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Aprender a caer del caballo, una asignatura pendiente en el polo: también se puede entrenar
El recuerdo más impactante de los últimos tiempos, por su espectacularidad y momentos de angustia, es de la final del Abierto de Palermo de polo de 2019, previo a la pandemia. Se jugaba el séptimo chukker entre La Dolfina y Ellerstina, un clásico de las últimas dos décadas. Iban 2m50s, con el score 13-9 favorable al equipo de Cañuelas, cuando salió un contraataque desde el arco del tablero de la cancha 1 de Palermo liderado por Juan Martín Nero. En trayecto medio en diagonal hacia el sector de tribunas, se le rompe uno de los estribos y llega medio desarmado al encuentro de Nicolás Pieres, back de La Z. Una de las manos de su yegua se enreda con las del ejemplar de Nero. La caída es inevitable. Golpazo. La yegua (Clon Cuartetera B04) que le pasa por encima. La gente se toma la cabeza en las plateas y en la tribuna Dorrego temiendo consecuencias graves. Nero se quedó inmóvil. Para muchos, semidormido por tres, cuatro segundos, que parecen eternos. El back afirma que no, que siempre estuvo consciente, y que se cubrió por si venían más caballos detrás. Después de un largo rato, quiso seguir jugando. Fue por sólo unos minutos hasta que se dio cuenta de que no podía. En rigor, había sufrido una fractura del peroné derecho. Un susto grande al punto de que esa noche el polista no pudo festejar con sus compañeros el título más importante del mundo de este deporte: lo pasó internado en observación.Las caídas en el polo no son un tema menor: han provocado muertes, lesiones irreversibles y otras con consecuencias menos graves, pero inhibitorias. Pueden ocurrir durante los partidos más importantes o en los encuentros más irrelevantes. También en una práctica. O en un simple fin de semana de taqueo para despuntar el vicio. Se sabe que las caídas a velocidad son las menos graves para la integridad física del jugador porque normalmente salen despedidos a distancia; pueden ocasiones fracturas en extremidades. Las peores son las caídas lentas, a baja velocidad, porque los jugadores no consiguen eyectarse a tiempo y sufren golpes secos, con efecto “latigazo”, sobre el piso. O son aplastados por los 500 kilos del caballo. Eduardo Amaya, fascinado desde chico por los caballos, se recibió de veterinario en la UBA, donde se dio cuenta de algo sustancial: le encantaba enseñar. En la cátedra de patología quirúrgica, un profesor le dijo algo que le quedó para toda la vida: “Cuando vos enseñes, sabé lo que enseñás al detalle, porque si te preguntan por qué, te quedan dos caminos: mentir, lo cual está mal, o decir ‘no sé, pero lo vamos a averiguar”. Y ahí es donde pensé: “Voy a saber el por qué de cada una de las cosas”.Vive en los Estados Unidos y enseña polo en el Brookshire Polo, en Houston. Allí enseña la técnica del juego. Apasionado por investigar, un día empezó a preguntarse sobre las caídas. Y así como advirtió que el polista de elite aprende intuitivamente y observando a los demás, pero sin saber en el fondo por qué hace lo que hace, también razonó: “El polista busca caerse, cuando le toca, de la manera menos comprometida posible. ¿Alguien se lo enseñó?”.// // //A continuación, Amaya brinda sus pensamientos sobre la materia, con descripciones, análisis e ideas sobre un tema esencial de la seguridad en el juego: las caídas.“Hay algo que todo polista sabe, aunque pocas veces se diga: desde el momento que montamos un caballo, existe la posibilidad de caernos. De hecho, es muy raro que alguien que juega al polo no haya experimentado alguna caída. Puede ocurrirle al principiante que todavía no domina el equilibrio, pero también al jugador experimentado y al profesional de más alto nivel. Puede ocurrir durante una jugada, en un giro, en una parada, en un cambio de dirección, por un tropiezo, por un caballo que corcovea, por alguna acción inesperada del juego o simplemente en una fracción de segundo en donde el binomio pierde organización. Y, sin embargo, hay una pregunta que pocas veces forma parte de la enseñanza....¿sabemos caer?“La respuesta probablemente sea que algunos jugadores, por experiencia, por aptitudes físicas o por haber sufrido varias caídas, desarrollan una cierta “habilidad” para hacerlo. Pero eso no significa que la caída sea enseñada. Debería serlo. No podemos enseñar a un jugador a no caerse nunca. Podemos, en cambio, enseñarle a reconocer una caída, tomar decisiones rápidamente y aumentar las posibilidades de protegerse. La caída no debería ser considerada solamente como un accidente: también puede ser considerada como una habilidad motriz de emergencia.Comienza antes de tocar el suelo“La caída no comienza cuando el cuerpo toca el piso: comienza mucho antes.