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La Mata-Hari francesa: vivió dos años en la Argentina, espió para los británicos y quiso ser la primera europea en La Meca
Marga d’Andurain se autoproclamó condesa para codearse con la alta sociedad en El Cairo; compró un hotel en Siria y se casó con un musulmán para entrar a “la ciudad prohibida”
“¿Por qué el espíritu ancestral de los vascos, surcadores de mares y continentes, después de tantos siglos sin dejarse notar en las personas de mi sangre, tuvo que reaparecer en una niña destinada a la vida tranquila y monótona de provincias? Esa era la vida que me esperaba, y que abandoné”.El recuerdo lo narraba la condesa Marga d’Andurain en 1947. Tuvo varios apodos: la Mata Hari del desierto, la amante de Lawrence de Arabia, la condesa de los veinte crímenes. Ninguno alcanzaba a resumir su esencia, sus aventuras.Nacida en la alta burguesía del País Vasco francés a fines del siglo XIX, desde chica mostró un carácter fuerte que chocaba con las costumbres de la época. Aventurera e indómita, alteraba la tranquilidad familiar. “Pronto ya no pude controlar mi indisciplina; la docilidad que, a pesar de todo, seguía mostrando, se fue convirtiendo en una violenta insubordinación. Se hizo necesario buscar una solución adecuada a este anarquismo infantil. Mi familia decidió internarme en un convento: tenía nueve años cumplidos”, escribió.No iba a ser fácil encaminarla ni lograr que cumpliera el rol asignado por nacimiento. Pero lo intentarían.Vade retro SatanaMarga empezó a escaparse de su casa desde muy chica. Con el tiempo se volvió cada vez más incontrolable y su familia, desesperada, no sabía cómo contenerla. Una joven de su clase debía comportarse, respetar las reglas, callarse y estudiar.Como contó ella misma, la internaron en conventos. En varios. Creían en el poder disciplinador de las monjas, aunque ni siquiera ellas conseguían hacerla cambiar. La expulsaban de una institución tras otra. “Desobediencia, violación de las reglas, inducción a la revolución y mala conducta” eran las razones que aducían, según relata la periodista y escritora española Cristina Morató, en cada ocasión.La madre no sabía cómo justificar la conducta de su hija y encontró una sola explicación al desafío constante que ejercía hacia las religiosas y Dios: el Diablo se había apoderado de ella. Así que agendó un exorcismo. “Se cuenta que cuando Marga oyó decir al sacerdote el famoso Vade retro Satana, se echó a reír ante la mirada horrorizada de su madre”, detalla Morató.A medida que crecía, entendía que la única forma de independizarse era casarse con un hombre importante, con título y dinero. El matrimonio sería una vía de escape. Adolescente todavía, decidió participar de una sesión de espiritismo para conocer el nombre de su futuro marido.Los espíritus le dieron una respuesta: PIERREDA. Casualidad o invención, lo cierto es que a los 16 años conoció en la playa a un primo lejano, Pierre d’Andurain. Las iniciales coincidían. “Me gustó de inmediato y le invité al campo para que asistiera a una representación de una comedia que íbamos a interpretar un grupo de amigos; desde ese momento visitaba con frecuencia nuestra casa. La decisión de casarnos fue sólo nuestra”.La familia de Pierre, sin embargo, no tenía tierras, fortunas ni títulos nobiliarios. Él tampoco tenía profesión, aunque sí un sueño: criar caballos y vivir en un campo. Creía que la fortuna de la familia de Marga lo ayudaría a concretarlo. Se equivocaba.Entre gauchos, mate y guitarraLa luna de miel duró un año. La pasaron en Argelia, donde nació su primer hijo, Pío. Gastaron todos sus ahorros y, cuando regresaron a Francia, estaban completamente perdidos. Entonces apareció una idea que sonaba prometedora: probar suerte en América del Sur, donde los vascos habían fundado ciudades como Montevideo y Buenos Aires.La Argentina era, a comienzos del siglo XX, uno de los destinos elegidos por miles de migrantes que perseguían el sueño americano. Marga estaba fascinada con la idea. Pierre imaginaba que en la pampa podría dedicarse a la cría de caballos. Él viajó primero para instalarse. En el invierno de 1912, ella llegó al país junto a su hijo y una dama de compañía.La decepción fue inmediata.El barco pasó primero por Buenos Aires. Desde lejos veía una ciudad imponente y cosmopolita, pero continuó viaje: Pierre se había instalado en Santa Fe. Para llegar hasta él tuvo que recorrer 300 kilómetros de caminos polvorientos. Preguntaba a los locales dónde quedaba el campo de su marido. Después de insistir durante horas, alguien le indicó que debía ir a Las Rosas, cerca de Rosario.Cuando llegó, encontró una granja rústica y casi sin vegetación. Lejos de criar caballos, Pierre trabajaba con ganado criollo. Vivía entre gauchos, compartía mate alrededor del fuego y tocaba la guitarra.El sueño duró poco. Pasaron dos años como granjeros sin alcanzar la fortuna que imaginaban. El fracaso era total. