Los dilemas de la agronomía: El gran Beto Quiroga toma distancia de “los negocios en torno al suelo” y recuerda que “para poder defender la ética profesional, tenés que comer guiso de lentejas”

El reconocido investigador Beto Quiroga tiene una manera bastante sencilla de explicar uno de los dilemas más incómodos de la agronomía moderna. No necesita un gráfico de rendimientos ni una presentación sobre las propiedades del suelo. Le alcanza con un plato de lentejas y una historia de Diógenes que les contó a muchos de los profesionales que ayudó a formar durante su trayectoria en el INTA.
En su versión del relato, el filósofo Diógenes estaba sentado al costado del camino, comiendo lo poco que tenía, cuando aparece un viejo amigo que había prosperado al calor del poder de turno. El visitante le hace notar que, si fuera más complaciente con el rey, no tendría que conformarse con semejante comida. Diógenes le devuelve el razonamiento, pero invertido: si su amigo pudiera arreglarse con un guiso de lentejas, no necesitaría complacer al rey.
Quiroga, aunque jubilado todavía una gran referencia del INTA en materia de manejo de suelos, encuentra allí una pregunta que considera sigue muy vigente para la profesión. ¿Cuánto está dispuesto a resignar un profesional para conservar la libertad de decir lo que considera correcto?
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“A veces hay situaciones donde te quieren, de alguna manera, comprar tu discurso por unos pesos”, planteó. Ese tipo de oferta puede llegar envuelta en una atención o en la propuesta de incorporar determinado producto a una recomendación. El problema aparece cuando el interés por vender empieza a torcer el diagnóstico correcto del agrónomo.
En ese sentido, Beto no ocultó que “hay negocios que se generan alrededor del suelo”. Y advirtió que algunas de esas tecnologías o prácticas que se promueven solo por interés económico inmediato pueden terminar perjudicando ese recurso suelo en el mediano y largo plazo.
Por eso, este investigador tiene muy claro que el cuidado del suelo también depende de la independencia de quienes asesoran sobre su uso.
“Para poder defender de alguna manera la ética profesional, tenés que comer guiso de lentejas”, resumió.
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En el caso de los investigadores de una institución pública, Quiroga entiende que hay una responsabilidad adicional. Su argumento no pasa por una declaración abstracta sobre la ciencia, sino por su propia historia. “Yo estudié gratis en la escuela primaria, en el secundario, hice la maestría, el doctorado. La sociedad me formó”, recordó agradecido. Desde esa experiencia, consideró inadmisible devolverle a esa misma sociedad una recomendación falseada porque alguien ofrece un beneficio económico.
El dilema, entonces, excede la relación de un asesor con una empresa. También involucra la confianza de quienes financiaron su formación y esperan una respuesta profesional. La trayectoria de Quiroga estuvo vinculada a La Pampa, a la Experimental de Anguil, aunque el trabajo dentro del INTA lo llevó a recorrer los campos de buena parte del país. En ese recorrido, destacó especialmente la formación de profesionales que dedicaron cuatro, cinco o seis años a una maestría o un doctorado bajo la orientación de su equipo.
“Nos prestaron parte de su vida”, agradeció  aquella paciencia y vocación. La expresión vuelve varias veces en la charla y explica bastante bien cómo entiende la docencia: alguien deposita años de su futuro en manos de otro y ese otro asume la responsabilidad de acompañarlo.

