A las 13 en punto, la puerta de una casona de la calle Bacacay, en el barrio de Flores, se abre para recibir a un grupo reducido de comensales. No hay una boletería, tampoco una sala convencional y mucho menos una platea a oscuras. La propuesta es compartir un asado y la puesta en escena, el mismo espacio. La mesa está preparada, la parrilla espera en el quincho y, desde el primer momento, la experiencia propone abandonar por un rato los códigos tradicionales del teatro para entrar en uno más cercano, cotidiano y casi intangible.Niní y Braulio reciben a los invitados/público. Los personajes, interpretados respectivamente por Santiago Cortina y Francisco Diez, se presentan como anfitriones de una reunión singular. Dicen tener 130 años, aunque sus rostros conservan una juventud que contrasta con el vestuario y ciertos gestos de época. Niní lleva gorro Piluso, sobretodo, pulóver fucsia y un zapato de cada color; Braulio, tapado, boina, anteojos y las manos sucias por el carbón. Hay algo deliberadamente anacrónico en sus figuras, una combinación de humor, extrañeza y humanidad que establece el tono de la jornada. No se termina de divisar qué relación los une, pero tampoco es necesario saberlo.Una vez dentro de la acogedora casa y antes de pasar al quincho, Niní pregunta a los visitantes qué harán con sus teléfonos celulares. “Pueden dejarlos sobre la mesa o conservarlos, pero no ponerlos en modo avión”, sugiere. La aversión de los anfitriones a viajar introduce una primera nota absurda. La regla, pequeña y desconcertante, funciona como una invitación a aceptar el juego. No se exige al público que interprete un papel ni que siga instrucciones complejas. Alcanza con estar ahí, conversar y dejarse llevar.El espacio contribuye a que la propuesta encuentre su clima. El jardín, la pileta, la arboleda circundante y el porche componen un ámbito doméstico que se vuelve escenario sin perder su condición. El asado está casi listo, y el encuentro inicia con un ágape sencillo: pan con manteca, que puede acompañarse con sal o azúcar; y una copa de vino, soda o agua.El asado es exquisito y cumple con la cronología en tiempo y forma. Primer plato, segundo y postre. No se sabe bien si es casualidad o el timing de los “dueños de casa”, pero hay una confianza que se apodera del almuerzo. Uno de los espectadores le pide vino a otro, el otro la canasta de pan, el chimichurri y así, lo que sucede en cualquier asado. Pero el teatro sigue ahí. Braulio y Niní manejan los tiempos con una autoritaria suavidad y llevando la conversación por donde lo habrán imaginado. El olor de la parrilla, el sonido de los cubiertos y las conversaciones simultáneas forman parte de la ambientación.El principal acierto de Cortina y Diez es la escucha. Los dos se acercan a los comensales, recogen sus frases, preguntan, hacen comentarios y aprovechan lo que aparece en la conversación para alimentar la situación escénica. La improvisación no la imponen como exhibición ni buscan convertir a los invitados en protagonistas involuntarios. Todo se integra con amabilidad y atención, con una capacidad para conducir el intercambio sin que parezca teledirigido. A veces la charla se vuelve tan espontánea que la frontera entre la reunión social y la representación artística desaparece.Entre un plato y otro aparecen intervenciones notoriamente teatrales que modifican el curso del almuerzo. Están preparadas, pero se incorporan con naturalidad. La obra encuentra equilibrio en esa alternancia. Por un lado, la estructura y los momentos concebidos de antemano; por otro, lo imprevisible de una mesa compartida por personas que se acaban de conocer. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Braulio & Niní (@braulioynini)
La propuesta tiene una duración aproximada de dos horas y media. No necesita grandes desplazamientos ni artificios técnicos para sostener la atención. Su apuesta está en la cercanía, en la posibilidad de recuperar el valor de sentarse a comer con otros y en la observación de los pequeños rituales que la acompañan: tomar, comer, escuchar y prolongar la sobremesa.Niní y Braulio no dan mucha información sobre ellos y una tensa calma los une en cada interacción. Como si hubiera algo agazapado que está siempre a punto de explotar. Eso por el contrario no genera intranquilidad, sino expectativa. En sus vidas reales, Santiago Cortina y Francisco Diez construyen a sus personajes desde registros distintos aunque complementarios. Cortina, es actor y clown, sumado a ello su recorrido teatral una formación musical; mientras Diez combina su trabajo de actor con la danza y la escritura.El último asado propone una forma de teatro que no se limita a representar una situación, sino a compartir. Desda ya no hay cuarta pared, ni primera, ni nada. Teatro inmersivo en su máxima expresión. 360 grados. Y su máximo atractivo está en la experiencia que construye la reunión y la posibilidad de que algo inesperado suceda alrededor de una mesa. Cuando por timidez nadie habla, Niní impone su carisma y saca alguna sonrisa con algún comentario sutil, divertido. La idea es pasarla bien, sin incomodidad, y así sucede.A lo largo del encuentro, Niní y Braulio juegan en todo momento con el tema de “el último asado”, porque dice uno de ellos: “Uno nunca sabe qué puede pasar”, a lo que el otro responde: “quizás nunca volvamos a comer un asado”. Y entre ese juego de suposiciones y risas, la única convicción es que un asado bajo estas circunstancias pseudoperformáticas, difícilmente se vuelva a repetir.En el final, queda la sensación de haber asistido a un convite que, por un rato, eliminó la distancia entre lo real e irreal. La despedida es bajo el mismo código teatral que pactamos al inicio, y saludamos a Niní y Braulio como a esos tíos que le agradecemos habernos invitado a su casa: “Todo muy rico, la pasamos superbien, gracias por todo, nos vemos, chau”.Para agendarEl último asado. Funciones: viernes 6 de noviembre, a las 20, y los domingos 15, 22 y 29 de noviembre, a las 13. Valor de la experiencia: $35.000. Reservas: 11 -2581-3334 / @braulioynini (Instagram).
General
El último asado: una experiencia inmersiva para compartir la mesa con desconocidos y para borrar el límite entre ficción y realidad
Fuente: La Nación