Julián Aprea, el basquetbolista campeón con Boca que juega en River, entrevista a famosos y tiene un canal de viajes

“Soy más un director de cine frustrado que un basquetbolista. Me tira más por lo artístico”. Julián Aprea entra caminando a un bar. Con sus 2,11 metros de estatura (2,13 metros en zapatillas) no pasa inadvertido. Saluda a los mozos, a los encargados y elige una mesa junto a una ventana para charlar con LA NACION. Pide “lo de siempre”, después de una dura sesión de entrenamiento. Es basquetbolista de River, pero de chico se desempeñaba en el arco. Le encantaba atajar y lo hacía hasta para que no atajen los otros. Sin embargo, varias cuestiones lo hicieron inclinarse por el básquetbol. Por un amigo de una banda de rock se fue a jugar a Ferro y por su altura, rápidamente, pasó de un proyecto a una realidad. Pasó a Boca y con 19 años se consagró campeón. “No fue fácil ponerme esa camiseta”, avisa. Es que no oculta su amor por el Millonario. Su carrera como profesional lo hizo recorrer el país. Atravesó momentos deportivos y personales muy buenos, pero también frustrantes. Un instante de introspección le sirvió para tener un quiebre en su vida y, gracias a una casualidad, empezó a grabar sus viajes para mostrárselos a la gente en un canal de YouTube. En su segunda búsqueda como creador de contenido, encontró el camino en las entrevistas a famosos e influencers y piensa en muchos proyectos más mientras a sus 38 años atraviesa sus última etapa en el básquetbol profesional con la camiseta del Millonario.Julián Aprea nació en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1987 y se crio en Caballito, primero cerca del Cid Campeador y, después, a cuatro cuadras de Ferro. Empezó jugando al fútbol y era arquero en el Club Italiano de su barrio. Le gustaba mucho. “Me iba todos los sábados a atajar al complejo El Andén, que me quedaba a una cuadra, desde las 12 del mediodía hasta las 9 de la noche. Le decía a la gente que quería atajar y con tal de que no atajara otro, me dejaban a mí”, cuenta. Pero al mismo tiempo, el básquet también apareció en su vida. “Mi hermano mayor me hizo ver la NBA y me di cuenta de que era un gran deporte”. Sin embargo, llegó un momento en el que tuvo que decidirse por uno de los dos y Aprea reveló por qué terminó inclinándose por la naranja. “A los 14 años pegué el estirón. Pasé de 1,87 metros a 2,01 metros. El arco me quedaba chico y la coordinación también me cambió”. Además dejó el fútbol, según relató, “por el ambiente”. “Era muy crudo. A los 12 años me trataban de usted, era una atmósfera distinta, yo vengo de una familia con un padre ingeniero y una madre maestra jardinera. Por ahí la cultura, los valores y los tratos eran diferentes”. Así juega Juliá ApreaEn el básquet, Aprea sentía lo contrario. Sentía más fraternidad y mejor compañerismo. También recordó una historia de su adolescencia, cuando estaba en la secundaria y tenía una banda de rock: “Yo tocaba la batería, y un amigo del guitarrista dijo ‘che ¿y este alto? ¿Por qué no venís a probarte a Ferro?’. Fui y así empezó mi historia con el básquet”. Con 17 y por su estatura de 2,07 metros, ya era un proyecto y estaba entrenándose con la primera del equipo de Caballito. Sus días en el deporte avanzaban. Con muchos aprendizajes y con el secundario finalizado llegó el momento del quiebre. “Me hice la pregunta de ‘¿Estudio o sigo por acá?’. Finalmente decidí seguir jugando al básquet, porque lo sentí”. Al año siguiente, Aprea pasó a Boca, que militaba en la Liga Nacional A; el plantel era de mucha jerarquía. “Fue un gran salto del que me costó adaptarme, pero también me cambió la cabeza y me hizo madurar”. Todo fue tan acelerado que en esa misma temporada fue campeón en el Xeneize. “Fue increíble. Casi tres años atrás había arrancado a jugar al básquet”. En línea con esto, recordó una anécdota de un excompañero, Gustavo Oroná. “Tenía 32 años y me decía que nunca había salido campeón y yo, con 19, ya había sido”. Sobre su paso por Boca, en el que logró los títulos de la Copa Argentina, la Liga Sudamericana y la Liga Nacional en la temporada 2006/2007, recordó que arribó a una institución con una estructura muy buena. Además, que aprendió de grandes jugadores como Leonardo Gutiérrez y Leandro Palladino, pero entre risas, advirtió: “Yo soy hincha de River. Fue duro ponerme la camiseta de un rival y obviamente no cantaba las canciones”. De todos modos, Aprea reveló que siempre tuvo respeto, profesionalismo y que sintió un gran orgullo al haber jugado en Boca.Al ser juvenil, cuarto jugador en su posición y al tener poco protagonismo, Aprea continuó su camino en Gimnasia de Villa del Parque, también en Buenos Aires, para jugar en la tercera categoría del básquetbol argentino. “Ahí me testeé deportivamente. Fue mi primera experiencia fuerte y empecé a tener más minutos y un rol más marcado”. El basquetbolista sintió que fue su salto de calidad. Su meta era regresar a la élite en tres o cuatro años, sin embargo al año siguiente apareció Obras Sanitarias, para jugar de nuevo en la Liga Nacional, gracias