Christophe Krywonis, íntimo: la cirugía bariátrica, su vínculo con los realities y su presente amoroso

Pollos por todos lados: en el enorme spiedo que gira en el fondo del salón, pintados en las paredes, calados en el respaldo de las sillas y estampados en el uniforme de los empleados. “El pollo es la tradición francesa por excelencia, nosotros vivimos con el pollo una historia de amor”, explica el chef Christophe Krywonis al respecto del concepto detrás de su “Rotisería tradicional francesa” Mon Poulet, que cuenta con ejemplares más pequeños que los habituales de cualquier parripollo porteño... pero también más tiernos y sabrosos.En sus 37 años de carrera en la Argentina, alternó trabajos detrás de los fuegos con otros delante de cámara en algunos de los ciclos televisivos gastronómicos más populares, como Masterchef o Bake Off, que lo volvieron popular a nivel masivo. Y “accesible”, agrega él, que no reniega de las demandas de sus fans aunque ahora apuesta más por un futuro como empresario gastronómico que como cocinero.–Christophe, ¿qué recordás de tu llegada al país?–Fue un recorrido de inmigrante clásico. Vine sin nada, solo con un trabajo en el bolsillo, y me fui haciendo mi lugar en un país del que realmente me enamoré. Me encantó la gente, su idiosincrasia, la generosidad, y en un momento dije: “Es el lugar para mí”. Y hace 37 años que lo pienso.–¿En algún momento quisiste volver a Francia?–Muy al principio. Cuando llevaba unos pocos años acá, no me veía crecer, estaba en una encrucijada. Me dije: “O me pongo las pilas o me voy de Argentina”. Eso fue en el 92 o 93, y en el 94 monté mi empresa de catering y arranqué. Trabajaba con lo que tenía al alcance. Mi cocina era la cocina de mi casa, ahí cocinaba para empresas del centro. Salía a las 7 de la mañana e iba al Microcentro en taxi, era un gran lujo para mí, pero tenía tantas cajas de comida que llevar que tenía que hacerlo. Volvía después a casa para empezar a producir. Así estaba 20 horas trabajando por día. Y eso funcionó hasta que llegó la Crisis del Tequila y me pegué el palo como todos. Ahí tuve que empezar de cero.–¿Cuándo comenzaste a ser una persona reconocida?–Antes de la televisión, cuando monté mi primer restaurante en Palermo, que se llamaba Christophe. Se hizo todo a pulmón. No tenía plata para poner una pared que separase la cocina del salón, por lo que la cocina estaba a la vista: fue la primera cocina a la vista. Algunos decían que era un pretencioso, un narcisista, pero yo les decía: “No, chicos, no tengo un mango para poner una pared”. ¡Ni el aire acondicionado funcionaba! Era un falso aire, que era como la caja del split; la campana estaba puesta, pero no tenía motor. Después, cuando tuve un poco de plata, compré un extractor, y más tarde un aire acondicionado. El restaurante funcionó muy bien hasta que llegó la crisis de 2001. Me costó, pero seguimos. Y ahí empecé a hacer televisión de cable y cambió todo, porque empecé a viajar. Pero mi restaurante se llamaba Christophe y el problema era que la gente decía: “No está tan rico cuando vos no estás”. En el 2009 decidí cerrar para dedicarme a otras cosas. Gracias a la fama que me había dado la televisión trabajé mucho en Colombia, en Paraguay, Bolivia, Chile.–¿Cómo fue el salto a la televisión abierta?–Me llamaron de Telefe para hacer Pesadilla en la cocina, pero después de hacer el piloto se pinchó el programa. Ahí me dicen: “Tenemos otro en marcha que se llamaba Masterchef”. Y empecé así como jurado. Me gustó mucho, me divertí y lo hice varios años. Hice otro tipo de programas, incluso salió Pesadilla, pero ese me costó muchísimo hacerlo, porque era muy duro enfrentarme a la dejadez humana.–¿A qué te referís?–A veces grababa el programa con participantes que tenían problemas serios de higiene, corporal y hacia el producto. Eso me afectó mucho, pero porque me lo tomé demasiado a pecho. Una vez a uno de los participantes lo agarré fuera de cámara y le dije: “Che, loco, ¿cómo es en tu casa? Porque tu camisa de la grasa que tiene pide irse caminando sola". No se lo pregunté mal, pero realmente me sorprendía. Me encontraba con situaciones personales dramáticas a veces, y eso puede no afectarte, pero a mí me afectó.–Hablando de cuidado personal, ¿cómo te afectó hacerte la cirugía bariátrica?