El inconsciente, nuestro verdadero tesoro íntimo

Entrevistado poco antes de su muerte por la BBC de Londres, en 1938, gravemente doliente y hablando lo mejor que podía dado su avanzado cáncer de mandíbula, Sigmund Freud dijo: “Comencé como neurólogo intentando traer alivio a mis pacientes neuróticos. He descubierto algunos nuevos factores importantes sobre el inconsciente, sobre el papel de las urgencias instintivas [lo dice en inglés, en alemán había dicho pulsionales]. De esos descubrimientos nació una nueva ciencia: el psicoanálisis, una parte de la psicología, un nuevo método de tratamiento de las neurosis. He debido pagar con creces este toque de buena suerte. La gente no creía en mis hechos y pensaba que mis teorías eran ofensivas. La resistencia fue fuerte e inexorable. Al final tuve éxito. Pero la batalla aún no ha terminado”.La batalla, tal como Freud lo previó, no ha terminado. Después de la resistencia inicial, el psicoanálisis pasó a ser parte fundamental del discurso de la cultura. No solo devino una práctica de una eficacia única, de un poder de cura exquisitamente singular, sino que también dejó marcas indelebles en cada aspecto de las producciones humanas del arte, la educación, la deontología.¿Por qué es una herramienta única como medio de cura? En principio, le da la palabra al que sufre. El analista, si bien sin dudas debe actuar y se prepara para ello esforzadamente, sabe que es su paciente quien realmente tiene las claves para desentrañar lo que le sucede. Es el paciente quien detenta el saber. Además, el lazo que el psicoanálisis creó entre paciente y analista es único: de un amor abstinente y de una confianza imprescindible que no acude al uso de la sugestión. La dirección de la cura prescinde de toda herramienta de poder sobre el sujeto que se analiza. Sin dudas el analista debe dirigir la cura. Pero sin dirigir al paciente. Esta rareza, esta singularidad, tardó en ser comprendida. Pero es un tesoro no solo terapéutico. Es un tesoro ético.Tras la resistencia inicial, el psicoanálisis pasó a ser parte del discurso de la culturaEn la cultura el psicoanálisis triunfó también: está presente por doquier. En los libretos de los films, en la literatura, en las series de streaming, en la dirección pedagógica de la infancia (que ha cambiado probablemente para siempre), en las artes plásticas.Entonces, si esto es así, ¿por qué habría que preocuparse por la vigencia del psicoanálisis? Porque hoy, al decir de un discípulo importante de Freud, Jacques Lacan, “el psicoanálisis arriesga desaparecer en la ciudad del discurso como un síntoma olvidado”. Se acusa a esta disciplina -esa que Freud celebró en su entrevista ante la BBC como hallazgo del neurólogo que fue, como su “éxito” y su “golpe de suerte” para aliviar el sufrimiento neurótico-, de estar totalmente superada por prácticas supuestamente más performantes, de apariencia científica, de resultados que se estiman comprobables, mensurables y sobre todo protocolizables. No nos apresuremos a rechazar a priori estas imputaciones. Preguntémonos de dónde vienen, quién las pronuncia, en nombre de quién y de qué se realizan, si es verdad lo que predican y pregonan, si es cierto que son científicas y lo más importante: si proponen una herramienta que de verdad cure. Se trata de las terapias cognitivo-conductuales o comportamentales, laderas de las neurociencias cuando estas se proponen ocuparse de la enfermedad mental, tal como lo hacen algunos neurocientíficos, los menos serios, seguidos por muchos psicólogos atraídos por el aspecto “científico” y, por si esto fuera poco, rápido y menos costoso económicamente, de tal terapia. En verdad, se trata de una pseudociencia, de una ilusión de cientificidad. Pero no vale enunciarlo. Hay que demostrarlo.Allí donde los neurocientistas detectan una falla mental la atribuyen a un “cableado” (sic) defectuosoLa ciencia moderna nació a fines del siglo XVII de la mano de René Descartes. Con su Cogito ergo sum, entronizó el reinado del pensamiento que otorgó el ser a la única especie sobre la faz de la tierra que posee esa extraordinaria herramienta simbólica: el hombre. Descartes solidarizó el pensamiento al ser, que antes era patrimonio de Dios. Al expropiar, por así decirlo, a dios padre del ser, creó la ciencia moderna, la que piensa y deduce -creencia algo desmesurada- todo lo real. El pensamiento científico, a diferencia de la episteme griega, que era solo contemplativa, se abocó rápidamente a crear máquinas productivas, dado que decidió descifrar y dominar la naturaleza, antes patrimonio divino. Además, consideró al hombre mismo -error de consecuencias serias- como parte de la naturaleza, sin zona alguna por así decirlo (en el sentido etimológico) “sagrada”. Rápidamente, esa ciencia creó excedentes de producción que operan lentamente el pasaje del feudalismo al capitalismo. El protestantismo se liberó de las jerarquías de la iglesia católica y de su papa e hizo que cada fiel pudiera leer la Biblia por sí mismo, Biblia que se tradujo a lengua