Marcos Ormazabal dejó la docencia para recuperar un histórico criadero de truchas en El Bolsón: “Había gente que esperaba en la tranquera para conocer el lugar”

Marcos Ormazabal es copropietario de un criadero de truchas histórico en la Patagonia argentina. Oriundo de Neuquén, llegó a El Bolsón, en Río Negro, para desarrollar un emprendimiento en el que pasa sus días. 
El Criadero de Truchas Río Negro tiene más de 60 años y fue diseñado originalmente por un suizo-alemán, siendo el segundo criadero de la provincia y el primero de El Bolsón. Está ubicado en la ruta 40 sobre el kilómetro 1924.
“Luego pasó a unos dueños de Buenos Aires que le dieron un enfoque turístico. Hace 19 años, mi padre y un tío (comerciantes pesqueros de Neuquén con más de 60 años en el rubro) compraron el lugar abandonado para descansar, convirtiéndose en los terceros dueños”, relata Marcos. “Hace más de 60 años que se dedican a la comercialización de lo que es el pescado, pero no la producción, tienen una pescadería muy grande”, aclara.
Encaminado en su sociedad, padre y tío empezaron a evaluar cómo se podía reflotar el proyecto. Tras un gran incendio en Cuesta del Ternero y en plena post pandemia, Marcos (de profesión profesor de Educación Física y técnico en Seguridad e Higiene) se radicó allí para dedicarse a tiempo completo a la reconstrucción del predio y a la reactivación acuícola.
Hoy ofrecen truchas frescas, la posibilidad de pescar en el predio, visitas guiadas y ahumados. “Después de la pandemia, vinimos y nos dimos cuenta de que había gente que esperaba en la tranquera para conocer el lugar y llevarse algún producto. Ahí empezamos a ver el potencial del lugar”, asegura Marcos.

“Yo estaba cansado de estar en Neuquén, tenía ganas de irme y probar otra cosa en otro lugar. Cuando mi tío me propuso venir no me parecía una mala idea, así que vine a probar. Terminé el año escolar, aproveché las vacaciones de diciembre y vine a hacer la temporada, luego al volver renuncié a la escuela y me vine del todo”, afirma. 
Poco a poco, Marcos se fue especializando en la producción. “Durante los años anteriores fui abriendo distintas posibilidades en la parte comercial. Me dediqué mucho a capacitarme y trabajé bastante en la producción de alevines, que son las primeras etapas de la trucha y representan una de las primeras instancias de comercialización”, detalla.
Sobre el ciclo productivo de los productos obtenidos luego explica que “varía según el destino: ovas ojo y alevines que son comercializadas para grandes productores del país (como Salmon Trout e Idris); trucha de plato (300-350 gramos limpios) que requiere un ciclo de 17 a 19 meses y filetes (300 a 800 gramos) que se obtienen entre los 2 años-2 años y medio”.
“La producción se fue diversificando mucho. Trabajo con productores muy chicos y también con restaurantes y chefs que buscan productos específicos, ya sea porque los probaron en otro lugar o porque alguien se los recomendó. Así empezamos a desarrollar y ofrecer truchas de mayor calidad, que los propios restaurantes también comenzaron a promocionar”, relata.

En esta dinámica que logró con la gastronomía local, se da tiempo para pensar distintas estrategias. “Ahora creamos un nuevo eslogan junto con un chef: ‘Trucha para dos’. La idea es que, a partir de un filete, se puedan preparar dos platos. De esta manera, con una trucha pueden comer cuatro personas. Es una forma de empezar a cambiar un poco las costumbres de consumo”, agrega.
Marcos explicó que actualmente trabajan a una escala reducida, de entre 8.000 y 10.000 truchas anuales, muy por debajo de los volúmenes que alcanzaron cuando producían para otras empresas, etapa en la que llegaron a manejar entre 700.000 y 800.000 ejemplares por año.
Según detalló, decidió dejar de trabajar bajo esa modalidad por los costos y las experiencias previas. En paralelo, comenzaron gestiones ante el Senasa para avanzar en la exportación de material genético, específicamente ovas fecundadas. “Se trata de un proceso que requiere entre tres y cuatro años de desarrollo y preparación de reproductores”, asegura.
Al referirse a las condiciones para desarrollar la actividad en la Patagonia, destacó “la calidad del agua como una de las principales ventajas competitivas de la región, reconocida internacionalmente”.
Sin embargo, señaló la gran diferencia entre el acompañamiento que brinda Neuquén con el que ofrecen Río Negro y Chubut, con dificultades vinculadas con la falta de planificación y acompañamiento, las restricciones normativas para obtener nuevos permisos en áreas protegidas -como Parques Nacionales-, y la necesidad de ampliar la mirada sobre el potencial productivo de los ambientes acuáticos.
En ese sentido, planteó diferencias “con países vecinos como Chile, donde la producción acuícola en aguas marinas tiene un desarrollo significativo”, y remarcó “la importancia de generar condiciones que permitan aprovechar las posibilidades productivas de la región”.
También señaló la paradoja de que el alimento balanceado deba traerse desde la provincia de Buenos Aires hasta la Patagonia, para luego retornar con el producto terminado a los centros de consumo de Buenos Aires.
El turismo receptivo se convirtió en una parte importante de la actividad del criadero. A través de las visitas, el equipo no solo da a conocer el proceso productivo, sino que también busca informar y concientizar sobre el consumo de trucha local frente al salmón importado.

Marcos definió la actividad como una producción artesanal y cuidada, en la que las condiciones naturales tienen un papel central”. La temperatura muy baja del agua hace que el crecimiento de los peces sea más lento, una característica que, según señaló,” se traduce en una trucha con menor porcentaje de grasa y una calidad diferencial”.
Así, entre el trabajo productivo, la gastronomía y el turismo, el criadero busca consolidar una propuesta que ponga en valor la trucha patagónica y amplíe su presencia en las mesas de la región.

Fuente: Bichos de Campo