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La ola azul en América Latina: ¿giro a largo plazo o rebelión contra los oficialismos?
Una eventual victoria de Flavio Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil consolidaría lo que algunos -entre ellos, el presidente argentino, Javier Milei- llaman una ola azul de gobiernos de derecha en la región. El péndulo latinoamericano giró a partir, justamente, de la elección de Milei, a fines de 2023, y desde entonces se eligieron presidentes en otros países, entre ellos el chileno José Antonio Kast, el colombiano Abelardo De la Espriella y la peruana Keiko Fujimori.¿Será el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado y preso por intento de golpe de Estado, uno más del grupo? Y, aún más importante: ¿implicará la llamada ola azul un giro de mediano o largo plazo o, por el contrario, solamente un movimiento del péndulo latinoamericano, que carece de la fuerza necesaria para perdurar por largos años?La duda sobrevuela la región, mientras todos los jefes de Estado de derecha esperan ansiosos los resultados que darán las urnas brasileñas. Algunos de ellos, como Kast, sufrieron en tiempo récord un desgaste notable en sus índices de popularidad y aprobación, lo que genera dudas sobre la promocionada ola azul. Académicos como el estadounidense Steven Levitsky, profesor de Harvard, no creen en olas de colores.Para Levitsky, coautor del célebre libro Cómo mueren las democracias, lo que está ocurriendo en América Latina es una especie de rebelión contra los gobiernos de turno. La mayoría de los electores elige candidatos de derecha no porque sean de derecha, sino porque son la opción frente a quienes están en el poder. La politóloga chilena Marta Lagos lo dice en pocas palabras: “hoy el voto no es ideológico, es pragmático”.Las personas votan porque quienes están en el poder no entregan lo que prometieron, sobre todo en materia de economía y seguridad. El salvadoreño Nayib Bukele está ahí para mostrar que esta teoría es comprobable. Un presidente que, para muchos, ya coquetea con el autoritarismo y que tiene alrededor de 80% de aprobación. ¿Cómo lo logró, mientras Kast y Milei pierden seguidores? Reduciendo los índices de inseguridad en su país. No parece importar si Bukele, como afirman sus opositores, viola los derechos humanos para lograr el objetivo trazado por su gobierno. Los salvadoreños que lo apoyan están contentos, en el país donde la democracia tiene su nivel más bajo de apoyo en la región, con solo 28%.Según Levitsky, la alta conectividad de las sociedades también acentúa la crisis de los gobiernos de turno. Las poblaciones más conectadas, asegura el profesor de Harvard, tienden a desconfiar más de sus gobiernos, de las élites políticas y de los políticos en general. En esas sociedades hay más enojo, y ese enojo muchas veces influye en el voto.Los resultados de la encuesta Latinobarómetro de 2026, elaborada por el equipo de Lagos en Chile, traen respuestas sobre la ola azul y su verdadera fuerza. “En la última década, se observa un claro retroceso iliberal y populista impulsado por el fracaso de las élites tradicionales, tanto de izquierda como de derecha, para resolver demandas básicas de la ciudadanía. Factores como la debilidad del Estado de derecho y la preeminencia de la fuerza sobre la ley facilitan el ascenso de liderazgos disruptivos. A pesar de que cerca de 150 millones de latinoamericanos aún viven en condiciones de pobreza, el informe destaca que los ciudadanos no han abandonado su demanda fundamental de democracia y libertades, confirmando que el problema central reside en la crisis de los liderazgos políticos actuales”, dice la encuesta.Los liderazgos latinoamericanos, sean de izquierda o de derecha, se deterioran rápidamente. Cuando la región vivió la ola rosa de gobiernos de izquierda, los liderazgos no se desgastaban tan rápidamente -el chavismo y el kirchnerismo lo mostraron-. Adiós luna de mielPero las cosas, según el trabajo de Lagos, cambiaron. Después de la pandemia, la ansiedad y la tolerancia de los electores cambiaron. Un presidente electo puede perder, como le sucedió a Kast después de anunciar el aumento de los combustibles, diez puntos de