Por su apellido, Daniel Germinara parecía condenado desde el nacimiento a estudiar Agronomía. Y efectivamente lo hizo. Pero muchos años después de recibirse le toca trabajar en uno de los capítulos que más está modificando el ejercicio de esa profesión: la incorporación de productos biológicos a esquemas agrícolas que durante décadas estuvieron dominados por herramientas químicas.
Germinara, gerente de Biosoluciones de UPL Argentina, asegura que ese proceso ya está en marcha, aunque advierte aclara que no cree que los nuevos insumos biológicos, al menos por ahora, vengan a borrar del mapa a herbicidas, fungicidas, insecticidas o fertilizantes de síntesis química. La palabra que utiliza para explicar lo que viene es otra: convivencia.
“Hay dos maneras de reducir el riesgo químico. Una es utilizando productos químicos más amigables, pasando de banda roja a banda verde o azul. Y la otra es ir complementando, por ejemplo, la protección de cultivos con productos biológicos”, explicó Germinara en diálogo con Bichos de Campo.
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Su expectativa no es entonces que el productor abandone repentinamente las herramientas que viene utilizando desde hace décadas, con el inicio de la llamada Revolución Verde “Más que reemplazar totalmente, van a ser un complemento. En vez de aplicar dos fungicidas químicos, tal vez sea uno químico y uno biológico. De manera conjunta bajás la carga química y a su vez protegés al producto químico para que no se genere resistencia”, planteó el especialista de UPL, una compañía de origen indio que está apostando fuerte a estos nuevos insumos.
“Hay mucho por estudiar y mucho por mejorar, pero creemos que la tendencia va hacia ahí: no al reemplazo absoluto, sino a una convivencia que en definitiva va a bajar la carga química”, resumió el agrónomo de curioso nombre agronómico.
Germinara lleva años trabajando con este tipo de herramientas y recuerda que no hace tanto hablar de un bioestimulante o de un producto de biocontrol despertaba bastante más desconfianza que interés. “Te miraban como diciendo: ‘¿Qué dice este hippie? Esto no funciona’”, recordó entre risas.
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Eso, sostiene, empezó a cambiar rápidamente. La presión de la sociedad por reducir el impacto de determinadas prácticas agrícolas coincidió con una industria que empezó a desarrollar y ofrecer una cantidad creciente de soluciones biológicas. “Hoy el productor, el asesor, el distribuidor, toda la cadena, empieza a mirar y decir: ‘Necesito tener algún producto biológico en mi paleta, necesito utilizarlo porque lo tengo que conocer, porque es algo que se va a venir’”, señaló.
Por eso considera que la agricultura argentina atraviesa todavía una etapa de “prueba y adopción paulatina”, en la que cada productor intenta determinar qué herramienta encaja mejor en su sistema, qué respuesta consigue y cuál es el retorno económico.
Los caminos de aplicación son varios. Uno de ellos comienza incluso antes de que el cultivo nazca, con los tratamientos de semillas. “En la semilla, la convivencia con un montón de microorganismos benéficos trae múltiples beneficios: mejora la eficiencia de uso de agua y nutrientes, genera mayor exploración radicular y competencia con patógenos”, enumeró Germinara.
No es un terreno completamente nuevo. La agricultura argentina lleva décadas utilizando inoculantes en soja para favorecer la fijación biológica de nitrógeno. Pero ahora la oferta incorpora otros microorganismos y nuevas funciones, desde la bioestimulación hasta una mejor provisión y utilización de nutrientes.
El otro gran camino aparece una vez implantado el cultivo y consiste en las aplicaciones foliares. Allí Germinara distingue allí dos situaciones. La primera ocurre cuando la planta atraviesa algún estrés ambiental o una fitotoxicidad y se busca ayudarla a recuperarse para reducir las pérdidas. La segunda es casi la contraria: el cultivo está bien implantado, tiene una buena genética, una correcta fertilización y el productor busca agregar una herramienta que le permita aprovechar mejor esos recursos y ganar algo más de rendimiento.
