Los dilemas de la agronomía: Orgulloso de lucir una remera de Iron Maiden, el “Beto” Peralta se pregunta ¿por qué saber más no siempre alcanza para hacer las cosas mejor?

Todos lo conocen como “Beto” Peralta y es un personaje llamativo, que no siente vergüenza sino orgullo de aparecerse por el último congreso internacional de maíz luciendo una remera de Iron Maiden. Desacomoda de entrada la imagen del ingeniero agrónomo tradicional de camisa prolija y arremangada, dispuesto a explicar cómo controlar una plaga. Pese a ser considerado uno de los mejores especialistas en monitoreo de cultivos que tiene el país, Alberto definitivamente se salió de algunos estereotipos. “El problema mío es que no es que me salí. Nunca entré”, se ríe de si mismo.
El agrónomo cordobés tiene un trabajo que le encanta. Su tarea habitual consiste en caminar lotes de cvultivos, revisar planta por planta, y reunir información para ayudar a decidir qué hace frente a una eventualidad, sea una plaga o una enfermedad. Si aplicar, si no aplicar, si esperar. Detrás de cada una de esas posibilidades debería haber una observación y un diagnóstico.
“Revisar, caminar, revisar, informarte para tratar de ver qué problema puede venir y cómo lo vas manejando. Monitorear es para eso: juntar información”, explica a Bichos de Campo.
Capo en el monitoreo de plagas agrícolas, el “Beto” Peralta llama a “tomar conciencia” frente al avance de especies “tropicales” y a profundizar los controles para “evitar burradas”

Los lunes se reúne en la oficina con su equipo. Repasan lo que encontraron durante la semana anterior, anticipan qué podrían encontrar en la siguiente y organizan las recorridas por los cultivos de sus clientes. A ese intercambio lo llaman “calibrar el equipo”: acordar qué mirar y dónde poner la atención antes de que cada uno salga a las rutas.
“Después salimos todos al campo a recorrer y casi que no nos vemos la cara hasta el otro lunes”, cuenta. Durante esos días siguen conectados por WhatsApp, compartiendo novedades y consultas.
Trabajan para productores que en algunos casos tienen sus propios ingenieros y en otros no. El informe del monitoreo aporta información para las decisiones de manejo. Y producir esa información demanda muchas horas de camioneta y otras tantas a pie.
¿Qué piensa un agrónomo mientras va de un campo a otro, durante esas largas horas que pasa sobre la camioneta? Peralta dice que sus preguntas internas fueron cambiando con los años. Al principio lo desvelaban más los conocimientos técnicos. Ahora le preocupa saber qué sucede con ellos cuando llegan a las personas que deben utilizarlos.
“Cuando sos más joven pensás mucho en el conocimiento y la técnica. Cuando te ponés más viejo te ponés a pensar más en el cómo”, resume.
Mirá la entrevista:

En ese cambio tuvo mucha influencia una colega fitopatóloga, Margarita, que lo desafió a darle otra vuelta de tuerca a una exposición sobre manejo integrado de plagas. Terminó estudiando sociología para tratar de entender algo que los ciclos biológicos de los insectos y los hongos no podían explicarle.
“Empecé a tratar de entender más las pautas socioculturales que a la técnica en sí”, recuerda.
La cuestión podría resumirse con una provocación: Beto considera que a veces el agrónomo conoce más sobre la chicharrita que sobre el productor que la padece en su campo. Sabe cómo se comporta el insecto, pero no termina de comprender cómo decide la persona que tiene enfrente.
Entonces llega una recomendación técnicamente fundada, la del agrónomo que dice que hay que hacer frente a la plaga. Pero el resultado esperado luego no aparece. Y queda flotando la pregunta: ¿Por qué no funciona?

Por eso Peralta propone mirar cómo se transmite esa información, qué entiende el otro y qué posibilidades tiene de llevarla a la práctica.
“¿Cómo la transmito a esa información, cómo la hago llegar, cómo trato de verlo distinto para que se aplique? Eso es lo que más pensamos”, describe.
Para avanzar en este proceso interno hay que abandonar algunas frases cómodas. Decir que todos quieren hacer las cosas bien sirve de poco si después nadie revisa por qué salen mal.
“¿Quién quiere hacer las cosas mal? ¿Quién quiere ser malo? ¿Quién lo va a decir a bocajarro?”, pregunta. Y luego afirma que haciendo el ejercicio de tratar de internat comprender al otro, “empezás a ver los detalles, que cambian de persona a persona y de sector a sector”.

