A River le tambalea la fórmula Riquelme y los puentes con el nombre prohibido ya no tienen barreras

Parece más fácil oponerse a la implacable conducción del fútbol argentino que ganar un torneo. Si el año pasado Estudiantes pudo juntar los dos objetivos, hoy a River le cuesta hasta ilusionarse con lograrlos. Y no porque uno sea causa del otro. A River le cuesta sencillamente porque no se impone, no intimida, no motiva. Es un equipo de jugadores. Como cualquiera, podrá decir alguno. Más que todos, entonces. Llaman la atención sus cotizaciones y sus procedencias: Atlético de Madrid, Benfica, Fiorentina, Palmeiras, el torneo mexicano y la MLS. Si se inspiran, sobre todo Ángel Correa, el fútbol aparece. Pero de a ráfagas, generalmente eclipsadas por rivales más intensos y de funcionamiento aceitado. Es un equipo de jugadores, también, porque no pesa la referencia fuerte del entrenador. Trataron de maquillarlo, pero Leonardo Ponzio no se había preparado para ni quería ser entrenador. Un ejemplo básico: en general los exfutbolistas, cuando se imaginan en el banco, tienen apalabrado a su cuerpo técnico. Ponzio no sumó gente ni de entrada ni luego. A su lado trabaja Marcelo Escudero, de quien corrían versiones sobre un posible alejamiento, y quienes eran sus ayudantes en la reserva. Nadie puede dudar de los conocimientos de aquel sobre un deporte que jugó durante más de dos décadas. Pero es diferente plasmar lo aprendido desde su nueva función.Sea por folclore o por querer diferenciarse, a Stefano Di Carlo no debería sonarle agradable la siguiente comparación: al momento de la salida de Eduardo Coudet, el presidente de River tomó una medida similar a cuando Juan Román Riquelme decidía llenar el vacío en Boca con Mariano Herrón. El que estaba a mano, sin la denominación de interino aunque tampoco con la certeza del ya ratificado oficialmente. Con la diferencia, a favor de Herrón, de que sí este trabajaba como entrenador de y, a favor de Ponzio, de su espalda a partir de su pasado como futbolista. En este sentido, cabría no bastardear a un protagonista de la famosa bandera de los emblemas.Si hace cincuenta días el nombre de Ramón Díaz era uno más de una lista a considerar para el futuro, hoy ya larga solo la carrera. También trasciende el gusto presidencial por el portugués Abel Ferreira. Pero, más allá de que esté dirigiendo al Palmeiras y después de la experiencia del español Pablo Fernández Longoria como manager, no hay margen para continuar con las pretensiones europeizantes. Las intenciones pueden chocar con un día a día que demanda saber del medio, no ponerse a estudiarlo. Se sabe: Ramón rechazó al Corinthians, su hijo Emiliano se dirigió a los hinchas brasileños en una carta en la que expresó que su padre espera vivir un último sueño y Rodolfo D’Onofrio manifestó su conformidad como los adolescentes, con un like. Se sabe menos: aunque sea con lazos indirectos, en este tiempo las partes se acercaron. D’Onofrio está afuera del club y Di Carlo, coinciden quienes verdaderamente lo conocen, tiene la suficiente personalidad como para decidir de manera autónoma. Pero siempre es preferible tomar una decisión que cuente con el aval del padrino político. Nadie puede asegurar que un nombre garantice éxito en este deporte, fundamentalmente en el que se juega en nuestro país. Menos sería la intención desde estas líneas postular a un entrenador. Los límites están para ser respetados. Sólo queda una incógnita: ¿por qué se descartó un resto de 2026 con Ramón si se empieza a reconocer un muy posible 2027 con él? Incluso el ciclo hasta diciembre de Ponzio ya estaría sujeto a algún resultado positivo próximo. Las dirigencias de los clubes más fuertes no escapan de gestiones oscilantes ligadas al termómetro de las redes sociales. Mientras, a River le quedan cuatro partidos de fase regular para después tener por lo menos uno de playoffs. Primero quedó eliminado de la Copa Argentina y luego de la Sudamericana. Esta semana perdió hasta las chances matemáticas de conseguir lo que sólo consiguió una vez en su historia: ser campeón en la Bombonera. Se trataba de la zanahoria del título por la tabla anual, en la que ahora tiene a varios equipos arriba para tratar de clasificarse a la Libertadores. Tampoco se encuentra entre los que se clasificarían a octavos del Clausura porque, está claro, en el fútbol no existe el piso. En lo que refiere al juego, tiene un gran dilema: la columna vertebral, siempre clave, no está firme y a la vez, no usa los costados. Es decir, Santiago Beltrán perdió confianza, Lucas Martínez Quarta nunca la recuperó, Fausto Vera no le ganó el puesto a Aníbal Moreno y Sebastián Driussi no lo pierde por el nivel de los otros nueves. Y paradójicamente, todo sucede por el medio, con lo que cuesta combinar donde más rivales esperan. River juega al gol perfecto. En técnica, igualmente, pocos le ganan. Los problemas empiezan cuando el rival le opone un partido de bravura, molesto; cuando lo despeina.El futuro lo imagina mejor. Por un lado, el torneo le da la posibilidad a un equipo en crisis en octubre de festejar a comienzos de diciembre. Por otro, lo cual podría ejemplificarse con Thiago Almada, se supone que en algún momento las calidades individuales harán diferencia. Sucede que debe resultarle difícil al hincha ilusionarse con el mediano plazo, ni hablar con el largo, ante tantos problemas en el corto.

Fuente: La Nación Deportes