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914, Pierre decidió volver a Francia: “el deber lo llamaba”. Iba a combatir. Abandonaron la Argentina y una vida campesina que intentarían olvidar.La falsa condesaVolvió de la guerra herido y con estrés postraumático. No podía trabajar, y Marga entendió que debía hacerse cargo de la familia. La situación económica empeoró. Primero se mudaron a París, donde intentó dedicarse al diseño de interiores, aunque tampoco funcionó. Todo cambió en 1925, cuando murió el padre de Marga y recibieron una importante herencia.Desesperada por reinventarse y todavía impulsada por su espíritu viajero, buscó un nuevo destino. Eligió El Cairo, convertido entonces en un lujoso centro turístico frecuentado por británicos.Planeaba abrir un instituto de belleza. Pero antes necesitaba algo más: un título nobiliario que le permitiera mezclarse entre la alta sociedad europea instalada en Egipto. Revisaron árboles genealógicos. La solución fue simple: mentir.Imprimió tarjetas de visita a nombre del “vizconde y vizcondesa Pierre y Marga d’Andurain”. Así nació la falsa condesa que poco después llamaría la atención de los servicios secretos franceses y británicos.Sospechas de espionajeMorató entrevistó al hijo menor de los Andurain, Jacques, quien sospechaba de esa mudanza familiar. Según le dijo a la periodista, “el precipitado viaje de su madre a Egipto en aquel año de 1925 ocultaba otra realidad: Marga habría sido reclutada por el Servicio de Inteligencia británico para trabajar como espía o agente en El Cairo”.No fue el único en creerlo. El instituto de belleza parecía la pantalla perfecta para moverse entre militares y funcionarios sin despertar sospechas. Había detalles llamativos: no conocía a nadie en Oriente y, aun así, consiguió enseguida un departamento en una de las mejores zonas de la ciudad. Además, apareció lady Graham, una aristócrata que la introdujo rápidamente en los círculos de la sociedad inglesa.“La decisión tomada es demasiado hermosa para que pueda arrepentirme. Me dirijo hacia un país desconocido, dorado, donde nos vamos a encontrar el sol y yo. En esta atmósfera soleada y cálida, la única donde puedo vivir, trabajaré duro para las egipcias y las ricas millonadas que allí pasan el invierno; mujeres de lujo que aman las joyas, los adornos y ornamentos y todo lo que brilla al sol”, escribió.El instituto fue un éxito. Gracias a los contactos de lady Graham, Marga se relacionó con grandes figuras de la región: la esposa del rey egipcio Fuad I, la sultana Nazli Sabri y la primera esposa del sha de Persia.Las sospechas crecían. El local también era frecuentado por esposas de oficiales británicos y se convirtió en un espacio ideal para recolectar información. La teoría tenía antecedentes: años antes, la espía francesa Marthe Richard —conocida como agente S32— también había abierto un instituto de belleza desde donde logró descubrir, entre otras cosas, la tinta invisible que usaban los alemanes en sus cartas.“En aquellos años El Cairo era un hervidero de espías, informadores y agentes dobles; un escenario de intrigas y rivalidades donde Marga se movía como pez en el agua. Franceses y británicos desde sus respectivas oficinas de inteligencia, el Deuxième Bureau y el Intelligence Service, intentaban controlar a los más carismáticos líderes árabes y ponerlos a su favor”, explica Morató.Los servicios secretos franceses estaban cada vez más convencidos de que Marga espiaba para los británicos y llegaron a abrirle un dossier. La vigilaban de cerca y seguían todos sus movimientos. Incluso se prohibió a oficiales y esposas hablar de temas sensibles cerca de ella.Rumbo a La MecaEn 1927 los Andurain se mudaron al desierto sirio, donde administraron el hotel Zenobia, que terminaron comprando en 1930. Pero ella seguía inquieta. Tres años después tuvo la idea más arriesgada de todas: convertirse en la primera mujer europea en entrar a La Meca, la ciudad prohibida.Para eso primero se divorció de Pierre, aunque solo en los papeles, y así acceder a una dote familiar que recibiría en caso de viudez o separación. Después tenía que casarse con un musulmán que la acompañara en el viaje, y convertirse al islam.El plan era peligroso. Si descubrían a europeos que viajaban disfrazados para entrar a La Meca, estos podían ser condenados a muerte: los llevaban al desierto, los decapitaban y los enterraban en tumbas anónimas. Si ella lo lograba se convertiría en una celebridad.Soleiman el Dekmari era un camellero beduino que conoció de casualidad en el desierto. Él quería volver con su tribu, pero no tenía dinero. Ella le ofreció financiar el viaje a cambio de casarse. Lo hicieron, y embarcaron juntos desde Suez rumbo a Arabia. Ella usaba túnicas y un nombre árabe, Zainab ben Maxime el Dekmari.Cuando llegaron a la ciudad de Yidda les esperaba un examen médico. Durante la revisión, la condesa se desnudó delante del doctor para mostrarle las vacunas al día. El gesto dejó en evidencia que la conversión al islam era una farsa: “Ninguna verdadera musulmana se despojaría de su ropa ante un hombre extraño”, remarca Morató.No solo le prohibieron seguir viaje, también la recluyeron en el harén del vicegobernador árabe Ali Allmari. Pero, igual que en los conventos de su infancia, volvió a rebelarse contra las reglas. Las demás mujeres se escandalizaban por su conducta y, finalmente, terminó