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En materia de control de plagas y enfermedades, en cambio, el desafío no es únicamente tecnológico. También requiere un cambio en la forma de pensar los tratamientos. Con un insecticida convencional, el productor puede acostumbrarse a pulverizar y esperar encontrar rápidamente muerta a la plaga. Los biológicos tienen otra lógica.
“Funcionan distinto. Tienen un perfil más preventivo, con una carga de patógenos más baja y aplicaciones más tempranas. Tal vez podés programar un control biológico más temprano y después, si tenés algún escape o algún ataque, ir con un producto químico de choque”, describió Germinara.
Esa distinción obliga a “cambiar el chip” y considerar variables que antes podían tener menos peso en la decisión. Entre ellas, por ejemplo, que determinado tratamiento no elimine insectos benéficos que también pueden convertirse en aliados para controlar una plaga. “Eso se conoce más en cultivos intensivos, pero es algo que hay que considerar cuando se usa un producto biológico”, indicó.
¿Tradición o innovación? UPL apuesta por un fertilizante foliar capaz de lograr una mayor absorción de nitrógeno y reducir en 16 veces la cantidad de urea aplicada
La convivencia que propone Germinara tampoco se limita a los fitosanitarios. Una de las experiencias en las que trabaja UPL apunta a uno de los insumos más tradicionales de la agricultura: la urea. La empresa lanzó Nutreo, una solución de aplicación foliar formulada con nitrógeno y extractos orgánicos, que busca mejorar la eficiencia con la que la planta utiliza ese nutriente. La propia documentación de UPL aclara que la herramienta puede reemplazar una parte de la fertilización nitrogenada, no la totalidad del nitrógeno que necesita un cultivo.
Germinara explicó que allí también existen dos posibilidades. Una es mantener el nivel habitual de fertilización y utilizar el producto para intentar obtener más rendimiento. La otra consiste en reducir una parte de la dosis de fertilizante tradicional y reemplazar esa refertilización con una aplicación foliar.
“Si yo tengo que aplicar 100 kilos de urea en refertilización, necesito una máquina especial y es un volumen grande. Con Nutreo aplico seis litros de manera foliar. Lo puedo aplicar con dron, con un herbicida postemergente o con un fungicida”, explicó. Los ensayos difundidos por la compañía muestran justamente esquemas en los que 6 litros por hectárea fueron utilizados para reemplazar 100 kilos de urea en la refertilización, manteniendo la fertilización de base.
Para Germinara, además de la cuestión logística hay otra ventaja potencial: reducir la huella asociada a los fertilizantes nitrogenados. “No vamos a poder sustituir a la urea. Necesitamos nitrógeno para nutrir a los cultivos”, aclaró. Pero sostuvo que, para esa comparación puntual entre 6 litros del producto y 100 kilos de urea, la emisión de dióxido de carbono equivalente puede reducirse más de 400 veces. Esa cifra corresponde a la comparación ambiental comunicada por UPL para ese esquema específico.
El primer año comercial, según Germinara, superó ampliamente las previsiones de la compañía. “Casi triplicamos nuestra expectativa de venta. La demanda fue espectacular”, afirmó. Como se trataba de una herramienta nueva y que requería cierto aprendizaje, UPL conformó además un equipo de posventa para seguir las primeras experiencias. Según Germinara, ese relevamiento alcanzó unas 7.000 hectáreas y permitió observar tanto los resultados como los errores de manejo.
Para el agrónomo, ese margen de prueba y error no constituye una anomalía sino que forma parte del mismo proceso que atravesaron muchas otras tecnologías hoy incorporadas naturalmente a la producción. Y allí aparece nuevamente a principal definición de Germinara: más que una sustitución abrupta, lo que espera es una ampliación de la caja de herramientas del agrónomo.
Agro & Campo
“Los biológicos no van a reemplazar a los agroquímicos”: Daniel Germinara, experto de UPL, explica por qué la nueva agronomía será una convivencia entre ambas herramientas
Fuente: Bichos de Campo