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Jorge Fernández Díaz: “A mí siempre me aburrió ser una sola persona”
Un candidato presidencial que huye de su país, un avión privado, una frontera atravesada de noche y sospechas de operaciones de inteligencia. La reciente salida de Flávio Bolsonaro de Brasil, a través de la Argentina, parece una escena de una novela de espionaje. Y bien podría haber formado parte de El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil, el nuevo libro de Jorge Fernández Díaz. Como dice el propio autor, “la realidad trabaja para Remil”.Y no es casualidad. Hombre de la casa, columnista de LA NACION, periodista de investigación, escritor, ganador del Premio Nadal, miembro de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española, Fernández Díaz lleva décadas observando los mecanismos del poder y aquello que ocurre detrás de escena. Ese conocimiento alimenta una saga en la que la actualidad y la ficción se cruzan constantemente.El autor abre la cocina de su proceso creativo: cómo nacen sus personajes, cuánto hay de realidad en sus historias y de qué manera transforma los acontecimientos políticos en literatura. También reflexiona sobre los límites de ambos oficios: mientras el periodismo solo puede publicar aquello que logra probar, la ficción permite imaginar las conversaciones, los secretos y las motivaciones que permanecen ocultos. Un recorrido por el universo de los espías, la escritura y ese territorio donde la realidad, muchas veces, supera a la imaginación.-Quiero empezar por la aparición de Arturo Pérez-Reverte en tu nueva novela, El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil. Se trata de una persona real, muy conocida y, además, amigo tuyo. ¿Te resultó difícil convertirlo en un personaje de ficción?-Me pareció una forma de homenajear a alguien que viene a la Argentina desde hace unos 30 años y que es una figura muy importante de las letras. Arturo ha protagonizado encuentros extraordinarios en Buenos Aires, tiene muchísimos lectores como novelista y columnista, y es uno de esos personajes que, como Sabina o Serrat, vienen a nuestro país y terminan siendo adoptados por los argentinos.También quería mostrar a Remil en una situación diferente de la trilogía anterior. Cada vez que cambia un gobierno, Remil y Cálgaris, que se dedican al espionaje político, quedan en una especie de limbo hasta que se define su futuro.Son personajes que espían periodistas, protegen a algunos dirigentes y destruyen a otros. Es decir, hacen lo que ciertos servicios de inteligencia argentinos han hecho desde siempre.Me interesaba situarlos en ese limbo, al comienzo del gobierno libertario, cuando alguien les encarga custodiar discretamente a Pérez-Reverte durante una visita a la Argentina porque ha recibido una amenaza de muerte. No voy a revelar de dónde viene esa amenaza.Además, se dio una coincidencia: Arturo había sido noticia por un tuit durante el Mundial, que provocó una reacción muy fuerte. Yo salí a defenderlo y él después escribió sobre el episodio. De alguna manera, ya estaba involuntariamente en la agenda argentina.Cuando leyó el primer capítulo, se divirtió muchísimo y me propuso escribir un epílogo.-Vamos a dejar ese epílogo como sorpresa. Pero entre ustedes existe una larga historia de guiños literarios. Pérez-Reverte te incluyó en El asedio como Jorge Fernández, un cuchillero.-Sí. Y yo lo incluí en una novela anterior, El dilema de los próceres. Además, en una próxima novela de Arturo aparece un barco que se llama Remil.Son bromas literarias que nos hacemos desde hace años. Tenemos una amistad muy larga.-¿Cómo surgen esos intercambios? ¿Se reúnen en Buenos Aires o Madrid, toman un vino y empiezan a imaginar personajes?-No, son sorpresas que nos hacemos mutuamente. Pero esta vez Arturo tiene un papel mucho más importante: aparece como él mismo, aunque convertido en un personaje de ficción. Es Pérez-Reverte en Buenos Aires, amenazado de muerte y protegido por dos espías.Ese fue uno de los puntos de partida. Porque, en realidad, yo no tenía claro que Remil tuviera que volver. Después de la trilogía había escrito Cora, una novela de detectives sobre intrigas amorosas, y después gané el Premio Nadal con un libro sobre mi padre. Estaba bastante alejado de ese universo. Hasta que sucedió algo curioso. El año pasado, una amiga abogada me invitó a dar una charla sobre política ante unos 110 abogados muy importantes de la Argentina. Yo detesto dar charlas políticas, pero acepté.Hablé sobre Milei y los problemas del país. Cuando llegó el momento de las preguntas, en lugar de consultarme sobre la coyuntura, empezaron a preguntarme qué estaban haciendo Remil y Cálgaris bajo el gobierno libertario. Querían saber si seguían trabajando para los servicios de inteligencia, si habían sido desplazados o si estaban involucrados en las operaciones del nuevo gobierno.Uno de ellos me preguntó directamente: “¿Qué están haciendo estos dos agentes que cometieron tropelías bajo todos los gobiernos? ¿Siguen trabajando o Milei los echó?”