Patricio Hernández, una mirada profunda del fútbol: se educó con Bilardo y Menotti y fue el catequista de Maradona

Patricio Hernández. Excelso mediocampista. Talento de exportación. Gambeteador de las antinomias. Tan certero al poner en palabras sus conceptos, como cuando dentro de la cancha habilitaba a un compañero. Orgulloso de San Nicolás, donde se crió rodeado de amor, fe y fútbol, esa pasión que es una religión en todo el planeta. Hasta catequista del mismísimo Diego Armando Maradona. Sí, del Dios del fútbol, al que le explicó sobre la Biblia y a quien llevó a misa en el Mundial 82, en el que fueron compañeros de habitación y lo hizo tomar la comunión por primera vez. “Diego era un nene que amaba la pelota”, lo describe con una sonrisa, emoción a flor de piel y anécdotas estupendas en el mano a mano que le brinda a LA NACION.Como su querido Diego, Patricio también giró por el mundo con el impulso de la pelota y ahora, a los 70 años, mantiene ese amor por el fútbol. El documento, apenas un número. Su vida, historia y aprendizajes, un pasaporte repleto de sellos que lo marcaron: Carlos Bilardo, César Menotti y Osvaldo Zubeldía, entre otros, forjaron a esta figura que ahora les enseña a los más chicos en las divisiones juveniles de Racing, en las que se desempeña en el área de metodología para desarrollar la técnica de los pibes.El botín, su pincel en la cancha. Afuera, no sólo un director técnico docente: también escritor. En su libro Mi fútbol y yo, juntó a Bilardo y Menotti, autores del prólogo y el epílogo respectivamente. Es hombre de redes sociales: comparte en Instagram opiniones y vivencias futboleras. Inteligencia natural. Sin contenidos artificiales ni respuestas de protocolo; de la reivindicación a la Scaloneta, al crudo análisis del fútbol de cada domingo. Admiración por Messi y un consejo para Di María. Apasionado por aprender, agradecido al deporte y con un propósito que hace mucho disfruta y es una herencia familiar: enseñar. Definirlo, igualmente, es limitarlo. Escucharlo (leerlo), un placer.—¿Cómo te sentís en este nuevo rol con los juveniles de Racing?—Es maravilloso. Que una institución del calibre de Racing me venga a ofrecer que dé mi experiencia a los chicos, me parece una cosa maravillosa y lo agradezco. Siempre digo que mientras esté la pelota y una cancha, y ni hablar si hay jugadores, en este caso niños, me parece una tarea apasionante. Así como hay cervezas alemanas, como el campo argentino tiene las mejores carnes con Australia, Avellaneda es un centro neurálgico. Y yo conozco todo el mundo del fútbol -hablo de Europa y del resto de América-, y Avellaneda es uno de los polos más extraordinarios en cuanto a talento de futbolistas. Estoy en una zona donde el fútbol es una pasión, una vocación, y donde hay tantísimos jugadores de fútbol. Por lo tanto, estoy feliz. —Venís de una familia donde impera la docencia. ¿Representa un compromiso extra la tarea con los chicos?—Como jugador y como entrenador, siempre me preocupé mucho de ser un buen ejemplo, porque a mí me los transmitieron en la familia y también en el fútbol. Me crie en Estudiantes de La Plata, que tiene un fuerte arraigo en la educación deportiva, y yo creo que transmitir eso es una misión que en esta etapa de la vida me queda sencillo, simple. El secreto de la pedagogía es el amor. Por lo tanto, el jugador, el niño, siempre está atento a descubrir nuevos horizontes, sobre todo porque ellos tienen aptitudes para jugar al fútbol. No es ni más difícil ni más fácil que en el pasado, es simplemente tocar la tecla justa: quererlos, mimarlos, ir educándolos en el día a día.-¿Sentís que en estos tiempos de inmediatez es difícil desarrollar la paciencia en todos los niveles?—La paciencia la tenés o no la tenés. Me guío mucho por el sistema preventivo, el de los curas salesianos con Don Bosco, que trata de la amabilidad y la gentileza; tratar bien a los chicos y ser amorosos con ellos. Creo que ese es el camino. Lo que necesitan los niños es una persona que haya jugado al fútbol y que recuerde siempre que alguna vez fue niño y solamente con la pelota se hace el resto. En todas las épocas hubo grandes maestros y ahora, también. Y siempre se compitió para ganar, pero reitero cosas que decían maestros como Zubeldía y Bilardo: muchos jugadores necesitan un tiempo de adaptación y crecimiento. Y si de un entorno hay apuro, trato de poner un freno inteligente.—De Zubeldía has dicho que “sentarse y escucharlo era aprender todo el tiempo”. ¿La comunicación se ve afectada con la tecnología y el clima de época?—No, aunque por supuesto que cuanto menos desarrollo biológico tengan, menos educación tengan... Hay que ser muy paciente y tratar de ser muy inteligente para llegarles de todas formas.-Cuando eras juvenil tuviste choques con Bilardo durante una gira con Estudiantes y reclamaste que cobraran igual que los grandes.