El poder de la red: un thriller político entretenido que no llega a cumplir con las expectativas

El poder de la red (The Social Reckoning, Estados Unidos, 2026). Dirección y guion: Aaron Sorkin. Fotografía: Jeff Cronenweth. Edición: Alan Baumgarten Elenco: Jeremy Allen White, Mikey Madison, Jeremy Strong, Betty Gilpin, Bill Burr, Billy Magnussen, Wunmi Mosaku. Calificación: apta para todo público. Distribuidora: Sony UIP. Duración: 112 minutos. Nuestra opinión: buena.3 starsUno de los recursos narrativos más utilizados en la crítica de cine supone señalar elementos que no forman parte de la película a reseñar, pero que a los ojos de quien escribe la harían mejor/más profunda/más divertida de lo que es. En casi todos los casos el ejercicio se basa en el análisis del crítico y no en el conocimiento de las opciones que los realizadores del film hayan tenido a su alcance para hacer algo distinto de lo que hicieron. Con El poder de la red, la secuela de Red social, sucede lo contrario. El film que se estrena este jueves es una continuación de aquel de 2010 que reflejaba la creación de Facebook, la red social que inauguró un nuevo modo de comunicación e interacción social. Aquella película dirigida por David Fincher a partir del guion de Aaron Sorkin que ganó el Oscar ese año, sentó las bases sobre las que se construyó El poder de la red. O al menos eso era lo que se suponía que pasaría. Sorkin escribiría el guion, Fincher dirigiría y Jesse Eisenberg volvería a interpretar a Mark Zuckerberg ya no como el estudiante universitario de ambiciones desmedidas sino como el magnate que decide las interacciones digitales de todo el mundo en todo el mundo. Sin embargo, el proyecto tomó un rumbo distinto cuando Fincher tuvo que excusarse debido al contrato de exclusividad que tiene con Netflix y Eisenberg declinó la oferta de volver a revisar al personaje. Para que la película siguiera adelante, Sorkin se hizo cargo de la dirección de su propio guion y eligió a Jeremy Strong para que encarnara al Zuckerberg adulto.Esta nueva exploración de los estragos provocados por Facebook y su creador en la vida pública global se concentra en sucesos ocurridos entre 2019 y 2021 cuando la ingeniera de datos Frances Haugen reveló al periodista del diario The Wall Street Journal Jeffrey Horwitz los secretos del funcionamiento de la red social para la que trabajaba y cómo Zuckerberg y su equipo tenían conocimiento de sus dañinos efectos.Con un estilo de escritura y un punto de vista propios y reconocidos tanto en el teatro, la TV y el cine, Sorkin es un guionista brillante aunque las sutilezas no son su fuerte. El creador de la serie The West Wing tiene un especial talento para generar intriga a partir de temáticas complejas y para hilvanar situaciones dramáticas con destellos de humor y una justa medida de liviandad. Todo eso resulta evidente en El poder de la red, pero del otro lado de la balanza también queda claro que Sorkin escribe desde una plataforma, señalando con el dedo injusticias sin confiar en que el espectador sea capaz de sacar sus propias conclusiones de lo que se cuenta. Los diálogos tienen ritmo, pero la canción que los contiene es más un jingle publicitario que un tema de los viejos musicales que su personaje central-y él mismo-, adoran. Pero incluso con un guionista dado a los excesos que como director no se destaca de la media, la película resulta un entretenido thriller político ambientado en la industria periodística, un subgénero fascinante que necesita no solo de un guion ajustado sino de unas actuaciones a la altura de su ambición narrativa. En este caso, las interpretaciones son el eslabón más débil de la cadena. Tanto Jeremy Allen White (que interpreta a Horwitz) como Mikey Madison (quien encarna a Frances) cumplen con las exigencias de sus personajes pero ninguno se luce especialmente y por momentos parecen ser solo avatares de Sorkin más que seres humanos con aliento propio. Pero la mayor disonancia del film la aporta la actuación de Strong como un Zuckerberg transformado en un villano de caricatura, una especie de humanoide sin emociones ni conciencia que parece salido de una -mala- serie de ciencia ficción.

Fuente: La Nación