a un llamado de Julio Lamas.Su carrera empezó a desarrollarse en otras partes del país. Su primera experiencia afuera de su casa fue en Regatas de Corrientes. Luego pasó al histórico Atenas de Córdoba; llegó el turno de La Unión de Formosa y ciudades como Junín, Roque Sáenz Peña en Chaco, Santiago del Estero, Morteros en Córdoba y Río Gallegos. Siempre supo acostumbrarse a esa vida nómade que el básquet le proponía. “Todos sabemos que es así la carrera y es la vida que nos toca. Además, evaluamos propuestas deportivas y económicas”. Siempre extrañó. Se define familiero y amiguero: “Para mí el día a día es clave. Si no tengo ese asado, esa juntada, ese abrazo de los viejos, a mí me falta, pero siempre me enfoqué en la conducta por el objetivo deportivo”.También le tocó irse al exterior. Jugó en Chile y en Brasil. Con 22 años llegó a Río de janeiro y vivió una gran experiencia personal y deportiva. “Logramos ascender con un club muy chico, el Tijuca Tenis Club. También me hice muchos amigos ahí, siempre digo que el brasileño es más cariñoso que nosotros a veces, sobre todo el carioca. Fue muy lindo vivir en Río, vivía a 20 minutos de Copacabana, tuve la suerte de estar de novio en esa época y por suerte me portaba bien, pero es difícil”, recuerda mientras se ríe. En su carrera pasó por grandes momentos individuales, tanto desde lo basquetbolístico como en lo individual. Recuerda su paso por Santiago del Estero como uno de los mejores. También cuando vistió la camiseta de Platense. “Ahí estaba en un equilibrio espectacular de disfrutar del deporte con plenitud física y desde lo personal con familia y amigos”. Sin embargo, en el deporte no todas son buenas y entre esos instantes rememoró las veces que los equipos prescindieron de él. “Mi primer corte fue en Atenas. Es algo que aprendí temprano, son las reglas del juego. Cada vez que me pasó lo tomé bien, con cierto dolor y frustración, algo lógico, porque sino no te dedicarías a esto, pero siempre como positivo de que viene algo mejor”.Fueron varios los momentos en los que tuvo ganas de dejar de jugar. Aprea menciona que posee una parte muy bohemia que siempre le tira un poco más, como el arte, la música y los viajes. Estos aspectos muchas veces lo sacaron del eje deportivo, pero supo convivir con eso. “En un momento me gustaba la experiencia de saber qué hacer si no hago deporte y con un amigo tuvimos una distribuidora con vinoteca. Fue una experiencia muy linda, pero siempre volvía a tirar la competitividad”.Aunque sigue activo, mencionó a los dos mejores entrenadores que tuvo en su extensa trayectoria. Uno de ellos es Julio Lamas. “Manejaba muy bien los grupos, tenía muñeca para manejar a los jugadores con ego y a los juveniles. Es un entrenador de raza”. El otro es Manuel Anglese. “Me saco el sombrero por él. Combinó lo que es ser profesional, dedicado y meticuloso con la parte humana. Lo quiero mucho y me gusta juntarme con él porque tiene grandes valores como persona, que sabe trasladarlas al grupo”. También nombró al mejor jugador con el que compartió equipo. “Juan ‘Pipa’ Gutiérrez. Siempre lo admiré. Lo enfrentaba en los entrenamientos y no lo podía defender. Como persona también, tiene unos valores impresionantes y predicaba cosas muy buenas para el equipo”, explicó. Julián Aprea todavía continúa jugando al básquet. Lleva 23 años consecutivos como profesional y actualmente viste la camiseta de River, club del que es muy hincha y eso fue clave para que siga jugando. “Llegué en noviembre de 2025 básicamente porque era River y estaba a punto de dejar de jugar. Me convenció mi compañero Felipe Pais; cuando fui a una reunión con el club supe que había un proyecto y buena energía”, revela. Luego de una temporada muy difícil en la Liga Federal, lograron el ascenso a la Liga Argentina y explicó con mucha felicidad toda su sensación: “El sentimiento por el club y la intuición no fallaron, porque de 96 equipos ascienden dos y fuimos uno de ellos. Viví uno de los mejores años deportivos de mi vida”. Su amor por River también lo trasladó adentro de la cancha. “En el último partido ya no daba más físicamente, pero me ponía a defender y pensaba en el escudo y es algo que hasta que no te pasa, no lo podés explicar. Sacás fuerzas hasta de donde no tenés”.Además, del básquet en la vida de Julián Aprea aparecen otras curiosidades. Intentó estudiar Nutrición, pero se dio cuenta de que la facultad no era para él. “Estaba desactualizado, tenía 30 cuando quise empezar y me costó. Me gustaba la esa carrera desde el lado de cursos, de documentales, videos, pero lo que es la técnica de la licenciatura no me gustaba. Mentalmente sentía que lo tenía que hacer, pero no con mi intuición”, reveló. Cuando en 2023 jugaba en Zárate Aprea sintió un quiebre en su vida. En la mitad de la temporada y con el pensamiento de que se trataba de los últimos años de su carrera atravesó una separación de su pareja y un momento de introspección. “Ahí pensé ‘¿Qué quiero hacer después?’. De casualidad en YouTube se encontró con el video de un viajero. C

Fuente: La Nación Deportes