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La ciudad más grande de Latinoamérica: imperdibles en arte, historia y gastronomía
La primera parada para empezar a desentrañar Ciudad de México está a 9 kilómetros de esta gran urbe, la más grande de Latinoamérica. Se trata de un gran centro de peregrinación: la Basílica de Guadalupe. El santuario se encuentra al pie del cerro del Tepeyac, donde, según la tradición católica, en 1531 tuvieron lugar las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, un indígena nahua. La iglesia que recibe hoy a las multitudes, sin embargo, tiene apenas medio siglo. Fue inaugurada en 1976 y proyectada por un equipo encabezado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, autor también del Museo Nacional de Antropología y del Estadio Azteca. Su arquitectura moderna, de gran planta circular, tiene el aspecto de un enorme plato volador aterrizado junto a la Antigua Basílica —hoy Templo Expiatorio a Cristo Rey—, una construcción barroca. El contraste parece un montaje. La antigua iglesia, además, muestra una inclinación evidente, consecuencia de los hundimientos del terreno. Por ese motivo, la imagen de la Virgen fue trasladada al nuevo templo, donde hoy se venera. Para verla de cerca, los peregrinos pasan frente a ella sobre cintas transportadoras que mantienen el flujo de visitantes y evitan aglomeraciones. Aquí el tiempo también vale oro.De regreso hacia Ciudad de México, después de haber pasado por el gran centro ceremonial prehispánico y por uno de los principales santuarios católicos del continente, queda encontrarse con las marcas del choque y la superposición de esos mundos: la conquista. En el Centro Histórico, levantado sobre la antigua Tenochtitlán, edificios coloniales y templos católicos conviven con los restos de la capital mexica. Sobre esa ciudad construida sobre otra volveremos más adelante.La Casa Azul y el Museo AnahuacalliSi se piensa en una mujer mexicana de fama universal, es difícil que no aparezca Frida Kahlo. Artista, militante política y figura convertida también en objeto de consumo, hoy su rostro está en todas partes: remeras, bolsos, tazas y recuerdos. En Coyoacán, sin embargo, Frida sigue estando, literalmente, en su casa. Entrar a la Casa Azul permite acercarse a la mujer detrás del ícono.En náhuatl, Coyoacán suele traducirse como “lugar de coyotes”, y por eso estos animales aparecen una y otra vez en la identidad del barrio. Antes de integrarse a la expansión de Ciudad de México, fue un asentamiento indígena independiente de Tenochtitlán. Tras la conquista, Hernán Cortés se instaló en la zona mientras los españoles comenzaban a levantar la ciudad colonial sobre las ruinas de la capital mexica. Con el crecimiento de la megalópolis, Coyoacán terminó incorporado a la trama urbana. Sin embargo, todavía conserva un aire de pueblo, con calles empedradas, plazas, mercado y antiguas casonas.Algo de esa intimidad se percibe dentro de la Casa Azul. Allí nació y murió Frida y transcurrió buena parte de su vida. Viajó y vivió temporadas fuera, aunque siempre regresaba a Coyoacán —donde pasó 36 de sus 47 años—, un apego al lugar que ella misma convirtió con humor en “Coyoacatitis”.En esta casa vivió con sus padres y hermanas y también con Diego Rivera. El museo conserva objetos personales, fotografías, obras de arte y la cama con el espejo que su madre mandó colocar sobre ella para que pudiera pintar durante la larga convalecencia posterior al grave accidente de tránsito que sufrió a los 18 años. Inmovilizada durante meses, Frida comenzó allí a pintar. Hoy, sobre esa cama, hay una máscara mortuoria de su rostro.Los textos del museo recorren una vida marcada por problemas de salud y dolores físicos y emocionales. Aun así, los testimonios de quienes la conocieron y su obra muestran también a una mujer de enorme fuerza y vitalidad. En la Casa Azul se conserva el famoso cuadro de las sandías en el que, poco antes de morir, escribió “Viva la vida”.La relación entre Frida y Diego también dejó su impronta en la casa. En una sala se reproducen videos que los muestran en momentos cotidianos. Se acarician, se besan: él, enorme; ella, singular y elegante. Dormían en cuartos separados. En la habitación de Diego hay dos almohadones bordados por Frida: uno dice “cariño” y el otro, “despierta, corazón, dormido”. Se casaron cuando ella tenía 22 años y él, 42. Fue una relación intensa, atravesada por separaciones, infidelidades, divorcio y un segundo matrimonio.Frida sigue en su casa incluso después de su muerte: sus cenizas descansan en una urna prehispánica con forma de sapo, una figura que suele asociarse con Diego Rivera, a quien ella llamaba cariñosamente “sapo-rana”.Diego también tiene su museo en Coyoacán. El Museo Anahuacalli es un edificio de piedra volcánica que mandó construir para albergar la enorme colección de piezas prehispánicas que reunió durante su vida. Rivera comenzó a coleccionar objetos desde joven y fue formando un conjunto de decenas de miles de piezas. En una época en que el coleccionismo privado de antigüedades