“No podés perder el tiempo”, dice María Elena Gauchat. La frase podría sonar extraña viniendo de alguien que trabaja en el mejoramiento de árboles y que, después de hacer un cruzamiento, debe esperar varios años antes de empezar a saber si acertó con cada apuesta. Pero justamente ahí está una de las claves de la investigación en genético forestal: hace falta mucha paciencia, aunque no hay margen para distraerse.
Gauchat es ingeniera forestal y desde 1998 trabaja en el INTA Montecarlo, en Misiones. Llegó hasta allí después de un recorrido que comenzó bastante lejos de los pinares misioneros. Ella nació en Rafaela, Santa Fe, dentro de una familia vinculada a las actividades agropecuarias. Cuando tuvo que elegir una carrera decidió correrse de los caminos más obvios que tenía cerca. En lugar de Agronomía o Veterinaria, se fue a Santiago del Estero a estudiar sobre bosques y maderas.
“Fue una primera ruptura”, recordó.
El quiebre definitivo llegó durante un viaje de estudios a Misiones. “Realmente me enamoré. Dije: este es mi lugar en la Argentina”, contó. Había otro detalle que le resultaba atractivo a alguien llegada desde la región pampeana: allí los árboles crecían mucho más rápido.
Entonces terminó la carrera y se instaló en uno de los principales polos forestales del país. Después encontró dentro de esa profesión una especialidad que obliga a mirar todavía más lejos: la genética. “Siempre tuve una predilección por el mejoramiento genético. Si hubiese sido agrónoma creo que me hubiese ido para ese lado”, explicó Gauchat.
En un cultivo anual, como la soja o el trigo, los resultados de muchas decisiones pueden verse en cuestión de meses. Con un árbol la escala temporal es otra. Para obtener y comparar nuevos materiales, explicó la especialista, primero hay que seleccionar los individuos, realizar los cruzamientos y multiplicarlos. Solo producir la semilla puede demandar alrededor de 18 meses. Sumado el paso por vivero, pueden irse dos años antes de que el ensayo llegue siquiera al campo.
Y ahí recién empieza la espera. “Instalás el ensayo y tenés que esperar hasta el cuarto año para medir los árboles y empezar a decir: este pinta bien, este no”, explicó.
Por eso, en genética forestal perder una campaña de trabajo puede ser bastante más costoso que simplemente esperar doce meses. Si no se recogió una semilla o no se realizó un cruzamiento en el momento previsto, todo el proceso se corre un año hacia adelante. “Hay que tener todo muy planificado”, resumió Gauchat.
¿Y qué busca alguien que se pasa buena parte de su vida seleccionando pinos? Lo primero parece bastante evidente: que produzcan más madera. Pero enseguida aparecen muchos otros atributos entre los objetivos del mejoramiento. Se buscan árboles con fustes más rectos y menos cónicos, porque esa forma luego mejora el aprovechamiento de los rollizos en el aserradero. También se observa la copa: interesa que tenga menos ramas, que sean más pequeñas y que su ángulo de inserción favorezca una madera con menos defectos.
Después hay que mirar todavía más adentro. “Nos tenemos que meter a un nivel microscópico”, explicó la investigadora. Allí entran en juego características de las fibras de la madera y, según la especie y el destino productivo, otras cualidades. En Pinus elliottii, por ejemplo, también puede seleccionarse por producción de resina.
A simple vista, una plantación puede parecer formada por cientos de árboles iguales. Para un genetista forestal sucede exactamente lo contrario. “Todos son iguales hasta que los empezás a mirar con un poquito más de detalle”, afirmó Gauchat.
Esa variabilidad entre individuos es justamente la materia prima de su trabajo. Se identifican los ejemplares que expresan las características buscadas, se los cruza de manera controlada y luego comienza otra vez el largo proceso de evaluación.
Uno de los resultados de ese trabajo es el pino híbrido desarrollado localmente a partir del cruzamiento de dos especies: Pinus elliottii var. elliottii como madre y Pinus caribaea var. hondurensis como padre.
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La idea del híbrido no nació en la Argentina. La innovación del equipo local fue trabajar con materiales seleccionados y adaptados a las condiciones de la región. Para hacerlo, el INTA aportó su programa de mejoramiento genético y trabajó junto a una empresa forestal de Misiones que contaba con una importante población de Pinus caribaea var. hondurensis. De allí seleccionaron ejemplares y realizaron numerosos cruzamientos.
Según Gauchat, de ese trabajo surgieron unas 400 familias diferentes, que fueron distribuidas en cerca de 20 ensayos en la Mesopotamia. El resultado buscado no era solamente un árbol que creciera rápido.
La investigadora describió al híbrido como un pino de fuste cilíndrico, con pocas ramas y una copa más abierta. Esta última característica permite un mayor ingreso de luz y lo vuelve interesante también para sistemas silvopastoriles, donde debajo de los árboles debe crecer el pasto que luego aprovechan los animales.
Es decir que decisiones genéticas tomadas muchos años antes terminan definiendo si debajo de esos pinos habrá suficiente luz como para criar vacas.
MIrá la entrevista completa:
Casi tres décadas después de haber llegado al INTA Montecarlo, María Elena asegura que nunca se arrepintió de aquella decisión de irse de Rafaela para estudiar una carrera distinta. “Creo que encontré mi camino y que estoy en mi lugar”, resumió.
Además sigue convencida de que el sector forestal argentino todavía tiene mucho por hacer. Quizás por eso, después de tantos años seleccionando árboles que otros terminarán aprovechando mucho tiempo después, ya incorporó una regla bastante particular: en este bosque hay que saber esperar, pero nunca perder el tiempo.
Agro & Campo
En la investigación forestal hay que saber esperar, pero sin perder el tiempo: María Elena Gauchat lleva casi 30 años trabajando en INTA para conseguir árboles que produzcan más y mejor madera
Fuente: Bichos de Campo