Esperando a Godot: una notable versión de uno de los textos más importantes del teatro

Autor: Samuel Beckett. Dirección: Helena Pimenta. Intérpretes: Daniel Aráoz, Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, Pablo Seijo, Oliverio Beccaria Hermida y Gonzalo Nahuel Aguirre. Vestuario y escenografía: Vanesa Abramovich. Iluminación: David Seldes. Música: Nahuel Martínez y Miguel Álvarez. Coreografía: Damián Malvacio. Dirección de arte: José Tomé, Julieta Abriola. Sala: Teatro Alvear (Corrientes 1659). Funciones: miércoles a sábados, a las 20 y domingos, a las 19. Duración: 120 minutos. Nuestra opinión: Excelente.De todas las fotos que se le tomaron al Premio Nobel de Literatura Samuel Beckett, en la mayoría aparece de costado, con su rostro anguloso y arrugado y la mirada perdida a un horizonte inalcanzable. Además de la clásica imagen del escritor con su biblioteca de fondo, él fue retratado mucho en cafés, solo y anónimo, entre la multitud. “Su obra ha convertido la miseria de la humanidad en su exaltación”, dijeron desde la Academia Sueca cuando le entregaron la máxima distinción a la que puede llegar un artista, en 1969. Este hombre que significó un punto de inflexión para la historia del teatro odiaba dar entrevistas y, sobre todo, explicar su obra. Observar la melancolía que expresa en sus fotografías es una continuidad de su misterio. “¿Quién es Godot, Samuel? ¿Dios? ¿El capitalismo? ¿El comunismo? ¿La guerra?”, le preguntaban a cada momento cuando su obra más célebre lo lanzó, de manera súbita, a la fama: “Si lo supiera, lo habría dicho en la obra”, respondió él y clausuró el tema. Ahora, su pieza Esperando a Godot, uno de los textos más importantes del teatro universal, se estrenó en una nueva versión en el Teatro Alvear del Complejo Teatral de Buenos Aires. Su sinsentido es, en esta época, más fuerte que nunca. Dos vagabundos al costado de un camino, frente a un árbol seco hacen exactamente lo que dice el título del espectáculo: esperan a Godot, un supuesto salvador, que podrá mejorar la situación en la que se encuentran, pero que nunca llega. El argumento simple de los textos de Beckett es el punto de partida para instalar un procedimiento que no suelta la tensión del espectador, mientras se despliega un humor trágico y una plataforma filosófica que exhibe lo adelantado que estuvo este escritor a la posmodernidad. Mientras la desesperación de estos personajes va en aumento, el desconcierto respecto a dónde están, cuánto tiempo pasa, por qué no hay una relación entre lo que dicen y hacen y la llegada de unos personajes extraños, generan una historia inquietante y profunda. A Luis Ziembrowski y Daniel Aráoz les toca interpretar estos personajes canónicos que son Vladimir y Estragón, símbolos de lo que queda de un ser humano en desintegración. Después de Auschwitz e Hiroshima, el mundo se instaló en lo que el antropólogo Jean Duvignaud llamó “el grado cero de la humanidad”. Angustia, imposibilidad de construir sentido, horror y dolor, desconfianza en el hombre y en el lenguaje como herramienta de comunicación, son algunos de los códigos de lectura de esta obra y una herencia concreta de la Segunda Guerra Mundial. Toda esa carga simbólica es interpretada por estos artistas con una enorme sensibilidad. Vladimir (Ziembrowski) tiene un poco más de energía, elabora estrategias, piensa opciones de salida y cada decepción es interpretada por este actor como una caída más abajo, más honda y muy profunda. Estragón (Aráoz) representa la versión más torpe, ingenua y también muy conmovedora de un personaje que reconoce el miedo y la soledad. La escritura de Beckett contenía un tono cómico, heredero del clown y del aspecto tosco e inocente del payaso, que estos artistas interpretan a conciencia, atentos al ritmo, las miradas, los silencios y el peso filosófico de todo lo que sucede. Se suman al elenco Osvaldo Santoro y Pablo Seijo como Pozzo y Lucky, ambos personajes portadores de algunos de los textos más célebres del autor y representantes de un modelo de amo/esclavo fundamental para indagar en la explotación más cruel de la condición humana. Esta idea de opuestos también habilita situaciones de comedia física, aún en el desconcierto que implica la obra. La directora de esta puesta es la española Helena Pimenta, especialmente convocada para dirigir esta versión del San Martín. Su trabajo es de un profundo conocimiento por la condensación y los tiempos que requiere Beckett, con un minimalismo visual que incluye un poético trabajo con la luz, la indefinición del espacio e imágenes que remiten a cierta estética de arte callejero al estilo Banksy: una pared de ladrillos negros, una tonalidad gris y algunos detalles como unas medias rojas o verdes que generan una pregnancia visual poderosa. Entregarse a la profundidad de Esperando a Godot es aceptar la incoherencia y el devenir trágico de la condición humana, tan visible por estos tiempos. Tener conciencia de esto es como sentirse en carne viva, pero también implica la gracia de volver a sentir. Dijo Beckett en una de las pocas entrevistas que dio a la revista literaria The Paris Review en 1981: “La confusión no es una invención mía. Nos rodea por todas partes y la única posibilidad es dejarla entrar. Hay que abrir los ojos y ver el desorden. Habrá una nueva forma y será de una clase que admita el caos y no tratará de decir que es otra cosa”. 5 stars

Fuente: La Nación