Adriana y Mencho, protagonistas de un oficio rural que se mantiene: Vida y obra de los perros arrieros de los campos patagónicos y su apasionada adiestradora
En las rurales siempre hay fierros, genética, negocios y discursos. Pero cada tanto aparecen historias de vida productiva que capta el interés de los visitantes. En la Rural de Bariloche, una de esas historias tuvo dos protagonistas: Adriana y Mencho. Aunque, en rigor, uno de los dos casi no salió e...
Mencho pasó buena parte de la entrevista fuera de cuadro, pero completamente atento. Border Collie de línea de trabajo, nunca dejó de mirar hacia donde estaban las ovejas. “Eso viene de fábrica”, explicó Adriana Maricel Suárez, criadora y adiestradora de estos perros en San Carlos de Bariloche, mientras señalaba la dirección de la mirada del perro. “Él tiene lo que llamamos instinto de pastoreo. Estas ganas de oveja, de correr, de perseguir, de hacer algo con las ovejas. Esa pasión no se la podemos poner nosotros, la trae”.
La escena resumía bastante bien todo lo que ella intenta preservar desde hace años. Porque Adriana no cría perros “de compañía” ni selecciona animales por estética. Lo suyo es otra cosa. Fue fundadora y expresidenta de la Sociedad Argentina de Perros Arrieros (SAPA), entidad desde la cual impulsó el desarrollo y la difusión del trabajo con Border Collies en sistemas ganaderos.
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“Si yo crío border collie y no priorizo esto, el instinto se va perdiendo con el tiempo”, explicó. Por eso insiste con el concepto de “línea de trabajo”, una selección genética pensada específicamente para el manejo animal.
En regiones como la Patagonia, donde las distancias son enormes y las majadas muchas veces se manejan sobre miles de hectáreas, el perro arriero deja de ser un mero compañero para convertirse en una herramienta concreta de producción.
“Entrás a un cuadro, mandás al perro a mil metros y te trae el rebaño. Vos lo esperás en la tranquera y cerrás cuando pasan”, resumió Adriana. Después tradujo esa lógica al lenguaje actual: “Es como un dron que va y te trae lo que necesitás”.
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La comparación no parece exagerada cuando se ve trabajar a Mencho. El perro sale disparado hacia las ovejas, pero al acercarse cambia completamente la actitud. Se abre, rodea el lote y empieza a moverlo desde atrás. Sin ladridos. Sin corridas descontroladas. Sin golpes.
“Está seleccionado para trabajar con el menor estrés posible”, explicó Adriana. “Va con la cola baja, sin ladrar, intimidando apenas lo necesario para que las ovejas caminen”.
Y ahí aparece un matiz importante. Porque Mencho no es un perro “protector” de ovejas, su función es otra. Él mueve el rodeo. Lo presiona. Lo ordena.
“Las ovejas no lo ven como alguien que las cuida. Él las intimida”, explicó Adriana. “Tiene un andar felino, como una leona acechando. La oveja siente esa presión y camina”.
Mirá la entrevista completa con Adriana Maricel Suárez:
El equilibrio no es sencillo. El cachorro trae el instinto, pero también la torpeza propia de cualquier aprendiz. “Si vos lo dejás, cuando es chico se prende de la lana, quiere morder, quiere correrlas”, contó entre risas. Ahí entra el trabajo de adiestramiento: enseñar control sin apagar el impulso natural.
Por eso Adriana habla de bienestar animal en un sentido amplio. Del bienestar de las ovejas, claro, pero también del perro y de las personas que trabajan con él. Porque detrás de cada perro arriero entrenado hay horas de manejo, paciencia y lectura mutua entre animal y humano.
Y también hay una relación muy particular con los peones y productores que trabajan en el campo. En muchos establecimientos, el perro termina siendo un socio del puestero.
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Quizás por eso, mientras Mencho seguía atento a las ovejas, la charla terminó derivando hacia temas más modernos y bastante menos rurales. Entre bromas sobre la reforma laboral y las nuevas identidades “therian” —esas personas que dicen sentirse animales— alguien deslizó que, viendo cómo trabajan algunos perros, no faltará mucho para que pidan convenio propio.