“Entre el primer desequilibrio y el contacto con el suelo pueden transcurrir fracciones de segundo. No existe el tiempo para la explicación racional. No podemos pensar “ahora voy a flexionar las piernas, proteger la cabeza, sacar el brazo”. Cuando llega ese momento, la respuesta tiene que estar suficientemente aprendida como para que surja casi automáticamente. Por eso, enseñar a caer no consiste solamente en explicar cómo hacerlo, sino en crear una respuesta motriz disponible bajo presión e instantánea. “¿La caída se ve o se siente? Probablemente ambas cosas, pero muchas veces se siente antes que llegue a verse conscientemente. Cuando el caballo comienza a perder su organización el jugador recibe información a través de los estribos, la pelvis (el asiento), la presión de las piernas, las riendas, el movimiento del tronco del caballo, el aparato vestibular, la propiocepción y la kinestecia.La caída de Nero“El jugador experimentado puede percibir “esto ya no lo recupero” antes de poder describir racionalmente qué ocurrió. Este es uno de los momentos donde aparece nuestra latencia predictiva, es decir, la reacción que antecede a la evaluación cerebral. El jugador no necesariamente reacciona porque piensa más rápido: muchas veces reacciona porque reconoce antes el patrón de pérdida del equilibrio.“Existe un momento en el cual el jugador todavía puede intentar recuperar el caballo. Pero puede llegar otro instante en el que seguir intentándolo es más inseguro que abandonar el equino. Es lo que podemos denominar límite racional de recuperación. Tenemos, entonces, tres aspectos: percibir, corregir, recuperar. Superado este punto, se agrega proteger. “Recientemente, realizando un ejercicio al galope con una yegua, tropezó. Mi reacción fue inmediata. El primer impulso fue colectarla (ayudarla) con las riendas. Pero llegó rápidamente mi percepción de que ya no había posibilidad real de recuperar la situación. “En ese instante apareció una decisión: separarse. El salto no fue un acto de pánico, fue una decisión motriz. Y enseguida apareció otra: ¿cómo caer?“El cuerpo se organizó buscando una posición compacta evitando quedar “despatarrado” y tratando de recibir el contacto con el suelo, como un cuerpo flexible, capaz de absorber y distribuir la energía. La caída terminó sin consecuencias importantes y fue posible volver a montar. Esta experiencia permite observar algo que considero fundamental: la caída puede contener varias decisiones dentro de una fracción de segundo y cuanto menor sea la latencia (demora) entre la percepción y la respuesta, mayores serán las posibilidades de ejecutar una acción protectora.No todas las caídas son iguales“En el polo existen distintas formas de caer. El tropiezo: el caballo pierde momentáneamente la organización de sus apoyos. Puede ocurrir al paso, al trote, al galope o durante una acción deportiva.La parada brusca o imprevista: el caballo sujeta de golpe de manera violenta y el jugador continúa por inercia.La caída hacia adelante: el caballo pierde sustentación en los miembros anteriores y el jugador puede ser proyectado.La caída lateral: el caballo pierde su equilibrio hacia uno de los lados y el jugador acompaña o es expulsado lateralmente.El corcoveo: no necesariamente existe una caída del caballo. Puede existir una verdadera eyección del jugador.El giro o vuelco: la proyección del centro de gravedad del caballo sale de los límites de su sustentación y el binomio pierde progresivamente su estabilidad, son las clásicas “costaladas” parecen ocurrir en cámara lenta.Cuando se abalanza: el caballo se para sobre los posteriores, existe el peligro de “bolearse”, caer hacia atrás y que nos apriete. La forma de separarse es empujando con los brazos y desviarnos hacia un lado u otro.La caída provocada por otro caballo: son por un cruce peligroso, por raboneo, miembros anteriores que se tocan con posteriores del caballo que va por delante, por una pechada o tomada incorrecta. Estas situaciones suelen ser repentinas, sin tiempo de anticipación. “¿A mayor velocidad hay mayor riesgo? La velocidad por sí sola no determina la gravedad de una caída. Nos debe importar: la dirección del movimiento, la altura del caballo y su físico, nuestra posición corporal, la superficie del terreno, la trayectoria del caballo, la posibilidad de separación, la posibilidad de quedar debajo o delante del caballo.“Por eso, una caída lenta no debe ser considerada automáticamente segura. La paradoja de la baja velocidad nos da a entender que existe menos energía cinética, pero también puede existir menor separación espacial entre caballo y jugador.“En una caída rápida hacia adelante, el jugador puede ser proyectado lejos del caballo. En cambio, cuando el caballo tropieza a baja velocidad, el jugador puede caer prácticamente sobre la misma zona en la que cae el caballo.“Entonces, una caída de menor energía puede presentar un riesgo particular cuando no existe suficiente separación entre el jugador y el caballo. No debemos confundir la energía de la caída con el riesgo de quedar atrapado por el caballo. Cuando te caés, no debés intentar detener el cuerpo, ahí nos ponemos rígidos. Una caída bien gestionada busca absorber, distribuir, disipar. La palabra apropiada es elasticidad.La posición protectora“Conocida como posición fetal, contiene un principio válido que es compact
Fuente: La Nación Deportes