“Cuando empezás sin nada, no sentís miedo”: el repartir de diarios que fundó un imperio textil y llegó a tener 900 mil

“No hay que nacer ricos. Nacer ricos es una desgracia”, aseguró en una entrevista con El País uno de los hombres más ricos de Italia, Luciano Benetton. Se refería, sobre todo, a que “pasarla mal” fue necesario para dejar volar la imaginación. Por eso, para entenderlo, hay que empezar por su familia, específicamente, por su padre. Hay que revisar los años en que la pasó mal. Su historia, y la de su empresa, que empezó, básicamente, con una desgracia. El gen BenettonLuciano nació en la región del Véneto, al noreste de Italia, en 1935, por lo que creció en plena Segunda Guerra Mundial, entre combates partisanos y bombardeos. De familia trabajadora, su padre, Leone, tenía un negocio pequeño de alquiler de autos en Treviso. Lo empujaba una ambición particular: mudar a su familia de la casa de sus suegros a un hogar propio en la ciudad.Pero las cosas no iban bien, su situación no avanzaba, y Leone entendió que sus planes no iban a funcionar. Entonces, un día llegó a su casa después del trabajo y simplemente dijo: “Me voy”. No era un abandono: se iba a Etiopía, que había sido invadida el año previo por las tropas de Mussolini, y a donde muchos italianos emigraron para buscar un sustento familiar. Así que vendió los autos y viajó a Addis Ababa, donde compró un camión. Empezó a trasladar cemento y material de construcción de un lado a otro de aquel país. Dice el periodista Jonathan Mantle en su libro Benetton: the Family, the Business and the Brand (Benetton: la familia, el negocio y la marca) que en el tablero del camión había puesto una foto de Rosa y de Luciano. Quizás fue un poco ese espíritu de emprendedor el que heredó Luciano: “[Leone] Se alojaba en viviendas para trabajadores en las afueras de la ciudad, casi no comía, reinvertía todo en su nuevo negocio y soñaba con el día en que el nombre de Benetton fuera conocido en toda África”.Pero empezó la mala suerte: cayó enfermo de malaria y estuvo seis meses internado. Cuando salió y fue a buscar su camión, se lo habían robado. “Nunca recuperó su salud ni el camión ni las fotografías de su esposa e hijo”, agregó.En 1939 regesó a su casa. Volvió tan pobre como partió y, encima, enfermo. Poco después nació su segunda hija, Giuliana. La decepción de lo ocurrido en África no lo detuvo: por el contrario, abrió otro negocio, esta vez de alquiler y reparación de bicicletas. Pero para 1942, cuando Luciano tenía siete años, la guerra golpeaba las puertas de Italia. Leone desarrolló una enfermedad renal, resabios de la malaria, y cada vez tenía que ir más seguido al hospital. El emprendimiento empezó a irse a pique con los años, las bombas, los exilios, las vueltas… Y su salud se deterioraba rápidamente.Entonces, Luciano empezó a llevar adelante lo poco que quedaba en pie del negocio. Para 1945, a sus 10 años, su papá murió y Rosa tenía problemas cardíacos que la obligaban, por momentos, a permanecer mucho tiempo en cama. Los pequeños Benetton temían que ella también muriera.“Pensar en hacerme rico”Ese miedo, cuenta el escritor, es el que impulsó al joven a encargarse de la familia: se levantaba temprano todos los días, se iba con su bicicleta a la estación de trenes de Treviso y vendía periódicos antes de entrar al colegio. Después, a la salida, repartía pan y jabón puerta a puerta. Remarcó: “A la edad de 10 años, la infancia de Luciano había terminado”. Su hermana, Giuliana, también ayudaba: era una buena tejedora, y empezó a hacer la ropa de toda la familia. Trabajaba en el taller de una vecina manejando la máquina de tejer, pero soñaba con dejar el colegio y hacerlo a tiempo completo. Lo llevó a cabo a los 11 años.Luciano, por su parte, tomó la misma decisión entre los 14 y 15 años. Lo habló con su madre. ‘No voy a volver a la escuela el año que viene’, le dijo a Rosa. ‘Giuliana trabaja y es más joven que yo. Voy a intentar encontrar un trabajo a tiempo completo’, explicó. Su madre no dijo nada y lo rodeó con sus brazos. Luego él rompió a llorar.Entró en una tienda de telas y ropa llamada Alla Campana, donde barría y cargaba cajas. Después trabajó como dependiente en la tienda de los hermanos Dellasiega. Un día, un amigo le preguntó: “¿Cómo podés trabajar en un lugar tan pasado de moda como este?“. A lo que Luciano respondió: ”Porque tengo que hacerlo. Mi familia necesita el dinero. De todos modos, me gusta lo que hago. Me da tiempo para pensar". “¿Pensar en qué?“, quiso saber su amigo. Y el pequeño Benetto contestó: “En hacerme rico”.Tenía una ventaja: no sentía miedo. La revista The New Yorker lo entrevistó en 1986, cuando el mundo ya conocía su nombre: “Al principio no sentí miedo. Cuando empezás sin nada, no temés al fracaso. Además, había estado meditando la idea durante cinco o seis años: tuve mucho tiempo para pensar cuando trabajaba en la tienda. Todo lo que pasó estaba más o menos previsto”.