“Mamá usó la AUH para pagarme un colegio privado”: tiene 23 años y revela el camino que la convirtió en la primera profesional de su familia

Cuando tenía 9 o 10 años, los fines de semana ayudaba a mi mamá a vender comida en una cancha de fútbol. Ella cocinaba, yo cobraba y hacía las cuentas. Vivíamos con muy poco y en casa ni siquiera teníamos baño: había que caminar hasta una estación de servicio para usar uno de ahí.Me llamo Nadia Rodríguez y ahora tengo 23 años. Todavía me emociono cuando digo que soy la primera profesional de mi familia: ¡soy licenciada en Administración de Empresas! Y trabajo en una petrolera. Mi sueldo me permite vivir con más tranquilidad y cumplir sueños que antes parecían imposibles, como regalarle a mi mamá un viaje a México. Para entender cómo pasé de aquella infancia a esta vida, tengo que volver a las personas y las oportunidades que me ayudaron a cambiar mi historia.Crecí y vivo en Del Viso, provincia de Buenos Aires, junto a mi mamá, que trabaja como empleada doméstica. Se llama Liliana y dejó la primaria porque empezó a trabajar desde muy chica. De chica, muchas veces la acompañé a su trabajo porque no tenía con quién dejarme.Mi mamá quería para mí las oportunidades que ella no había tenido. Me enseñó el valor del esfuerzo y la perseverancia. Siempre recuerdo una frase suya: “Tenés que estudiar para ser alguien en la vida, para tener un futuro”.Y la sostuvo con hechos: con la Asignación Universal por Hijo pagaba una parte de la cuota del colegio privado al que me mandó. Sentía que ahí iba a tener más días y horas de clases. Fui a ese colegio hasta terminar la secundaria. Me encantaba ir y trataba de no faltar nunca. Esa decisión, tomada con muy pocos recursos, fue el primer escalón de todo lo que vino después.Más de una vez me pregunté cómo podía devolverle, aunque sea, una parte de todo lo que ella hizo por mí. Y me puse una meta que podía ser la respuesta: llegar hasta la universidad. Pero no tenía referentes que hubieran estudiado ni conocía muchas carreras.En el último año de la secundaria conocí a la Fundación Pescar, que ofrecía un programa de formación laboral desarrollado junto a la Universidad del Salvador. Con 17 años, entendí que ellos podían ayudarme y me postulé para hacer el curso. Hubo una entrevista y quedé seleccionada.Salíamos de la pandemia y casi todo era virtual. Por suerte, yo tenía una computadora usada que mi mamá le había comprado a una de sus jefas, así que pude aprovechar esa capacitación, que fue un antes y un después en mi vida. Gracias a Pescar encontré orientación para descubrir mi vocación, con talleres, investigaciones sobre carreras y charlas. Por primera vez, la universidad dejó de ser un sueño lejano y empezó a convertirse en un proyecto real.Hacia el final de ese año, la misma fundación me impulsó a pedir una beca para estudiar en la Universidad del Salvador. Me postulé con la esperanza de tener una oportunidad, pero sabiendo que había muchos postulantes. Pero recibí la noticia de que había sido seleccionada y que la beca cubriría el 100% de mis estudios. Sentí una felicidad que todavía hoy me cuesta describir.




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Hoy entiendo el porqué. No era solamente una beca. Era la posibilidad concreta de acercarme al futuro que mi mamá siempre había soñado para mí. Después de tantos años de verla trabajar sin descanso para darme oportunidades, sentía que era el primer paso para honrar su esfuerzo.En ese mismo período, Pescar me conectó con BisBlick, una fundación que acompaña a chicos que tienen ganas de estudiar pero no pueden hacerlo por sus propios medios. Les ofrece apoyo económico, mentorías y una red de contención para que puedan convertirse en los primeros profesionales de sus familias. Otra vez pasé por un proceso de selección y quedé.Yo seguía becada en la universidad, pero BisBlick me ayudó a cubrir los materiales de estudio, el transporte y cualquier otro gasto. Ya no tenía que pedirle más plata a mi mamá. Fue un gran alivio para las dos.Aun así, creo que lo más valioso que me dio BisBlick fue una red de apoyo. Entré a una universidad donde muchos compañeros tenían una realidad muy distinta a la mía. Eso me generaba incertidumbre y, por momentos, soledad. Pero gracias a la fundación conecté con mentores, profesionales y otros estudiantes que vivían experiencias parecidas a la mía y nos podíamos acompañar y entender.Gracias a BisBlick también llegó mi primera pasantía, en el área de Recursos Humanos de una empresa. Tenía muchísimo miedo: no sabía cómo funcionaba el trabajo administrativo dentro de una organización. Por suerte me trataron muy bien y me enseñaron todo desde cero.Después hice otra pasantía y, desde hace algo más de un año, trabajo en el área de cuentas a pagar de una petrolera que tiene las oficinas en el barrio porteño de Núñez. Es mi primer trabajo formal y, gracias a él, mi vida y la de mi mamá cambiaron muchísimo.Si miro hacia atrás, en mi cabeza hoy somos millonarias. Ya no tenemos que preocuparnos por cómo llegar a fin de mes o cómo comprar los remedios que ella necesita, porque tiene varios problemas de salud.Cuando repaso el camino que me trajo hasta acá, veo una cadena. Una mamá que con lo que ganaba limpiando casas y la AUH me pagó un colegio donde pude aprender más. Una fundación que llegó a ese colegio y me ayudó a descubrir qué quería estudiar. Una beca que cubrió el 100% de mi carrera. Otra fundación que se ocupó de los gastos que yo no podía afrontar y me dio mentores y compañeros. Y una primera pasantía que terminó siendo el comienzo de mi vida profesional. Cada eslabón sostuvo al siguiente.Por eso entendí que nadie llega solo. El talento y las ganas de salir adelante necesitan de personas e instituciones que crean en vos y te ayuden a dar el siguiente paso.Si hoy pudiera hablar con un joven que, como yo alguna vez, sueña con convertirse en el primer profesional de su familia pero lo ve muy lejos de sus posibilidades, le diría que se anime a buscar oportunidades: que investigue, que pregunte, que se postule a becas, programas y empleos, incluso cuando sienta miedo. Nunca sabemos cuál de todas las puertas que golpeamos será la que termine cambiando nuestra vida.Si mi historia puede dejar un mensaje, es que el lugar del que venimos no determina hasta dónde podemos llegar. Hay oportunidades, hay personas dispuestas a ayudar y hay caminos que parecen imposibles hasta que alguien se anima a recorrerlos.*Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Lorena OlivaMás información:Pescar es una fundación que prepara a adolescentes y jóvenes de contextos vulnerables para que puedan insertarse al mundo del trabajo formal. Para conocer su trabajo, hacé clic acáBisblick es una fundación que acompaña a adolescentes y jóvenes que quieren ser los primeros profesionales de sus familias con becas, mentorías y convenios con empresas.Si querés saber más sobre sus programas, hacé clic acáVidas DesigualesEsta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables

Fuente: La Nación