.Volví a mi casa pensando en eso y llamé a mi editor. Le conté lo que había pasado y le dije que me habían dejado una espina clavada. ¿Qué estarían haciendo esos personajes?Entonces imaginé que una agencia privada de seguridad e inteligencia vinculada a la CIA decidía contratarlos. Es una práctica que tiene antecedentes en muchos países: agencias que trabajan con antiguos agentes y realizan operaciones que los gobiernos no pueden ejecutar directamente.En la novela, esa organización incorpora a Remil y Cálgaris para proteger a Milei de sí mismo. Los norteamericanos dicen algo así como: “Pusimos mucho dinero en la Argentina. Este es un gobierno que se pega tiros en los pies y queremos protegerlo, aunque no se deje”. Esa fue la idea que terminó poniendo en marcha la novela.-Es interesante porque el libro está atravesado por la coyuntura política, pero sin necesidad de mencionar constantemente nombres y apellidos. Hay operaciones, funcionarios, agentes y maniobras que remiten a situaciones reconocibles. Incluso lo que ocurrió con el caso de Bolsonaro, con movimientos de inteligencia, funcionarios de distintos países y una campaña de desinformación, parece una escena que podría haber estado en la novela. ¿Cuánto de lo que escribís es imaginación y cuánto surge de la realidad?-Hoy me llamó mi editor y me dijo: “¿Te das cuenta de lo que nos perdimos? Remil y Cálgaris tendrían que haber participado en una operación para sacar del país a un candidato presidencial amigo que teme terminar preso”.La realidad trabaja para Remil. Pero ahí aparece algo que me interesa mucho como escritor: el procedimiento literario.Si yo pudiera imaginar de manera verosímil, con los conocimientos que tengo sobre ese mundo, qué ocurrió en la intimidad de una operación como esa, probablemente vos querrías leerlo.El periodismo puede investigar y reconstruir muchos hechos, pero difícilmente llegue a conocer por completo la intimidad del lado B de la política.La literatura, al menos la que yo practico, combina el conocimiento de ese oficio con la imaginación. Y eso permite contar lo que el periodismo muchas veces no puede alcanzar.Nunca había escrito una novela tan pegada a la actualidad. Está construida prácticamente al ras de los acontecimientos. Podría decirse que es un año de Milei y un año de Remil.La novela alude a situaciones que reconocemos de la realidad, aunque ningún personaje ni ninguna circunstancia sea una representación literal. -Y hablando de Remil, ¿por qué creés que los servicios de inteligencia en la Argentina han servido tantas veces a intereses particulares en lugar de proteger la seguridad del Estado?-Por dinero, por costumbre, por corrupción política, por las deformaciones del Estado. Por muchas razones. No ocurre de la misma manera en todos los países. Hay lugares donde los servicios de inteligencia están más regulados, aunque también se cometen abusos gravísimos, incluso crímenes de guerra que pocas veces terminan siendo juzgados.Mi intención siempre fue construir un policial absolutamente creíble. En la Argentina no sería verosímil inventar un espía que se dedica a infiltrarse en una potencia extranjera o que salta en paracaídas para cumplir una misión espectacular.Nuestros espías son diferentes. Tienen sus propios códigos, intereses y formas de actuar. Y como novelista intento comprender la lógica de Remil, aunque haga cosas que van en contra de mis principios. Eso genera algo perturbador: el lector termina sintiendo empatía por alguien que está haciendo un desastre.-Es algo que Patricia Highsmith conseguía extraordinariamente bien: terminabas simpatizando con un personaje moralmente cuestionable. Y con Remil pasa lo mismo. Es un hijo de la gran…-Pero es nuestro Remil. Y además hay otros peores.Remil tiene un código propio y una mirada humorística, muchas veces sarcástica, sobre lo que ocurre a su alrededor.En esta novela aparece una cuestión que me interesaba especialmente: cómo quienes llegaron al poder prometiendo luchar contra la casta terminan rodeados de personajes que vienen de esa misma casta. Hay oportunistas que hasta hace cinco minutos cantaban la marcha peronista y ahora se presentan como libertarios de la primera hora, expertos en Hayek y en las ideas liberales.También aparecen personajes que antes participaban de negocios irregulares y siguen haciéndolo ahora. En definitiva, el sistema continúa funcionando de manera parecida bajo gobiernos diferentes. Siguen existiendo los negocios, los oportunistas y las operaciones en las sombras. Cuando se caen los discursos y las máscaras, queda al descubierto ese mundo. Con una particularidad: Milei no llegó al poder acompañado por un partido tradicional. Su gobierno comenzó con un grupo político muy heterogéneo, con figuras provenientes del massismo, el apoyo del propio Sergio Massa y personajes de procedencias muy distintas. En ese universo también hay oportunistas que siguen reproduciendo viejas prácticas.Muchos de esos hechos probablemente tarden en investigarse o juzgarse, porque
Fuente: La Nación