—Bueno, la adolescencia de uno también fue difícil. Ellos supieron comprender, en ningún caso yo tenía la razón. Incluso hasta después, de más grande, por la época que se vivía en el fútbol, cuando nosotros hacíamos giras, no nos pagaban en la gira. Nos pagaban en las 48 horas después de que regresábamos para que ahorráramos la plata. O sea que de muchas maneras te enseñaban cosas de la vida, la inversión, y eran gente moralmente muy sana.—El ambiente del fútbol en general, con tanto bombardeo publicitario y mostrando cosas más frívolas, ¿descompone un poco el sentido de lo que es el fútbol en su esencia?—Después de una carrera de 18 años de futbolista, de muchos años de entrenador, estaba un poco descreído de algunas cosas que había soñado toda la vida. Pero la selección argentina, ya de hace mucho tiempo, me viene atrayendo la atención para decir que lo más hermoso que hay en la vida es el fútbol. La selección argentina, que son megamillonarios los chicos, son humildes como nunca -o como pocas veces yo había visto- dentro de planteles de fútbol. Por lo tanto, tenemos una realidad que es la selección argentina, que es un ejemplo de hombría de bien, de gente moralmente sana y por otro lado tenemos un fútbol doméstico que no va a la altura de nuestro seleccionado. —Quedémonos en ese contrapunto. ¿Qué te genera pasar de ver a esta selección al torneo de 30 equipos o situaciones que se dan en los partidos?—Es muy marcado, muy. Prefiero quedarme con esa sensación de que debemos imitar a los técnicos de la selección argentina, su humildad, su sencillez para no aparecer en donde no tienen que aparecer. También me quedo con la sencillez de los jugadores de seguir al líder deportivo que tienen. Por lo tanto, yo creo que a nivel dirigentes, a nivel entrenadores, a nivel jugadores, tenemos que seguir este camino que marcaron a fuego Scaloni y Messi y todos los que integran el equipo: han dado una muestra de que en conjunto podemos hacer cosas hermosas. —Vos personificás un salto a grietas como menottismo y bilardismo. ¿Scaloni viene a ser una síntesis de uno y de otro? —Scaloni es una síntesis del fútbol argentino. No podría enmarcarlo. Para mí, el menottismo se terminó con Menotti; el bilardismo, con Bilardo; el peronismo se terminó sin Perón. Creo que Scaloni rescató las virtudes y, a través de los defectos que él seguramente vio a lo largo de la historia o de su historia en el fútbol, formó en un producto 101% made in Argentina.—¿Esta selección es la famosa “nuestra” del fútbol argentino?—Tampoco existe la nuestra. ¿Qué es? A nosotros nos enseñaron a jugar los ingleses, pero nuestros padres y abuelos son italianos o españoles. Hay una conjunción de razas, eso que era el Río de la Plata, con tantos inmigrantes y un montón de muchas cosas. Tenemos el temperamento del Tolo Gallego, de Pachamé y de Coco Rulli; al inglés Babington con su zurda; la estirpe goleadora de Artime, Diego, Sívori, Di Stéfano o Lionel, como parte de nuestra cultura. A Roberto Perfumo y Coco Basile, como estandartes de la defensa, al Cuti Romero que sigue los pasos de ellos. Tenemos una conjunción de cosas que hace que el fútbol argentino se nutra de todos y sea mejor.-Hablando de nombres representativos, ¿en qué lugar de la mesa de las grandes leyendas del fútbol se ubica Messi?—Yo digo que Pelé fue el primer rey del fútbol, porque lo hizo popular en el mundo. Y a la altura, en su momento, podemos poner a Di Stéfano. Los digo yo por orden de aparición en Argentina: Di Stéfano, Sívori, Maradona, Messi. No soy de generar las típicas antinomias. Para mí los cuatro se sientan en el banquete de los reyes.-¿Cómo fue pasar por la selección del 82 y coincidir con Maradona? ¿Podríamos denominarte como el “catequista” de Diego­?—Sí, sí. Fue un privilegio integrar ese plantel. Compartir con Diego, con Kempes, Passarella, el Tolo Gallego, el Pato (Fillol), entre otros. Diego veía que yo leía determinados libros a la noche en la pieza, uno era la Biblia. Había ido un cura con nosotros, Diego me preguntó por qué iba a la misa que daban ahí mismo en el hotel, entonces le dije si me quería acompañar. Y fue, se entretuvo, le gustó, y entonces me dijo que no había tomado la primera comunión. Así que hablamos con el sacerdote. Tuvimos una charla entre mate, alfajorcitos y más mate, y en ese Mundial de España él terminó tomando la primera comunión. Le había contado también a mi hermano, que era sacerdote, y me dijo: “Bueno, hablale de lo que vos fuiste aprendiendo, de lo que vos viste en tu casa”. Hasta recuerdo algunas palabras que le decía: que compartir al Señor era como compartir el pan entre compañeros, compartir el bidón de agua, compartir la generosidad que tenemos en momentos que con los amigos compartimos todo.—A casi seis años de la muerte de Diego, ¿cómo transitás su ausencia? ¿Seguís las instancias del juicio?—Bueno, yo tenía sentimientos encontrados al momento de su muerte y después. Cuando estábamos juntos en la habitación, compartíamos. Él no tenía hijos todavía, entonces a mi hijo, que era recién nacido, le cambiábamos el pañal en la concentración, compartíamos eso, y me quedó que él me comentaba sobre qué hacer cuando él tuviera hijo. Era una persona amorosa en ese sentido, me co

Fuente: La Nación Deportes