También explica su manera de hacer agronomía. Quiroga prefiere la imagen del médico que visita al paciente en su casa. Una conferencia puede ofrecer conceptos generales, pero un problema concreto exige acercarse al lote, conocer el ambiente y entender las condiciones en las que trabaja el productor. “Cuando tenés que ver el paciente a domicilio, tenés que analizar específicamente ese paciente y no podés hablar en general”, señaló.
En esa visita hay que mirar algo más que el suelo y el clima. También cuenta el bolsillo. Dos productores con ambientes muy parecidos pueden necesitar estrategias diferentes porque disponen de recursos distintos. Una recomendación técnicamente atractiva puede resultar inviable para uno de ellos.
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Según Quiroga, bajar a esa realidad les permitió desarrollar más empatía con los productores. Ahora, jubilado, encontró otro lugar para continuar esa tarea: las escuelas primarias, donde ofrece charlas gratuitas. Es que le preocupa seriamente que los contenidos generales dejen afuera la realidad de las comunidades en las que viven los chicos. Un alumno del oeste pampeano, en una zona de cría de chivos, puede recibir las mismas explicaciones que otro de un ambiente agrícola dominado por la soja, sin que aparezcan esas diferencias.
Para acercar a los chicos al tema que le ocupó toda su vida, Beto eligió un título que invierte la mirada habitual: “El suelo que nos habita”. La propuesta consiste en revisar lo que hay en la heladera, lo que se compró en el supermercado y lo que forma parte de la vida cotidiana. Detrás de la harina, el aceite, la leche o la manteca aparecen cultivos y forrajes cuyas raíces tomaron nutrientes del suelo.

Quiroga trabaja sobre esa idea porque es consciente de que incluso entre los dueños de los campos el vínculo con la tierra parece haberse debilitado. El agrónomo describió una transformación que observa en algunas regiones: los hijos de productores que salieron a estudiar, construyeron su vida en otras profesiones y luego heredaron una propiedad rural que conocen poco.
No cuestionó que se hayan ido ni que eligieran otro oficio. Lo que señaló es la distancia entre ser propietario de un recurso y comprender qué ocurre con el.
Para hacerlo visible, utiliza una comparación que seguramente incomode a más de un rentista: “Estás poniendo más atención en el departamento al que le tenés que renovar el contrato, que te lo devuelvan con el picaporte arreglado, con la gotera del techo, que esté pintada la pieza, que en el campo que estás alquilando, donde prácticamente no ponés ninguna condición”, los reprende.
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Beto recuerda que, en cambio, antes había productores que conocían hasta los hábitos de la fauna y marcaban los nidos con una varilla para evitar pasarles por encima con la maquinaria. Ese vínculo atento con el lugar, sostuvo, se ha perdido en muchos casos. Sin embargo, quienes se alejaron de esa experiencia vital son los que siguen tomando decisiones sobre el recurso, porque finalmente son sus dueños.
Allí vuelve a cobrar importancia la figura del ingeniero agrónomo. Y Quiroga quiso detenerse en un trabajo que considera poco reconocido, incluso desde los propios productores: el de los colegios profesionales. Destacó su intervención de esas entidades en cuestiones relacionadas con la fertilización y los agroquímicos, su vínculo con los municipios y la responsabilidad que asumen tanto sobre el ejercicio de la agronomía como sobre la salud de la sociedad. También el tiempo y los recursos que aportan quienes participan de sus conducciones.
“Cuidan ese detalle de la profesión para que la profesión siga siendo digna”, afirmó.

A su juicio, esos colegas suyos merecen más visibilidad. Trabajan sin estruendo, muchas veces poniendo sus vehículos y su combustible para representar a los colegas. “Esas cosas tendrían que empezar a ser noticias”, propuso.
Su propia elección de la agronomía tampoco fue un camino completamente resuelto desde el principio. Se crio en una chacra bonaerense y tuvo la posibilidad de seguir arquitectura. También apareció farmacia como alternativa. Pero, cada vez que parecía inclinarse por otro rumbo, ocurrió lo mismo: “La chacra tiró”.
Con el apoyo de un sacerdote salesiano terminó yendo a La Pampa a estudiar agronomía. Después llegaron la carrera profesional, la investigación y la obligación, tal como él la entiende, de hacer por otros lo que antes habían hecho por él.
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Quiroga insiste en mirar a quienes siguen asumiendo ese tipo de compromisos. A los buenos ejemplos los encuentra en todos lados, en la investigación, en la formación de profesionales y en los colegios de agrónomos. Personas que sostienen con su conducta aquello que recomiendan con la palabra.
“Mi palabra te puede movilizar, pero mi ejemplo seguramente te va a arrastrar”, concluyó.
El guiso de lentejas, a esta altura, ya había dejado de ser una anécdota sobre un filósofo. Era una manera de hablar del suelo, de la profesión y de la libertad que hace falta para cuidarlos.

Fuente: Bichos de Campo