popularidad en solo un mes. Y no cualquier mes: su primer mes de gobierno. Chau luna de miel.El mismo desgaste empieza a sufrir Keiko Fujimori, quien, según LatAm Pulse, en octubre observó cómo su aprobación cayó de 42,8% a 28,3%. Paralelamente, su desaprobación escaló hasta el 53,6%. ¿Qué pasó? Según analistas peruanos, pesimismo económico, falta de resultados en materia de seguridad y tensiones en el Congreso. Se instaló una sensación de parálisis en la agenda del gobierno de Keiko, y la población ya se muestra poco tolerante a la frustración.En el Brasil de Lula y Bolsonaro, como en los demás países de la región, los partidos políticos juegan un papel secundario. Los electores ya no votan, en su gran mayoría, por fidelidad partidaria. Si Flavio Bolsonaro venciera la elección, no sería por pertenecer al Partido Liberal (PL), sino por ser el candidato anti-Lula. En todos los países donde viene ganando la derecha existe un denominador común, dice Latinobarómetro: “Sus pueblos están hartos de más de lo mismo y eligen, por tanto, en campañas llenas de noticias falsas, propaganda populista, influencia de las redes sociales e influencia de Estados Unidos en lo que pueda, a un presidente que, al menos en ‘promesas’, tiene ‘más’ posibilidades de cumplir las demandas… Es más bien una batalla de credibilidad, en la que los partidos juegan un papel secundario y las ‘personas’ de los candidatos ponen en juego la credibilidad del sistema político”.En Brasil, la campaña careció de debate programático. Semana tras semana, los candidatos intercambiaron ataques, denuncias judiciales por supuesto contenido falso y demostraciones de apoyo en las calles. No se discutió qué pretenden hacer Lula y Flavio Bolsonaro si ganan la elección, lo que es aún más grave en el caso del hijo de Jair Bolsonaro, porque nunca ocupó ningún cargo ejecutivo. Pero el desgaste de Lula después de tres mandatos fue el principal factor que llevó a Flavio Bolsonaro a ser el candidato más votado en la primera vuelta. Es un voto pragmático, como explica Marta Lagos, y no ideológico. Por supuesto que los Bolsonaro tienen su base ideológica fiel, pero con esa base no ganarían una elección. Si la ganan, será por ser la opción frente a Lula. Y lo mismo vale para el presidente de Brasil. Ser el único que puede derrotar a un Bolsonaro es lo que le permite decir que, sin él, no habrá democracia en Brasil y estará en juego la soberanía del país.El PT se hizo más importante en la recta final de la elección, después del susto de la primera vuelta. Pero la gran figura de esta etapa, que despertó la esperanza de una recuperación inédita en la historia de Brasil, no es el PT como partido, sino una figura individual: el diputado André Janones, del partido Rede, que creó un grupo de WhatsApp llamado “La Tropa de Lula”, que superó los ocho millones de integrantes, o “soldados”. Todos los días, Janones orienta a su tropa sobre cómo viralizar contenidos a favor de Lula. El impacto de esta performance jamás vista en la política brasileña está por verse. Es algo que deberá ser estudiado.Pero está claro que el voto por Lula que logra Janones no es por ideología, sino por odio y miedo a Bolsonaro. Como dice el informe de Latinobarómetro, “esta falta de arraigo ideológico provoca que los votantes cambien constantemente su intención de voto, generando una severa crisis de representación parlamentaria en la que el 76% de los latinoamericanos declara no sentirse representado por su congreso o asamblea”.La ola azul de los gobiernos de derecha no está sustentada en estructuras sólidas, sino en una persona que promete hacer las cosas mejor que quien está en el poder. Si Flavio Bolsonaro es electo presidente de Brasil, tendrá poco tiempo para mostrar que puede entregar más que Lula. Si, por el contrario, gana Lula, tendrá que mostrar que puede hacer las cosas mejor de lo que hizo en su tercer mandato, observado de cerca por un Congreso donde la derecha será mayoría y maneja muy bien las herramientas de la nueva comunicación política.Si Bolsonaro fuera derrotado, el cuarto gobierno de Lula sería mucho más complicado que el tercero, porque el bolsonarismo estará mucho más fuerte y listo para pelear.
Fuente: La Nación