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Frida, Diego, la revolución tecnológica y yo
Hace cien años, cuando Detroit se convirtió en el epicentro de la segunda revolución industrial con la producción en serie de autos Ford T para la naciente clase media, Diego Rivera y su joven y exótica esposa pasaron allí un año entero. El célebre artista mexicano fue contratado por Edsel Ford, presidente de la Ford Motor Company e hijo del visionario Henry Ford, para realizar unos gigantescos murales en el patio central del Detroit Institute of Arts. Un tributo a la pujanza industrial y obrera de la ciudad. Detroit era conocida como Motor City o Motown, cuna de la Ford y de las demás automotrices líderes, como General Motors, Chrysler, Oldsmobile, Buick, Cadillac y Dodge.En esa época Frida era tan solo una hermosa acompañante, más conocida como Frida Rivera o Mrs. Diego Rivera, a la usanza formal anglosajona que solía eliminar no solo el apellido de soltera de la esposa sino también el nombre propio. Frida Kahlo recién se convertiría en un nombre e ícono global con reconocimiento artístico propio a fines del siglo XX, varias décadas después de su muerte en 1954, a la edad de 47 años. Hoy su fama y valor comercial superan largamente el prestigio y la cotización de su marido. Pero de eso hablaremos más adelante.Después de la pandemia visité la antigua capital automotriz a orillas del Río Detroit, junto a los grandes lagos que separan a Estados Unidos de Canadá, en el estado de Michigan. Fui a ver el multimillonario proyecto lanzado por Clay Bill Ford Jr., bisnieto del fundador, para revertir la decadencia de décadas que asedia a la ciudad tras el surgimiento de la feroz competencia asiática. Pero más allá de los autos y triciclos eléctricos, los drones y robots futuristas que se exhibían allí, lo que más me impactó durante mi estadía fueron los murales de Diego Rivera en el Detroit Institute of Art que desconocía. Su monumentalidad, belleza y fuerza pictórica me subyugaron. Sobre paredes de 14 metros de ancho y 9 metros de alto, gigantescas escenas como en un storyboard hiperrealista, muestran el interior de la fábrica de Ford en River Rouge. Legiones de trabajadores atildados con mamelucos de jean y camisas arremangadas se entrelazan en una meticulosa coreografía cuerpo a cuerpo. Vigorosamente y con gran concentración van armando automóviles entre máquinas gigantescas. A pesar de ser un comunista declarado, Rivera muestra a los obreros y gerencia trabajando mancomunadamente. Algo inusual en él. Es una oda a la producción industrial, a la inventiva y el esfuerzo humanos. Sin embargo, coronando el alto muro de entrada al patio, Rivera pintó un hermoso bebe en gestación dentro de una enorme semilla o bulbo vegetal bajo tierra, gruesas raíces lo rodean y acunan plácidamente. En los extremos de esa pared, hay dos cuadros enormes de dos mujeres indígenas desnudas, con sus pechos turgentes rozando las frutas y el trigo que sostienen en el regazo. Un recordatorio de que tanto el ingenio humano, como nosotros mismos y las materias primas que alimentan nuestra producción agraria e industrial provienen de una misma fuente, la Madre Naturaleza. Los murales me impactaron porque Rivera no se dejó cegar por la deslumbrante revolución tecnológica en ciernes. Con una mirada holística o sistémica comprendió que las innovaciones científico-tecnológicas siempre son armas de doble filo, depende para qué se usen: para la vida o la muerte, para el bien común o la dominación de unos pocos sobre las mayorías. Algunos cuadros muestran la promesa y los peligros de la revolución industrial de ese momento: en un rincón un médico de guardapolvo blanco vacuna a un niño; en el opuesto, trabajadores con máscaras fabrican bombas de gas venenoso. En un fresco asoman las bondades del avión de pasajeros; en otro, la amenaza de los aviones de guerra. Desde hace años soy una promotora de la ciencia y la innovación tecnológica como motores del progreso económico y social. Pero cada día me preocupa más que la inteligencia artificial y la biotecnología sin controles se utilicen para la dominación, la guerra, la destrucción de la naturaleza y el embrutecimiento de la conciencia y las virtudes que nos hacen humanos. Hace cien años Rivera lo advirtió. ¿Nosotros lo comprenderemos ahora que la degradación de la naturaleza es un hecho y la IA puede llevarnos a un apocalipsis como confiesan sus propios inventores?Volviendo a Frida y Diego, que son lo central de este artículo, confieso que los Murales Industriales de Detroit me reconciliaron con el maestro mexicano. Lo había tachado de mi lista de artistas por su machismo y desmesura después de leer varias biografías de Frida Kahlo. Recomiendo las de Hayden Herrera, Rauda Janis e Isolda Kahlo, su diario íntimo y la recopilación de cartas personales. Al calvario de dolor físico que ella padeció a lo largo de su vida por un accidente en tranvía que sufrió en la adolescencia, cuando un metal perforó su pelvis y columna dejándola semi inválida, Rivera sumó un interminable