“El nuevo miembro de la familia”A los 20, con casi cinco años de carrera, empezó a notar que las tiendas tradicionales eran obsoletas, aburridas. A la vez, veía las prendas que confeccionaba su hermana, de colores vivos, y consideraba que tenían gran potencial de venta. Entonces, la convenció para que se independizara. “¿Por qué trabajar para otros? ¿Por qué no empezamos nuestro propio negocio?”, le dijo.Se entusiasmaron con la idea. Pero para comprar su primera máquina de tejer tuvieron que hacer sacrificios: él vendió algunas de sus pertenencias, como un acordeón, y convencieron a uno de sus hermanos para que vendiese también su bicicleta. Además, pidieron plata prestada a familiares y amigos. Así reunieron la cifra necesaria. Estaban tan felices que organizaron una fiesta en honor a la máquina. La llamaron “el nuevo miembro de la familia”. Trabajaban todos: Giuliana tejía desde la tarde hasta la medianoche. La madre, Rosa, ensamblaba y planchaba las prendas hasta la madrugada. El propio Luciano y su hermano Gilberto preparaban la lana. Así, unidos, con una empresa textil familiar, los Benetton aspiraban a salir de la pobreza de posguerra. La primera colección estuvo compuesta por prendas de colores que, hasta entonces, no se veían: amarrillo, verde, azul. La llamaron “Très jolie” (que en francés significa “muy bonita” o “muy linda”).Al principio, Luciano trabajaba como vendedor. Con su bicicleta, visitaba las tiendas de las ciudad y tomaba pedidos. Luego hacía el reparto. Lograba que le compraran, aproximadamente, 20 prendas por semana. El crecimiento fue rápido, como cuenta The New Yorker: “Luciano pudo venderlas de inmediato a los comercios locales. Las ventas aumentaron de manera constante durante los años siguientes y Giuliana contrató a un grupo de tejedoras y costureras. Luciano compró un minibús para transportar a sus empleadas desde el centro de la ciudad hasta el taller que los Benetton habían instalado con mucho esfuerzo cerca de su casa.El mayor inversor que consiguieron fue un sacerdote que ayudó a Luciano a poner en marcha el primer taller. Durante años repetiría que, al dar trabajo a las jóvenes pobres del campo, “los Benetton evitaban que se convirtieran en prostitutas en Milán”.A principios de los 60, Luciano puso en práctica “ideas innovadoras” que ayudaron a que el negocio se convirtiera en un emprendimiento gigante. Decidió vender sus prendas exclusivamente a través de tiendas especializadas, obviando a los grandes almacenes. Destacaba la calidad de su lana, lo innovador de sus diseños y sus precios “accesibles”.Explica The New Yorker: “En ese momento, los suéteres todavía no llevaban el apellido de la familia. Apelando a la predilección de la época por lo extranjero, tenían etiquetas con marcas de fantasía como ‘Lady Godiva’ y ‘Très Jolie’. Pero ya exhibían el sello distintivo de Benetton: una calidad media-alta y un diseño elegante a un precio sorprendentemente bajo”. Más tarde, en la misma nota, Luciano recapacitó: “En nuestra familia no había nadie anteriormente que hiciera este tipo de trabajo. Pero, en cuanto a carácter, sí que hubo alguien que me inspiró: nuestro padre. Era muy creativo. Solo que murió antes de lograr lo que podría haber conseguido. Su historia podría haber sido muy similar a la mía. Era una persona rica en capacidad, en fantasía y en su voluntad”.“El tendero clásico tenía que morir”En 2025, cuando cumplió 90 años, dio una entrevista a una revista italiana: “Un gran éxito fue la introducción del teñido de las prendas una vez confeccionadas [...]: al encontrar la manera de teñir los suéteres después de producirlos, adquirimos una gran ventaja competitiva. Después todos nos siguieron. Así tampoco necesitábamos tener stock, porque producíamos exactamente lo que pedía el mercado. Todo empezó ahí, con los primeros suéteres confeccionados por mi hermana Giuliana [...]. Viéndolo en retrospectiva, diría que supimos captar el gusto del público en el momento justo”.En 1965 fundaron oficialmente la empresa Maglificio di Ponzano Veneto dei Fratelli Benetton. Tres años después, abrieron su propia tienda en Belluno, la bautizaron “My market”. Era, una vez más, algo novedoso: en vez de mostradores, decidieron exponer la ropa, un concepto completamente actual, para que los jóvenes pudieran tocarla. Resumió la idea: “El tendero clásico tenía que morir, y nosotros lo matamos”. La marca se expandió por Europa. Hacia 1969, dieron el primer salto fuera de Italia: abrieron un “My market” en el Boulevard Saint-German, en el Barrio Latino de París. Contrataron a una diseñadora y exmodelo que había trabajado para Christian Dior, Lison Bonfils. Fue ella quien le dijo a Luciano: “Hay miles de chicos franceses ahí fuera desesperados por algo decente para usar con sus jeans. Los jerséis ingleses son demasiado caros y los franceses son feos. Les digo que el mercado está ahí sentado, esperándolos”.Los ayudó a rediseñar la línea y adaptarla a ese mercado: dejar los tonos brillantes, que funcionaban bien en Italia, por unos más suaves. El éxito fue rotundo. Para 1978, ya había 200 tiendas Benetton en Francia. En paralelo, se extendieron por Alemania y Bélgica. Ta

Fuente: La Nación