Las grutas: un balneario entre las rocas y un boliche en una cueva, el mítico proyecto de Punta Ballena que marcó época

Una ola se levanta, rompe contra las piedras, estalla y llena un hueco al otro lado del muro. No es un hueco cualquiera, es una especie de pileta natural que aprovecha el terreno y que un hombre, hace más de 50 años, aprovechó con un concepto entonces novedoso: un espacio que, por un breve período, congregó a turistas y locales uruguayos en Punta Ballena. Hoy esa ola, que sube y baja como un reloj, sigue rompiendo en el mismo lugar y contra las mismas rocas. “Sigue ahí. Me está esperando”, dijo en 2016 aquel hombre, el arquitecto Samuel Flores Flores, en la exposición El regreso de Las Grutas, que dio en noviembre de 2016 ante la Junta Departamental de Maldonado. Había vuelto allá para ver los restos de su creación, para intentar reabrir el proyecto, pero falleció en 2017 sin conseguirlo. El mar golpeaba las rocasFlores Flores contó, al detalle, cómo llevó adelante el proyecto. Desde el origen: “Mi primer hecho como profesional, rioplatense y uruguayo no fue un boliche, fue un complejo turístico trascendente, muy trascendente, que estuvo avalado por lo más importante de la época. La obra me la trajo el doctor Roque García, que se juntó nada menos que con el Club Méditerranée”, sostuvo.En 1967 García solicitó al municipio de Maldonado un permiso de construcción a nombre de una nueva sociedad civil con fines sociales, culturales y deportivos llamada “Club Las Grutas”. Se propuso levantar un complejo turístico sobre la ladera este de Punta Ballena: un hotel de nivel internacional, con restaurante, salas de juego y más. El Club Méditerranée era, en palabras de Flores, “la institución turística más grande del mundo”. Y sus representantes se habían “enamorado” de ese lugar, por eso pretendían construir un balneario que aprovechara la belleza de la playa, de las cuevas, de la naturaleza. Flores también notó esa “magia” en el ambiente, y tuvo una visión. Primero desarrolló y presentó una maqueta en la que proyectaba la infraestructura, el plan completo. Pero luego el Club Med se retiró y todo quedó en su estudio... y en su cabeza.Conocía bien el lugar, había caminado antes por la zona, y había observado los acantilados, las cuevas, las formas con otros ojos, los de un creador. Como se contó, un día vio que el mar golpeaba contra las rocas y tuvo una visión: la naturaleza es inalterable, hay que trabajar con ella, tocarla lo menos posible, incorporarla al diseño en vez de ocultarla.“Lo mejor es lo que hace la naturaleza”“Me costó convencer a los ingenieros de que esto era posible”, destacó en su exposición ante la Junta Departamental. Se refería a todo el proyecto. Pero hizo foco en los dos sectores principales que desarrollaría en el lugar: la piscina natural y la boîte dentro de una cueva. “La roca siempre está presente”, remarcó.Lo primero que visualizó fue una pileta natural: “Lo único que hicimos fue dejar la roca, no tocarla, poner un simple murito de contención para que el agua que entrara no se nos fuera... Y como la arena es muy permeable, hicimos una losa, pero dejamos la roca pura. En lugares en los que he estado, en otros lados, han revestido la roca para que no se pierda el agua, para echar cloro… Pero los ambientalistas pensamos que por más tecnología que tengamos, lo mejor es lo que hace la naturaleza, no hay nada mejor que la naturaleza. [...] La naturaleza hay que caminarla, hay que escucharla”.Abrió una canaleta que guiaba al mar hasta ahí, así se llenaba la pileta todos los días y se renovaba el agua, que iba y venía, manteniéndose limpia por el propio movimiento. “Tuvimos el problema de inaugurarla, porque Salud Pública no nos daba el permiso. ‘¿Cómo? ¿Es una piscina sin cloro, sin maquinaria, sin el ruido? No, no puede ser, Flores, esto es una mentira’. El agua entraba y salía. Cientos de personas se bañaban todos los días, y nunca encontraron un pH equivocado, porque venían, controlaban, y siempre el agua estaba bien”, detalló.Las fotos de aquella época ilustran ese sector del balneario a la perfección: alrededor del hueco, las mesas y sombrillas ocupaban distintos niveles y se acoplaban a los movimientos propios de la piedra. También levantaron un barcito. Flores buscaba que la gente grande se pudiera divertir como los jóvenes, zambullirse directamente desde ahí. “En torno a la piscina se despliega una secuencia de unidades programáticas: solariums, bar, restaurante, dique y duchas al aire libre que, hilvanados por un sistema de caminerías y escaleras talladas en la roca, hacen del natatorio un punto neurálgico”, ilustra un texto publicado en el blog del arquitecto.Para él era simple, pero no suficiente.Medio bandidosCuando avanzó con el proyecto, García le hizo notar que todavía faltaba algo. Aunque el complejo que tenían planeado con el Club Med finalmente no se llevaría a cabo, debían completar el espacio. La consigna fue incluir “algo con ruido”. No le costó nada visualizar lo que haría. Y, una vez más, las rocas eran sus aliadas. Había una cueva, que usaban más que nada los pescadores, que enseguida le llamó la atención. La llamaban “la cueva del Tigre”. Imaginó las mesas, las sillas, la música... Imaginó una escena mítica dentro, pero debía amoldarla antes, prepararla para que pudiera albergar gente, barra, parlantes. Tenía que “hacer un agujero ahí”.