Cómo criar hijos más fuertes frente a la ansiedad y el miedo

La angustia, el miedo y las preocupaciones, incluso la ansiedad, son humanas y necesarias. En niveles razonables, es decir, operativos y funcionales, nos ayudan a estar atentos y alertas para cuidarnos ante las dificultades que se presentan o ante riesgos potenciales. El problema empieza cuando los niveles son muy altos y la angustia, el miedo o la preocupación, en lugar de ayudarnos, nos paralizan, nos escapamos y ya no podemos responder adecuadamente; o cuando nos desbordan y se convierten en una ansiedad que no podemos manejar. Como sociedad transitamos un pico importante de síntomas de ansiedad tanto en niños como en adolescentes y adultos. Surge de cambios en el estilo de vida y en la aceleración del ritmo que llevamos, que viene ocurriendo gradualmente. Daniel Tangona, entrenador: “Soy feliz, no porque tenga todo resuelto, sino porque aprendí a valorar lo que tengo mientras sigo trabajando por lo que quiero”Además, se añaden propuestas subliminales y/o visibles de la sociedad de consumo que nos lleva a querer hacer, disfrutar, a no perdernos nada, a evitar el dolor y el sufrimiento, a anestesiarnos con todo tipo de conductas adictivas, muy especialmente las pantallas.De este modo, no nos damos cuenta de que al subirnos a esas propuestas perdemos la oportunidad de procesar las cosas que nos pasan, incluso de aprender de ellas, y de fortalecer nuestros recursos para afrontar los inevitables contratiempos y situaciones difíciles de la vida.¡Y hacemos lo mismo con nuestros hijos, grandes y pequeños! Querríamos evitarles todo dolor, espera, sufrimiento, convencerlos de que están bien, reasegurarlos de que no están en riesgo, incluso evitarles las cosas que despierten sus miedos, angustias y preocupaciones. Pero con ellos no solo los debilitamos en lugar de fortalecerlos, sino que además podemos hacerlos dudar de sí mismos y de lo que sienten y piensan. No somos magos, ni adivinos, ni tenemos control de todo. Nuestra tarea no es sobreprotegerlos -ya que el mensaje que subyace a la sobreprotección es “vos no podés”- sino ser para ellos modelo de afrontamiento y acompañarlos a encontrar nuevos recursos para abordar las dificultades.Se trata de dar lugar, acompañar, iluminar, poner nombre a lo que les pasa, hacerles preguntas, armar equipo con ellos contra sus ansiedades y preocupaciones. Que nuestros hijos descubran en muchas experiencias que pueden acercarse a nosotros con lo que les pasa, que no necesitan esconderlo, ni negarlo, ni arreglarse solos. Que pueden mostrarnos sus vulnerabilidades y los vamos a acompañar, sin minimizar ni exagerar, ni tampoco burlarnos ni juzgarlos, sin retarlos, ni darles aburridas lecciones de vida.No podemos asegurarles que no van a pasar las cosas difíciles, dolorosas, pero llegaremos juntos a la conclusión de que algo pueda ocurrir no significa que va a suceder y ellos tienen que aprender junto con nosotros a vivir con esa incertidumbre. Y que en el eventual caso de que ocurra, iremos buscando, hasta encontrar, los recursos para resolverlo, o para aceptarlo, si no pudiéramos resolverlo. A nadie le gustan las vacunas. De hecho, el pinchazo duele. El tema es cómo acompañarlos a aceptarlas, jugar, conversar, contarles nuestras experiencias, ayudarlos a comprender el porqué y el para qué de ellas, de modo que la idea de vacunarse no les arruine el día a día y logren dárselas, ¡pero no necesitan disfrutarlas ni agradecerlas! Y tampoco sirve que los llevemos engañados. Con las vacunas fortalecen sus defensas ante las enfermedades y, al transitar la experiencia junto a nosotros, fortalecen su confianza en sí mismos, porque lo logran.Podemos acompañarlos a entender muchos temas de nuevas formas y a encontrar nuevas respuestas, ampliando su mirada y así “recablean” el cerebro. Reconozcamos y abordemos con ellos sus angustias, miedos y preocupaciones. Escuchemos, hagamos preguntas que los ayuden a pensar: ¿Cuán probable es que ocurra lo que temés? ¿Es realista tu preocupación? ¿Es tan terrible si pasa? ¿Solo te pasa a vos o les pasa a todos?Ante esas situaciones, el cerebro primitivo se despierta, se pone en alerta para la supervivencia, y lo hace muy rápido, tanto para miedos reales como por falsas alarmas. A menudo, en menos de dos minutos esa emoción intensa pasa y junto a nosotros vuelven a la calma, pero puede llevarles más tiempo. En ese tiempo, el cuerpo cree que el riesgo es real y responde de acuerdo con eso… Por eso es tan importante aprender a aplacar ese cerebro primitivo “inundado” que reacciona en lugar de responder con su cerebro integrado. Este “secuestro” por parte del cerebro primitivo fue muy útil en la época de las cavernas cuando acechaban los depredadores o las hambrunas, pero hoy son pocas las veces en que es de verdad útil apelar a escaparse, congelarse o atacar. Y por eso es tan importante para acompañarlos que nuestro cerebro adulto responda integrado, ofreciendo presencia, calma, palabras y recursos que les permitan abordar los contratiempos que inevitablemente aparecen en sus vidas.

Fuente: La Nación