tormento emocional por su infidelidades y promiscuidad descontrolada. Bajo sus coloridos huipiles y sus largas faldas indígenas ella escondía un pesado corset, zapatos ortopédicos y una pierna que finalmente tuvo que ser amputada.En sus autorretratos, Frida pintó obsesivamente sus amores, pasiones y sufrimientos. También su alegría de vivir. Y en el centro de su intensa existencia y de su singular obra siempre estuvo Diego, con quien se casó en 1929, de quien se divorció una década más tarde y con quien volvió a casarse un año después. Ninguno podía vivir sin el otro. Residían en casas separadas: ella en la Casa Azul de Coyoacán, él en su taller de San Ángel. Mantenían una relación abierta, ella tuvo muchos amantes, pero los celos siempre los carcomieron. En su autobiografía, Diego Rivera cuenta cuando fue a visitarla por primera vez en la Casa Azul donde vivía con sus padres, ella tenía 21 años y él 42: “No lo sabía en ese momento, pero Frida ya se había convertido en el hecho más importante de mi vida. Y lo seguiría siendo hasta su muerte, veintisiete años después”. Frida Kahlo murió el 13 de julio de 1954 en la cama donde pintó gran parte de sus autorretratos, convaleciente de múltiples operaciones. Se cree que tomó una sobredosis de calmantes. Un año antes hizo su única exposición individual en México. Seguía siendo más conocida por ser la hermosa y temperamental esposa de Diego Rivera que por su arte, respetada por su defensa a ultranza de las causas populares.Como artista, tuvo un breve momento de fama en círculos internacionales en los años 30, cuando el poeta y artista francés André Breton, fundador del movimiento surrealista, se alojó en casa de los Rivera durante una visita a México. Quedó fascinado por Frida y percibió la potencia de su arte. Le propuso organizar una exposición en París, tras su debut programado para noviembre de 1938 en Nueva York. Breton escribió el texto del catálogo de ambas muestras, en el que señaló que la artista era “una surrealista espontánea y auténtica” que manejaba tanto “el humor como la crueldad”. Su aguda definición, “el arte de Frida Kahlo Rivera es un moño alrededor de una bomba”, hará historia. Observemos, sin embargo, que agregó a su apellido el de su marido, para darle más atractivo a la pintora. La revista Vogue reseñó la exhibición con el título: “El surgimiento de otra Rivera”.En 1980 ya casi nadie recordaba a la artista Frida Kahlo. Helga Prignitz, crítica alemana especializada en arte mexicano, cuenta que en 1974 organizó la exposición Arte de la Revolución Mexicana en el castillo de Charlottenburg de Berlín: “Recibimos 1000 préstamos de los artistas más importantes de México: grandes óleos de Rivera, Siqueiros, Orozco y numerosos grabados de Posada, Leopoldo Méndez, Zalce y O’Higgins. De artistas mujeres como Celia Calderón, María Izquierdo y Fanny Rabel; pero ninguno de Kahlo”.A raíz de esa exposición, en 1977 llegó a sus manos la primera biografía de Frida Kahlo, escrita por la periodista y crítica argentina Raquel Tibol. Prignitz la tradujo al alemán y obtuvo un inesperado impacto. “Tibol llegó a México procedente de Argentina para entrevistar a Diego Rivera en mayo de 1953 -cuenta-. A petición de éste, se quedó en la Casa Azul durante varios meses para cuidar a Frida, que estaba gravemente enferma. Las conversaciones entre ellas dieron como resultado esta primera biografía, que traduje en 1979. El pequeño libro de bolsillo con el atípico Autorretrato con el pelo cortado en la portada se convirtió en un libro importante y muy comentado en el movimiento feminista de la década de 1970, e incluso se convirtió en un ícono de dicho movimiento. Fue la primera publicación en Europa sobre Frida Kahlo y atrajo tal atención, que se publicó un artículo en la revista Art que se titulaba: ‘Frida Kahlo. Europa descubre a la mejor pintora de México’. Eso fue en 1980”.En 1982 se inauguró la celebrada exposición Frida Kahlo y Tina Modotti, en la Whitechapel Art Gallery de Londres y luego en Berlín, Hannover, Hamburgo y Estocolmo, con casi 100 obras de la pintora mexicana y la fotógrafa italiana afincada en el país azteca. A partir de entonces su éxito fue imparable. Yo vivía en Nueva York cuando la muestra abrió sus puertas en la Grey Art Gallery de New York University, en marzo de 1983. Mi amiga Francisca Sutil, artista chilena, me sugirió que fuéramos a verla. “No se si te gustará”, me advirtió, “pero ella se parece muchísimo a tí”. El impacto fue muy fuerte al ver sus cejas espesas, unidas en el entrecejo como un pájaro negro sobre sus ojos, sin depilar, igual que yo. Los pómulos salientes, la cara mestiza de rasgos aindiados, los coloridos rebozos y amplias faldas largas como las mías. En mi caso, polleras bolivianas de mi tierra natal o modernas faldas largas de diseño. Las fotos de la adolescencia, sin atuendos ni maquillaje, me sorprendieron aún más por el notable parecido. Durante muchos años me dediqué a leer su diario, sus cartas, biografías y admiré su autenticidad, creatividad desbordante y s
Fuente: La Nación