes, ganaron todo en juveniles y se metieron muy rápido en el circuito. Más tarde se emparejó. Luli, el primer primer satélite que va a España, pasa la qualy y llega a la semifinal del torneo. Fue rápido el ascenso. Pero no todos hacen el mismo camino.Los desencuentros con Vilas–Fuiste capitán de Copa Davis.

Fuente: La Nación Deportes