“Yo creo que unos de los grandes arquitectos que tiene la humanidad son los horneros: el único problema es que el hornero hace cuatro mil años o más que hace lo mismo, pero lo hace bien. Nosotros hacemos todos los años cosas distintas y, generalmente, las hacemos mal. Así que el hornero ha sido un inspirador mío importante”, relató Flores Flores.Él buscó conjugar ambas cosas: hacer algo distinto y hacerlo bien. De nuevo, modeló la idea en una maqueta. Sabía que iba a necesitar ayuda extra, así que contrató a Alfredo Rivas, un dinamitero de caminos y edil de Maldonado: iban a horadar la gruta para agrandarla, pero sin alterar su conformación superficial. Seguiría siendo una caverna. Pero primero tuvo que negociar con un pescador que pasaba buen parte de su tiempo ahí, como se comentó, tuvo que “seducirlo”, dijo en la exposición, para que lo dejara agujerear. “Lo convencimos, y tocamos lo menos posible. La obra que en aquel momento queríamos hacer era resaltar la naturaleza”, agregó.Pudieron llevar a cabo su proyecto, en parte, gracias a vacíos legales. Él mismo reconocó en esa exposición que fueron “medio bandoleros” y que la disco se concretó porque “el Estado uruguayo no se puso de acuerdo”. Se refería a que nadie sabía bien a quién pertenecían los terrenos. ¿Prefectura? ¿Intendencia? ¿Ministerio de Defensa? Cuando preguntaba en un lado, lo mandaban a otro. Entonces, decidieron avanzar igual.Pero apareció un vecino, conocido suyo, que se adjudicaba el lugar, Carlos Páez Vilaró, el pintor y ceramista uruguayo, que en el momento estaba también en plena construcción de Casapueblo. Un día se le acercó preocupado: “Cae Carlitos Páez y me dice: ‘Samuel, esto es mío, no sigas, que arriba está mi terreno’. Mientras discutíamos que una cosa, que la otra le digo: ‘Carlos, tengo que estallar esto, si nos distraés, te vamos a dejar un aljibe”.Dinamitaron. Ponían 800 cartuchos por día, 200 cada dos horas. Una vez colocados, los tenían que hacer explotar rápido, porque la roca se embebía en agua y mojaba la pólvora, que dejaba de funcionar. Sacaron en total 1500 metros cúbicos de roca. Quinientos camiones.Un choque de sensacionesLa cueva se convirtió en una boîte única: las sillas y mesas debían seguir las curvas internas, los desniveles, por lo que las tuvieron que fijar al piso. Todo era “roca pelada”, un espacio social dentro de la naturaleza. Había parlantes, una pista de baile con suelo de acrílico naranja retroiluminada. El efecto psicodélico era el resultado de la interacción entre las luces y el mar, que estaba directamente debajo. “Lo fantástico era que, al bailar, como era semitransparente, se formaba un cuadro psicodélico que parecía especialmente hecho, pero no, era el agua que había abajo”, explicó, y consideró la imagen como “moderna y contemporánea”, que generaba un choque de sensaciones dentro de “una gruta que podía ser de la gente de la época del hombre de Neanderthal”. También en el blog describe: “La experiencia somete al usuario a una doble operación de extrañamiento: el abrigo de la cueva entendido como el gesto más primario y radical, y el desenfreno salvaje de la vida nocturna. Si el exterior ofrecía confort lúdico e indolente, el interior inaguraba otro espectro de placeres mundanos asociados a la nocturnidad”.Todo lo hicieron en seis meses, y se inauguró a finales de 1968. Pero la naturaleza tenía sus riesgos... Pocos días antes del gran debut, una tormenta tapó el camino que habían abierto con un camión y un compresor. Tuvieron que hacerlo de nuevo. Y lo hicieron. El 24 de diciembre, el entonces presidente uruguayo, Pacheco Areco, embajadores, y el jet set se reunieron para la apertura, que fue todo un éxito. Pero el contexto era adverso. Flores contó: “Fue una época fantástica para la humanidad, y también muy complicada. En América fue una época de retroceso, de golpes de Estado. Esa fue la realidad en la que se hizo esta obra”. Un monumento naturalCasi seis años después, para 1974, el balneario se volvió económicamente insostenible. “La enorme inversión inicial, la breve temporada estival uruguaya e incluso el falso rumor del denominado ‘verano caliente’ —un plan guerrillero para sabotear la industria turística de 1971— pudieron sentenciar su viabilidad económica”, especificó. También contó que el segundo de la sociedad inversora, Javier Mancera, abandonó de golpe el país, y también esa y otras empresas. Roque García, por su parte, pidió extender la concesión otras cinco temporadas a la intendencia, pero no se lo concedieron, por lo que empezó un juicio para, por lo menos, tomar posesión de los bienes muebles y equipos en el interior. Aunque las piscinas naturales no volvieron a usarse, y lo que se había construido alrededor se

Fuente: La Nación