Alejandro Schujman: “Entendimos todo mal sobre la crianza respetuosa”

En la Argentina, el 95% de los chicos de entre 9 y 17 años tiene un celular con acceso a Internet y comienza a utilizarlo, en promedio, a los 9,6 años. Además, uno de cada cuatro adolescentes de entre 12 y 17 años ya apostó dinero online alguna vez, según un estudio de UNICEF y UNESCO de 2025. Las cifras reflejan algunos de los desafíos que enfrentan las familias en una época atravesada por la hiperconectividad.Sobre este contexto, con casi cuatro décadas de experiencia como psicólogo especializado en adolescencia y orientación a padres, Alejandro Schujman advierte sobre lo que define como una “tragedia colectiva”: la soledad de los chicos y el corrimiento de los adultos de su rol de cuidado.Además, habló sobre los límites, la crianza respetuosa, la exposición temprana a contenidos sexuales, las apuestas online y la dificultad para tolerar la frustración. También explicó por qué considera que los padres deben recuperar su autoridad sin recurrir a la violencia y compartió algunas de las historias más conmovedoras que recoge en su espectáculo Adolescencia, un desafío posible. Su propuesta parte de una consigna: “Pantallas apagadas, miradas encendidas”.-Te escuché decir muchas veces que, con la llegada de las pantallas, los adultos nos fuimos corriendo de nuestro lugar. ¿Cómo sucedió eso?-Fue el peor cambio. Si lo pensamos en términos futbolísticos, es como si un arquero abandonara el arco y el otro equipo pusiera dos delanteros. Se desbalancea todo.Alrededor de 2010, con la expansión de los smartphones, comenzó a profundizarse un proceso que Jonathan Haidt explica muy bien en su libro La generación ansiosa, que debería ser de lectura obligatoria para los padres.Venimos de una crianza autoritaria, donde la chancleta y la mirada severa eran recursos pedagógicos. Mi padre me miraba y se me erizaban los pelos. Pasamos del miedo a los padres al miedo a los hijos, algo sobre lo que Jaime Barylko ya escribía en 2005.En el camino, muchos adultos interpretaron equivocadamente la crianza respetuosa y empezaron a naturalizar situaciones que ponen a los chicos en riesgo. La misión fundamental de un adulto es cuidar, proteger y ser un lugar seguro. Y no lo estamos haciendo.A eso se sumaron las pantallas, diseñadas para captar nuestra atención y que tienen un impacto todavía mayor en chicos y adolescentes, cuyo cerebro continúa desarrollándose.El año que viene cumplo cuarenta años de profesión. Hace poco me preguntaron cómo estamos respecto de cuando empecé y respondí: “cuarenta años peor”.-Tu consigna es “Pantallas apagadas, miradas encendidas”. ¿Cómo hacemos para recuperar esas miradas en casa?-Primero tenemos que apagar nuestras propias pantallas. Hace cuatro o cinco años, mi hijo Santi me escondió el celular. Yo había vuelto de una gira y no lo encontraba por ningún lado. Después de cenar, me lo devolvió y me dijo: “Tomá, para que bajes un poco”. No lo cuento con orgullo, pero me hizo pensar.Tenemos que escuchar a nuestros hijos también con los ojos. La presencia plena es una condición imprescindible, aunque no suficiente, para que el vínculo funcione.Siempre digo que los adolescentes son chihuahuas disfrazados de rottweilers. Parecen fuertes, pero necesitan que estemos cerca.Hay que salir a caminar con ellos, compartir tiempo y tratar de que los retos no ocupen todas las comidas familiares.Muchas veces llegamos cansados, estresados, enojados porque no ordenaron el cuarto o no hicieron la tarea. Y la cena termina siendo un momento de reproches.En una charla, un chico de quince años me dijo que ser adulto era “tomar mate amargo con cara de amargado”. Si les mostramos que el mundo adulto es eso, es lógico que quieran quedarse atrincherados en la adolescencia. Necesitamos recuperar el tiempo de jugar, de disfrutar y de encontrarnos.-Decís que las problemáticas de los adolescentes no cambiaron tanto, pero señalás una tragedia colectiva de esta época: la soledad. ¿Qué estás viendo en los chicos?-Vengo de dar una charla en un colegio, con estudiantes de primero a sexto año. Hay un momento en el que les digo que tengo un superpoder: puedo mirarlos a los ojos y saber cómo están.Por supuesto que no tengo ningún superpoder. Se llama empatía. Tengo 61 años y llevo casi cuatro décadas escuchando adolescentes. Sus miradas dicen muchísimo.Y lo que encuentro es una enorme soledad respecto de los adultos, que muchas veces observamos lo que les pasa como si estuviéramos mirando una serie de Netflix.Hoy unos estudiantes me contaban que se van de viaje de egresados a Punta Cana con sus padres. Después, un profesor me decía que la idea era salir todos juntos a disfrutar de la noche.A los padres se nos cayó una letra: la D. Nos transformamos en pares. Y eso a los chicos les genera muchísimo rechazo. No necesitan que seamos sus amigos. Necesitan adultos que los cuiden.Los adolescentes siguen necesitando lo mismo que necesitábamos nosotros, pero hoy los dejamos solos frente a conflictos que no pueden gestionar y que implican riesgos físicos y emocionales.