prehispánicas era habitual, sostenía que conservarlas en México ayudaba a evitar su salida al extranjero. Su proyecto buscaba, además, dar acceso público a ese patrimonio y ponerlo en diálogo con el arte mexicano moderno: imaginó un espacio artístico, no simplemente un museo arqueológico.Rivera murió en 1957, cuando el Anahuacalli todavía estaba en construcción. El museo abrió sus puertas en 1964. Hoy se exhibe una selección de la colección, con figuras religiosas, esculturas y objetos de uso cotidiano. Rivera encontraba en esas formas antiguas elementos que luego reaparecían en su propio lenguaje plástico. Esa relación puede verse también en los bocetos de murales expuestos en el museo: primeros pasos de imágenes que después ocuparían edificios históricos de la ciudad y sumarían otra capa a su paisaje.Un bosque con historiasEl Museo Nacional de Antropología se encuentra en medio del gigantesco pulmón verde del Bosque de Chapultepec. Uno podría pasar días explorando allí las distintas culturas prehispánicas de México. Si el tiempo es limitado, conviene concentrarse en la sala mexica: permite entender mejor a la civilización que fundó Tenochtitlán, la ciudad sobre la que después crecería la capital actual.Al entrar, el Paraguas es uno de los grandes golpes visuales del edificio: una enorme cubierta suspendida sobre el patio y sostenida por una única columna central. El agua cae por sus bordes y convierte el techo en una fuente monumental. La columna está revestida por un relieve de bronce que recorre distintos momentos y símbolos de la historia mexicana, desde el mundo prehispánico hasta el México moderno.La sala mexica reúne piezas vinculadas con la religión, la vida cotidiana y la organización política de esa cultura. Muchas aparecieron durante obras realizadas en el Centro Histórico, construido sobre las ruinas de Tenochtitlán. La famosa Piedra del Sol, un monolito circular tallado que condensa una compleja concepción del tiempo y del universo, fue descubierta en 1790 en la Plaza Mayor. La arqueología de la antigua capital continúa activa: los hallazgos siguen completando y modificando el conocimiento sobre la ciudad enterrada bajo la actual.Para salir hay que volver al patio central del Paraguas, donde un estanque evoca el gran lago sobre el que se levantaba Tenochtitlán, surcado por calzadas y canales. Desde allí se leen también frases inscriptas en las paredes del museo. Una de los Cantares de Huexotzinco, poesía náhuatl del siglo XVI, deja una pregunta que resuena después de recorrer las salas: “¿Sólo así he de irme? ¿Como las flores que perecieron? ¿Nada quedará en mi nombre? ¿Nada de mi fama aquí en la tierra?”.La historia mexicana continúa dentro del bosque, en el Castillo de Chapultepec, hoy Museo Nacional de Historia. El edificio tuvo distintos usos a lo largo de los siglos y fue, entre otras cosas, residencia imperial durante el Segundo Imperio y residencia presidencial hasta 1939. Además de las salas palaciegas, alberga importantes murales, entre ellos “Del porfirismo a la Revolución”, de David Alfaro Siqueiros. La vista merece la subida: desde allí se aprecia la dimensión del bosque y el trazo largo y recto del Paseo de la Reforma, con el Ángel de la Independencia enmarcado entre las torres de vidrio de la Colonia Juárez.Al bajar de las alturas palaciegas y caminar por la avenida Heroico Colegio Militar aparece el México popular de hoy. Entre los muchos puestos hay retratistas que capturan las facciones de los paseantes en pocos minutos. También llaman la atención las vinchas con pequeños monos de peluche que lanzan agua, una ocurrencia comercial vinculada al zoológico que se volvió parte del paisaje del bosque. El viajero de paladar valiente puede completar la experiencia con unos chapulines tostados, el tradicional snack de saltamontes.Chapultepec es realmente enorme: tiene más de 800 hectáreas repartidas en cuatro secciones. En la segunda, menos transitada, hay una joya poco visitada que vuelve a conectar arte, historia y ciudad: la Fuente de Tláloc, realizada por Diego Rivera a comienzos de la década de 1950. La enorme figura representa al dios mesoamericano del agua y está cubierta de mosaicos de colores. Fue concebida para apreciarse especialmente desde arriba, aunque una escalera permite ganar altura y aproximarse a esa perspectiva.La fuente formaba parte de una gran obra hidráulica destinada a abastecer de agua a Ciudad de México. Rivera unió arte prehispánico e ingeniería moderna con un mural realizado en el interior del Cárcamo de Dolores, la estructura por la que circulaba el agua. La obra estuvo originalmente en contacto con el agua y ese funcionamiento aceleró su deterioro. Con el tiempo, el sistema fue modificado para preservarla. Hoy una instalación sonora contemporánea recupera, mediante vibraciones y sonidos, la presencia del agua que continúa circulando cerca aunque ya no cubra el mural.Polanco, Condesa y RomaA Ciudad de México y su hojaldre de historia no le faltan espacios donde asoman lo moderno y lo contemporáneo. Distinguido y cosmopolita, a
Fuente: La Nación