Los viajes profesionales lo ayudaron a advertir esas diferencias. Una misma recomendación agronómica no se recibe de igual manera en el norte de Córdoba, en el sur de esa provincia o en el sudeste bonaerense. Cambian los ambientes, pero también las historias, las costumbres y las relaciones entre quienes producen y quienes los asesoran.
Incluso cambia la formación de los agrónomos. Peralta distingue varias escuelas que conviven en el país: la cordobesa, la tucumana, la rosarina, la de la Universidad de Buenos Aires. Considera que esas trayectorias influyen tanto en la manera de trabajar como en la de comunicar. “Eso es algo fascinante y me hace pensar mucho todo el tiempo”, dice.
La chicharrita del maíz -que puso en jaque todo el conocimiento agronómico hace un par de campañas- le ofreció una oportunidad concreta para observarlo. Contó que viajó dos veces a Brasil con grupos de productores. Frente a una misma información, encontraba reacciones distintas de ellos, ya que tenían vivencias diferentes. Lo que a uno le parecía evidente, a otro le despertaba dudas o le sugería otra posibilidad. La información era compartida; su interpretación, no necesariamente.
Después aparecía un segundo desafío: volver a la Argentina y decidir qué parte de lo aprendido podía utilizarse acá. Porque una práctica puede funcionar en Brasil y requerir adaptaciones en otro sistema productivo.
Los dilemas de la agronomía: Fernando García pide “prender los faros largos” y que el cuidado del suelo salga de los congresos para llegar a ser aplicado efectivamente en los campos

Cuando mira a sus colegas, los agrónomos argentinos, el Beto encuentra una fortaleza que valora especialmente: las ganas de estar en el campo. Lo plantea desde su experiencia, como una característica que reconoce incluso entre profesionales con ocupaciones diferentes.
“Al agrónomo argentino le gusta ir al campo, le gusta recorrer, le gusta estar aprendiendo, la vivencia”, afirma. El que trabaja en el área comercial quiere visitar productores; el asesor recorre los cultivos; el que está en la facultad también busca acercarse a los lotes para enseñar o aprender.
Pero esa trama de intercambios tiene una dificultad. A la hora de coordinar una estrategia, todos tienen algo para aportar y ponerse de acuerdo puede llevar demasiado tiempo. “En políticas de manejo todo el mundo opina y es como que todas las opiniones valen uno”, señala. La consecuencia, según su mirada, es que a veces cuesta resolver algo de común acuerdo: Esa demora les resta capacidad de reacción.

El problema se vuelve especialmente interesante cuando la conversación entra en otro dilema de la profesión: cuánto pesa la búsqueda de más producción y qué lugar ocupa el cuidado ambiental.
Peralta nació en 1971 y estudió Agronomía en los años noventa. Reconoce en su generación una formación marcadamente productivista. Para ilustrar cuánto cambiaron algunas sensibilidades, recuerda una publicación de aquella época con una escena de manipulación de productos químicos que hoy, sostiene, difícilmente se mostraría de la misma manera.
“Los viejos fuimos formados muy productivistas. Hoy los jóvenes no. Ese recambio lo veo muy positivo”, afirma.
No cree que las nuevas generaciones hayan perdido interés por producir,. pero lo que encuentra es una preocupación mayor por cómo hacerlo. “No descuidan la producción. No son pavos, pero dicen: pensemos cómo producimos’”, detalla.
También lo observa entre padres e hijos productores. Aquellos a quienes conoció como “pichones” ya toman decisiones y, en algunos casos, están al frente de los establecimientos con otra mentalidad.
“Beto” Peralta, especialista en monitoreo y protección de cultivos, relata su pasión por el básquet, el fútbol y el gimnasio

Pero este cambio, advierte Peralta, no depende solamente de la voluntad individual. Como condicionantes están las condiciones del sistema y el margen que dejan los cultivos para concretar esas intenciones. Tener más conciencia no garantiza poder actuar como se quisiera.
Peralta, de todos modos, propone revisar una asociación que durante mucho tiempo pareció indiscutible: que ser más productivista equivale necesariamente a ser más eficiente.
“A veces se confundía productivismo con eficiencia”, sostiene. Y plantea que hay situaciones donde es posible conservar más y reducir el impacto sin perder resultados en la producción.
No lo presenta como una receta aplicable a todos los casos. Lo que le interesa es estudiar cada sistema y detectar dónde existen esas oportunidades. Y cuando existen, volver a su pregunta favorita: si sabemos que se puede hacer, ¿por qué no se hace?
“Ahí empieza la discusión hermosa”, celebra.

Fuente: Bichos de Campo