–Cuando me operé cambió mi forma de ver la vida. Yo estaba en auge y era una estrella de los reality, pero no estaba con ganas de seguir con eso. Porque el Christophe del 2013 y el del 2020, cuando me volvieron a ofrecer Masterchef y dije que no, era otro. Ahora me importaba cuidarme. No me interesaba dar la imagen de lo que soy, que es un gruñón, pero que explotaron de forma un poco exagerada para hacer un personaje de televisión que no cuadraba conmigo. No lo necesito. No es que necesito la fama: necesitaba el trabajo para hacerme popular y que la gente veniera a comer a mi boliche. Y ya está. Pero el punto de quiebre fue la cirugía. Así fue como pude montar este local y también estar en pareja, sentar cabeza. La televisión es hermosa. Yo no puedo hablar mal porque me dio mucho, pero también es una máquina de picar carne. Me costó muchísimo dejarla, porque traía un montón de ventajas. Pero hay momentos en que hay que saber pegar el giro del timón. Y yo a partir de la cirugía lo que incorporé como prioridad fue cuidarme.–¿En qué sentido no te cuidabas?–Yo tenía una alegría, morfaba. Tenía una pena, me angustiaba y comía. No era un gran bebedor, pero sí comía mucho. Tuve la suerte de ser operado por un gran cirujano que se llama Ariel Ferraro. Al principio él no me quería operar, me decía que no estaba preparado. Pero yo hice todos los deberes y me operé entendiendo por qué me operaba, porque en esta mesa [señala una pequeña marca en la mesa que tiene delante] la operación es esta rayita y todo lo demás es tu vida. Si no cambiás la cabeza, no sirve para nada. A los 15 días de empezar el tratamiento de adelgazar antes de operarte (en mi caso tenía que bajar 15 kilos) estuve por hacer trampa. Y ahí me dije: “Che, sos un boludo, nadie te está obligando a que te operes, pensá lo que vas a hacer”. Ahí entendí que Ariel tenía razón, hasta ese momento no estaba listo. De ahí en adelante, empezó el proceso.–¿Hoy cómo estás?–Volví a bajar de peso porque había subido 10 kilos; ahora estoy volviendo a un peso normal. Me sigo cuidando y estoy más atento a mis negocios. En mi vida personal estoy aprendiendo a soltar un poco más, porque el tema de la voracidad es también con el trabajo. Yo trabajo de lunes a lunes y a veces de las siete de la mañana hasta las 12 de la noche. Tuve que frenar un poco para darle más tiempo a mi familia, a mi pareja.–¿Cómo nace Mon Poulet?–Hace diez años hubo un problema entre Francia e Inglaterra, donde salió a la luz que Francia le vendía carne de caballo en vez de carne vacuna, y hablando con un amigo sobre eso pensaba que la carne vacuna va a ser cada vez más un lujo porque no damos abasto con la producción mundial. Va a haber que buscar una proteína que la pueda suplantar, pensé, y es el pollo. Así que durante siete años le insistí a todos con la idea de mi rotisería de pollos. Hasta que un día con Sebastián Villaverde, que es mi socio actual, decidimos poner la plata los dos juntos. Y ahí nace Mon Poulet, que en francés no solo significa “mi pollo”, sino algo así como “mi pollito, mi querido”. Acá apostamos a un pollo chico, de 900 gramos.–¿Qué tiene de diferente?–La parte proteica es mucho más tierna y sabrosa que la de un pollo grande. Yo tenía un lema que quería poner que era “mi pollito no será feliz, pero es sabroso”, pero el proveedor de pollos me dijo: “Si ponés eso no te vendo el pollo”. Bueno, tuvimos éxito con un producto de buena calidad y con un precio que le conviene al cliente. Porque ahí hay otra cosa: en mi vida de televisión lo que logré fue popularidad y accesibilidad. Sin falsa modestia, soy muy accesible para la gente. Me interpelan y yo siempre estoy presente, pocas veces digo que no a una foto. Y para mí el producto tiene que ser igual, tiene que ser un reflejo de lo que soy yo.–¿Cómo sos como jefe?–Estoy aprendiendo a ser más empresario que cocinero. Te explico: tengo un jefe de cocina y un gerente, pero yo entro acá y veo todos los detalles (si el vidrio no está como quiero, si no me gusta la masa de una tarta). Antes, lo que hacía era señalarlos. Pero al hacerlo, les sacaba todo su espacio al jefe de cocina y al gerente. Entonces ahora estoy aprendiendo a ser un mejor empresario con mis jefes. Y aprendiendo a delegar, porque sino no puedo abrir dos, tres, cuatro o cinco lugares como está previsto. Ahora abrimos un local nuevo en Cerviño, frente a la embajada de los Estados Unidos, y ya estamos buscando el tercero. La idea no es franquiciarlos, porque creemos que es un súper producto que requiere mucho cuidado y además es rentable. ¡Prefiero cinco míos que 50 de los demás! Ese es un lema que me enseñó mi mamá: “Mejor uno pequeño tuyo que uno grande de los demás”.–¿Cuáles son los lemas que vos transmitís a quienes están a tu alrededor?–No sé si son lemas, son formas de ser. Atreverse, resistir, equivocarse y no estar mal porque uno se equivoca. El que no se equivoca es porque no hace nada. Pero volviendo a la pregunta, creo que son la perseverancia y el derecho a la imperfección para lograrlo.

Fuente: La Nación