La historia de la empresa Bonin empezó lejos de las grandes plantas industriales y de los proyectos millonarios. En 1978, tres hermanos que atravesaban una situación económica muy difícil decidieron apostar a la producción avícola con lo poco que tenían: el dinero que obtenían de vender verduras. Casi medio siglo después, la empresa familiar instalada en Colón, Entre Ríos, faena entre 65.000 y 70.000 pollos diarios, emplea a unas 800 personas, y proyecta nuevas inversiones para mejorar su eficiencia y agregar valor a la producción.
“Arrancamos de cero. Con la verdura que vendíamos comprábamos el alimento para los pollos”, recordaron Abel y María Bonin al repasar los comienzos de la compañía, que también integra su hermano Guillermo. En aquellos primeros tiempos tenían apenas 150 aves, las faenaban a mano y las repartían entre los mismos clientes a los que les vendían los productos de la huerta.
El crecimiento fue paso a paso, con trabajo propio y asumiendo riesgos. Primero comercializaron pollos vivos en la zona y después ampliaron su radio de acción, incluso hacia provincias más lejanas, como Tucumán, cuando el transporte y las rutas representaban una dificultad mucho mayor que la actual. Los hermanos hacían prácticamente todas las tareas, desde el manejo de los animales hasta la comercialización.
En 1979 comenzaron a avanzar hacia un esquema de integración, un modelo que con el tiempo se convertiría en una de las características centrales del negocio avícola. Hoy, Bonin cuenta con una estructura que incluye granjas, incubación, fábrica de alimentos y frigorífico, con una escala que contrasta con aquellos primeros pasos familiares.
Pero crecer en volumen ya no es suficiente. La empresa considera que el futuro del negocio depende de incorporar tecnología para mejorar los índices productivos y competir con países como Brasil, que todavía mantiene ventajas de costos. Por eso, uno de los principales objetivos es avanzar hacia sistemas de crianza con ambiente controlado, que permiten mejorar la conversión alimenticia y reducir los costos por kilo producido.
“Si queremos competir con los otros países, especialmente con Brasil, tenemos que buscar eficiencia. Estábamos 15 años atrás”, señalaron. Según explicaron, las inversiones realizadas en los últimos dos o tres años superaron las concretadas durante buena parte de las dos décadas anteriores.
El desafío es financiero: construir un galpón moderno para unos 36.000 pollos puede demandar alrededor de 300.000 dólares. Bonin apuesta tanto a instalaciones propias como al acompañamiento de productores integrados que quieran modernizar sus granjas. La diferencia productiva puede ser decisiva: los sistemas más eficientes permiten ahorrar alimento por cada kilo de pollo producido.
La estrategia también contempla dejar de depender exclusivamente de la venta de pollo entero. La compañía quiere avanzar en productos prefritos y alimentos listos para consumir, un segmento que permite incorporar valor agregado y responder a los cambios en los hábitos de compra. “Si querés quedar en el rubro, tenés que ocuparte de buscar la eficiencia. No hay otra”, resumieron.
A ese desafío se suman costos que presionan sobre la competitividad. La energía eléctrica es uno de los principales problemas, tanto por su precio como por las dificultades para garantizar el suministro en las granjas y las instalaciones industriales. El consumo es especialmente elevado en los sistemas de refrigeración, el frigorífico, la planta de incubación y la fábrica de alimentos.
“Se triplicó en este último año”, advirtieron sobre el costo de la electricidad. Para reducir esa dependencia, Bonin ya instaló paneles solares en varias granjas y analiza alternativas para abastecer sus instalaciones industriales, incluso con baterías que permitan almacenar energía. Sin embargo, reconocen que cubrir el consumo de una planta de gran escala resulta mucho más complejo que resolver las necesidades de una granja.
La carga impositiva y la dificultad para conseguir personal también aparecen entre las preocupaciones. La empresa reclama una reducción de los impuestos provinciales y municipales y advierte sobre la falta de trabajadores dispuestos a incorporarse a determinadas tareas.
De cara a los próximos años, el objetivo de Bonin es seguir creciendo, pero con una lógica distinta a la de sus comienzos: invertir en tecnología, mejorar la productividad y elaborar alimentos con mayor valor agregado. El desafío será hacerlo en una actividad que necesita grandes desembolsos de capital para reducir costos y competir con los principales productores internacionales.
Agro & Campo
Los hermanos Bonin arrancaron de cero vendiendo unos pocos pollos que faenaban a mano: Hoy tienen una avícola con 800 empleados que exporta y apunta al agregado de valor
Fuente: Bichos de Campo