-Hablás de una sobreprotección en el mundo físico y un desamparo en el digital. Ahí aparecen las apuestas, las inversiones milagrosas y los influencers que prometen hacerse millonarios. ¿Cómo hablamos de esos temas sin que se convierta en una batalla?-En mis charlas siempre hago una pregunta: ¿cuántos adultos mayores de treinta años saben qué es OmeTV? Casi nadie levanta la mano. Pero los chicos sí saben.Es una plataforma de videollamadas aleatorias que conecta a personas de distintas partes del mundo. Entrás y se enciende la cámara. Los chicos pueden encontrarse con exhibicionistas, adultos desconocidos y contenidos que de ninguna manera deberían ver a los diez, once o doce años.Mientras tanto, los padres están tranquilos porque sus hijos están en su habitación. Las plataformas cambian, aparecen otras nuevas, pero el problema sigue siendo el mismo.Por eso digo que el verdadero filtro parental es el vínculo con nosotros. Los chicos pueden encontrar la manera de sortear cualquier control tecnológico.No son nativos digitales: son nativos vinculares. Necesitan relacionarse con otros, y nosotros les dimos las pantallas para poder ocuparnos de nuestras cosas. Ahora no sabemos cómo sacárselas.La tragedia colectiva es esa combinación entre la soledad de los chicos y la pérdida del sentido común de los adultos.-Siempre señalás que, si los chicos encuentran un adulto disponible, hablan. ¿Qué significa estar disponible? ¿Cómo generamos esos espacios de conversación en medio de las obligaciones cotidianas?-Hay que construirlos. Y te cuento algo que descubrí haciendo teatro.Empecé con ¿Sufriste por amor alguna vez?, un proyecto en el que trabajé con Paula Ambrosio y otras personas. Después hice Primero yo, después te quiero, dirigido por Pablo Fábregas, que hablaba sobre el amor propio.Empezaron a venir muchos adolescentes y pensé en hacer un espectáculo especialmente para ellos. Así nació Adolescencia, un desafío posible, junto con mi directora, Eugenia Tobal.La primera función fue en Paseo La Plaza y estaba pensada para durar una hora y veinte minutos. Pero los chicos no paraban de levantar la mano para participar. Terminamos haciendo dos horas. Mi productora estaba desesperada por el tiempo, pero los adolescentes seguían queriendo hablar.Ahí los chicos encontraron un adulto dispuesto a escucharlos, incluso delante de sus familias. Se terminó armando una especie de gran grupo de terapia familiar. La clave es escuchar sin juzgar. Pero eso no significa dejar de poner límites.-¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?-Porque asociamos el límite con la prohibición o el castigo, cuando en realidad es una forma de cuidado.Si un médico me receta un antibiótico, no me está castigando, me está cuidando. Cuando le decimos a un nene de dos años que no meta los dedos en un enchufe, tampoco lo estamos castigando.Pero después, cuando tiene quince años y quiere ir a una previa donde va a haber sustancias que no puede gestionar, muchas veces lo dejamos ir para que experimente. Lo cuidamos de los enchufes, pero lo dejamos solo frente a situaciones mucho más complejas.Los adultos tenemos que recuperar nuestro lugar y aprender a hablar con nuestros hijos sin recurrir permanentemente al sermón. Decirles cien veces que tomar alcohol les hace mal no sirve. Los chicos ya lo saben. Nuestra tarea es establecer límites y sostenerlos.Siempre digo que el trabajo de los padres es poner límites y el de los hijos es intentar romperlos. Una vez, una adolescente me dijo en un colegio: “El problema es que nos están dejando los límites demasiado fáciles de romper”. Y tenía razón.¿Cómo podemos sostener esos límites y, al mismo tiempo, generar espacios de confianza para conversar? Mostrándonos disponibles, vulnerables y emocionalmente coherentes.Cuando tenemos hijos, arrancamos con todos los puntos, como en el sistema de scoring del registro de conducir. Pero después empezamos a perder autoridad y confianza.Amenazamos con cosas que no cumplimos. Le decimos a nuestro hijo que va a estar seis meses sin celular, pero a los pocos días nos da pena y se lo devolvemos. O les enseñamos que no hay que mentir, pero cuando llama una tía les pedimos que digan que no estamos. También hablamos del buen amor mientras nuestros hijos nos ven sostener relaciones de pareja espantosas.Una vez, después de una función en La Plata, se me acercó una chica muy joven. Me llamó la atención que hubiera ido sola y le pregunté por qué estaba ahí.Me respondió: “Vine para que me ayudes a creer que el buen amor es posible. Vivo con mis padres, que no se separan por nosotros, y en mi casa hay mucha tristeza. Quiero creer que existe algo mejor”.Ser padre o madre es un trabajo enorme. Siempre digo que tener hijos es un acto de inconsciencia. Práctico es comprarse un lavavajillas. Pero es una experiencia maravillosa.-Hay una paradoja que señalás mucho: las pantallas nos acercan a quienes están lejos, pero nos alejan de quienes tenemos cerca. ¿Dónde lo ves con más claridad?-En

Fuente: La Nación