Charly García cumple 75 años: de niño prodigio a un músico adelantado a su tiempo que supo marcar el pulso del país

A los 75 años [que cumple mañana], la figura de Charly García trasciende con holgura el encasillamiento del ídolo de masas o de icono del rock en español. Visto a través del prisma de la perspectiva histórica, García emerge como el gran cronista involuntario de la Argentina contemporánea; una antena humana tan hipersensible como implacable, capaz de captar las fisuras de la sociedad mucho antes de que la sociología de gabinete alcance a formular sus teorías. García no necesitó marcos teóricos para registrar el advenimiento del autoritarismo, la paranoia urbana, la efímera borrachera del consumo o el colapso de las instituciones. Mirar a Charly García como una antena sociocultural implica entender que sus canciones nunca fueron meras crónicas periodísticas de hechos puntuales, sino radiografías de época. Con una lucidez melódica impecable y una poética que supo cabalgar entre la viñeta adolescente, la metáfora de trinchera y la vanguardia sonora, el músico fue registrando los estados de ánimo de un país pendular. Esa capacidad para encarnar las neurosis, las contradicciones y los deslumbramientos de la Argentina no obedeció a un plan maestro ni a un afán académico. Fue el resultado inevitable de un creador que no miró la realidad desde afuera como un observador distante, sino que decidió —consciente o involuntariamente— poner el propio cuerpo y la propia obra como trinchera y espejo de la peripecia nacional.Carlos, Charlie y CharlyLa música no miente. Carlos Alberto García Moreno lo supo desde muy pequeño, inclusive antes de ingresar al Conservatorio Thibaud-Piazzini a los 5 años. Lo supo desde la primera vez que se sentó frente a las teclas de un piano y conectó profundamente con la obra de otro chico prodigio que había nacido en Viena muchos años antes que él. Mozart y Chopin formaron parte indisoluble de la banda de sonido de la infancia de Carlitos, el genio de Caballito; ese pibe flaco, alto y con oído absoluto, que a los 12 años ya era profesor de piano, teoría y solfeo. Para papá Carlos Jaime y mamá Carmen, el futuro estaba “cantado”: Carlitos sería un gran concertista clásico de piano... ¡ya se lo imaginaban tocando en el prestigioso Teatro Colón! Pero... ¡llegaron los Beatles! Y ya nada volvió a ser igual. Había que tener una guitarra eléctrica, dejarse el pelo largo, diferenciarse de los viejos y formar una banda. Para esto último lo mejor era el colegio. En las aulas del Dámaso Centeno se gestó el grupo To Walk Spanish y Carlitos se convirtió en Charlie. Ya no hubo retorno. En el colegio conoce a otro Carlos Alberto, Mestre, que cantaba (muy bien) en otra banda y deciden unir fuerzas. Dejan de cantar en inglés, pero bautizan a la nueva banda con una expresión del latín: Sui Generis. Se curten en fiestas y actos, aunque las metas son altas. Charlie compone una ópera-rock en castellano llamada “Theo”, la cual estaba dividida en dieciséis partes de marcadas diferencias estilísticas. Logran grabar un demo de la misma con la cual recorren grabadoras y visitan productores, pero sin suerte alguna. (¡La vanguardia es así!) Con el paso de los meses, la banda deviene en dúo en las doradas arenas de la costa marplatense (donde hoy un monumento en bronce de Charlie y Nito acredita el hecho). En el invierno porteño de 1972, las nuevas canciones de Charlie (más simples en su apariencia, pero de gran riqueza lírica y musical) seducen al productor Jorge Álvarez, el visionario excreador del sello Mandioca. Sobre todo una, gestada durante la traumática experiencia del servicio militar del músico, aquella que habla de un tiempo que fue hermoso. “Canción para mi muerte” fue el primer simple de Sui Generis y el mojón inicial de la carrera compositiva de uno de los máximos creadores de la música argentina. Tres años y tres discos de estudio después, mostrando una evolución musical apabullante y una convocatoria nunca vista hasta el momento en el llamado rock argentino, Sui Generis se retiraría como un campeón mundial invicto en el pico de su gloria. Charlie la emprende con uno de los proyectos menos populares, pero más interesantes de su carrera: García y La Máquina de Hacer Pájaros. Siempre adelante, siempre arriesgando, con la “Máquina” crea gemas imperecederas que merecen ser redescubiertas y revalorizadas. Para fines de la década del setenta y comienzo de los ochentas, Charlie se convierte definitivamente en Charly y se trae de Brasil otro proyecto con el cual volverá a impactar masivamente: Serú Girán, supergrupo criollo de alto vuelo y demoledor directo. En el transcurso de la creación de los cuatro discos de estudio de Serú Girán (años 1978-1981), García alcanzará su madurez definitiva como compositor de canciones, con cimas como “Viernes 3 AM”, “Desarma y Sangra”, “Canción de Alicia en el país” o “Cinema Verité”, por nombrar algunas. El año 1982 trae a la Argentina al ángel de la guerra y, para compensar, al inicio de la definitiva carrera solista de Charly, quien