romance y se hizo accesible gracias a la imprenta, una de las primeras de esas máquinas industriales. Junto con máquinas útilísimas, no tardó la industria en fabricar gadgets, objetos bizarros que muchas veces consumimos sin que nos mueva un verdadero deseo.Los reyes por gracia divina padecieron, por ende, expropiado Dios del ser, las diferentes revoluciones burguesas. El sujeto moderno, que no es otro que nuestro sujeto, el del psicoanálisis, vio la luz. Pero claro, no hay progreso sin alguna pérdida. Se comenzó a imponer una idea algo temible: la de que lo simbólico podría dominar todo lo real sin resto. He ahí un grave peligro potencial cuando la ciencia adopta un discurso totalizante, el potencial absolutamente excluyente –forclusivo- del discurso totalizante de la ciencia. Nada hay que decir contra la ciencia. Es bienvenida en todo cuanto ha contribuido a ayudar al hombre en su difícil transcurso por la vida biológica y por la existencia subjetiva. Otra cosa es su ambición cuando vira imperialmente a lo totalizante. Allí sí se torna forclusiva. Tanto Freud como Lacan acogieron los avances de la cienciaHay un gesto de Descartes que puede considerarse complicado (sí, forclusivo). El psicoanálisis jamás postuló que la ciencia excluyera al sujeto. Sí, en cambio, que en su división ente sustancia extensa y sustancia pensante (nosotros, los humanos, somos tal sustancia), colocó al cuerpo como pura extensión y no comprendió hasta qué punto el cuerpo depende estrechamente del pensamiento, de lo simbólico. Y allí, justamente, hay un punto para discutir con las terapias conductuales.Para nada es casual que el psicoanálisis haya aparecido en el momento de auge de la ciencia moderna, porque esta es solidaria del sujeto moderno. Pero, si bien la ciencia crea ese sujeto, luego lo trata como su correlato antinómico. ¿Por qué? Porque con sus placeres, ese sujeto arruina la exactitud del cálculo. Porque con su goce mancha la pulcritud del protocolo. Porque su síntoma es rebelde a dejarse estandarizar. Porque su deseo hace mancha en la límpida superficie del laboratorio. Porque su cuerpo, ese que Descartes envió a la extensión, se rebela, se inhibe, hace síntomas no referibles a patología orgánica, se descompone a veces sin razón biológica subyacente.En auxilio de ese sujeto acudió y acude el psicoanálisis. Para que sus deseos, su goce, su cuerpo erógeno, sus pequeños antojos cotidianos le sean menos caros de sostener que los síntomas con que los sufraga.Tanto Freud como Lacan, los mejores analistas en sus respectivos tiempos, se ocuparon de estar al tanto de cada paso, de cada adelanto de la ciencia de su época. Ninguno se puso en contra de esos avances. Los acogieron con los brazos abiertos. Sabían cuánto podrían contribuir a hacer más llevadera la de por sí difícil vida humana. Freud, lo sabemos, participó del proyecto del laboratorio termodinámico y fisiológico de Helmholtz. Acababa de descubrirse la neurona, de la mano de Ramón y Cajal y de Golgi. Freud deseaba ser neurólogo, pero su honestidad lo llevó a admitir que algo más del 90% de los pacientes del consultorio que abrió en Viena tras casarse con Martha Bernays en 1886 no padecían de lesión orgánica alguna. Y si “descubrió”, formalizó y nos legó el psicoanálisis fue justamente por eso que él llamó “indigencia médica”. De esa indigencia es hijo el psicoanálisis.Lacan inicia su carrera ya en la época de la física nuclear y la cuántica. Comienzan a fabricarse los numerosos gadgets que acompañan y casi son apéndices de nuestras vidas y cuerpos. Además, en vida suya Watson y Crick descubren la secuencia del genoma humano. La ciencia avanza en progresión geométrica. Más contemporáneamente, años después de su muerte, una ciencia dura ha hecho su ingreso de forma impactante aportando descubrimientos, herramientas y posibilidades de intervención hasta hace muy poco totalmente desconocidas: se trata de las ciencias biológicas. En particular la neurobiología y las neurociencias. También la informática con su reciente hallazgo de la inteligencia artificial.Como cualquier descubrimiento que pudiera hacer más llevadera la vida humana y el sufrimiento que pudiera sobrevenirle, cualquier analista sensato debiera celebrar estos avances.El conflicto con las neurociencias se desata cuando estas disputan a la noble psiquiatría clásica -no la bizarra de los diferentes DSM- y al psicoanálisis el mismo territorio: el sujeto y su padecimiento mental. Porque ese padecimiento, y he aquí la madre de todas las disputas entre esos neurocientistas y nosotros, no está en el cerebro biológico.El conflicto con el psicoanálisis deviene explícito rápidamente. Las ciencias biológicas (en particular las neurociencias) comenzaron a reclamar como propio, como espacio donde sus herramientas diagnósticas y terapéuticas resultarían realmente eficaces, comprobables y de resultados indubitables, a la enfermedad mental y al sujeto que la padece.La ilusión de cientificidad, eficacia y rapidez de estos métodos ha convencid

Fuente: La Nación