enfila durante tres años consecutivos de estado de gracia total sendos álbumes de absoluta genialidad. Son el llamado de atención sónico de Yendo de la cama al living (1982), la refundación del rock argentino con Clics modernos (1982) y la aterciopelada crudeza poética del Piano Bar (1983), una tríada imbatible e imperecedera. Para la época de la salida de Parte de la religión (1987) Charly ya había ingresado para siempre en el parnaso de las grandes figuras de la cultura argentina y en el reducido grupo de los ídolos populares más queridos. Por sus bandas pasaron los mejores y más destacados músicos de rock de los últimos 30 años y su tarea de productor cimentó la carrera de grupos y solistas tan disímiles e importantes como Crucis, Los Abuelos de la Nada, Los Twist, GIT, Fabiana Cantilo, Celeste Carballo o Mercedes Sosa. Pero su imparable motor creativo nunca se detuvo y siguió adelante con óperas, unpluggeds, covers, experimentos, premios varios (desde el Grammy a la Excelencia Musical en Las Vegas, otorgado por la Academia Latina de la Grabación, que entrega los Premios Grammy Latinos, hasta el Estrella de Mar al mejor Show Musical de la temporada 2010). En septiembre de 2013, llega finalmente al Teatro Colón de Buenos Aires (como ansiaban sus padres cuando era Carlitos) presentando la Suite “Líneas Paralelas – Artificio Imposible”. El camino no fue fácil ni llano, ya sabemos bien que: “No existe una escuela que enseñe a vivir”.Sui Generis y su aguda mirada de la realidadA principios de los años setenta, mientras la escena del rock urbano argentino fluctuaba entre la mística del blues fundacional y la sofisticación del rock pesado, Charly García irrumpió junto a Nito Mestre con un formato en apariencia inofensivo: dos jóvenes de voz clara, guitarra acústica y flauta traversa. Sin embargo, detrás de esa fachada pastoral se escondía una mirada de una agudeza clínica sobre la juventud argentina. Charly no le habló al teórico de la revolución; le habló al adolescente atrapado en el mandato de la familia burguesa, la educación castrense y la tutela eclesiástica. Canciones como “Confesiones de invierno” o “Las increíbles aventuras del Señor Tijeras” fueron diagnósticos implacables sobre la hipocresía social y la censura de época. Pero el verdadero hito sociológico y estético de esta etapa —y sin dudas uno de los discos más trascendentales de la historia del rock argentino— llega en 1974 con Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. Mucho antes de que los politólogos catalogaran el resquebrajamiento del tejido democrático bajo el gobierno de Isabel Perón y la sombra acechante de la Triple A, Charly escribió la radiografía de un Estado en acelerada descomposición. Lo fascinante de Instituciones es que las huellas de la represión quedaron grabadas en la propia carne del álbum. Ante la presión del sello discográfico y el clima de violencia política, dos temas directamente fueron extirpados de la edición original: “Juan Represión” y la ironía castrense de “Botas locas”. Pero más reveladoras son las cirugías poéticas que Charly tuvo que realizar a toda prisa sobre las canciones que sí ingresaron al disco. El caso de “Música de fondo para cualquier fiesta animada” es de una elocuencia histórica inapelable. Charly tuvo que edulcorar la viñeta, convirtiéndola en una caricatura más abstracta e inocua sobre un aristócrata, un juez amante de los jueves y tres personajes que conversaban en la mesa. Ocurrió algo similar con el tema “Instituciones”. La frase original del poder hablándole al ciudadano no era la pasiva “una radio en mi cuarto me lo dice todo”, sino un grito autoritario imperativo: “Dame el poder y deja que yo arregle todo, no preguntes más”. En tanto, la declaración de emancipación (“ya me harté de esta libertad / no quiero más padres que acaricien mi espalda”) debió ser recortada y diluida. Lejos de amputarle el valor al disco, este proceso de reescritura forzada potenció la genialidad de García. Pequeñas anécdotas sobre las instituciones no solo anunció que las estructuras diseñadas para cobijar a la sociedad se habían convertido en maquinarias de opresión; demostró que la inocencia del país se había terminado para siempre.Serú Girán: la metáfora como refugioSi con Sui Generis Charly retrató el fin de la inocencia y con La Máquina de Hacer Pájaros desplegó la complejidad sinfónica como vía de escape estilística, es con Serú Girán (1978-1982), en donde su función de antena alcanza una cota insuperable. En pleno apogeo de la dictadura militar, con el lenguaje directo proscripto, la prensa amordazada y la paranoia instaurada en el espacio cotidiano, García y su banda se convirtieron en el canal de comunicación clandestino más poderoso de la juventud argentina. Lejos de aislarse en un virtuosismo evasivo, Charly perfeccionó en esta etapa el arte de la codificación metafórica. No se trataba de eludir la realidad, sino de retratarla con una poética tan velada para el aparato censor como brutalmente transparente para quien supiera escuchar. El mejor ejemplo

Fuente: La Nación