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Dejó su trabajo a los 50 y tuvo que reinventarse para asegurar su jubilación: “En mi casa, en jogging, pensaba qué fuerte esto”
Myriam Melechenko (58) nunca terminó la universidad. Temas familiares y una necesidad laboral la llevaron a tomar la decisión de dejar los estudios con el plan de retomarlos más adelante, pero nunca lo hizo. Trabajó durante 30 años en el mundo corporativo. Casi 26 años los pasó dentro de un grupo empresario pasando por distintas áreas, formándose y llegando a ser líder de sistemas. Pero llegó un momento en que necesitaba un cambio y arregló una buena salida económica con la empresa que era su segundo hogar. A tres días de cumplir 51 años, decidió dar un cambio en su vida. “Me tomé unos días para acomodarme y después para comunicárselo a mi equipo y tuve una salida excelente”.“Me quedé en jogging en mi casa”La primera mañana que se despertó sin tener que ir a trabajar fue una extraña sensación. “La rutin era levantarme temprano, subir al auto e ir a trabajar, eran tiempos de presencialidad todos los días. Pero esa mañana me levanté, me quedé en jogging en mi casa tomando mate y dije ¡ay, que fuerte esto! salí, me quedé al sol, es como que empezás a procesar la información de a poco", recuerda Myriam. Le llevó un tiempo procesarlo y tomó la decisión de que iba a disfrutar de aquel momento. “No me bajoneé ni nada de eso, lo tomé como una oportunidad, lo llevé bien”, asegura. Al retirarse, el trabajo le ofreció durante cuatro meses un programa de Outplacement con una consultora. “Cuando entrás al programa te preguntan qué querés elegir, si reinsertarte en el mundo corporativo o independiente. Tenía un coach individual con una sesión semanal, reuniones y programas en los que te anotabas en una agenda, por ejemplo cómo mejorar tu Linkedin, reuniones de contención emocional, y otras”, explica Myriam. Conoció y formó un grupo de profesionales con los que unió lazos, donde surgen oportunidades y consejos mutuos. Myriam decidió que quería armar un emprendimiento, pero necesitaba un tiempo para saber si era viable pagar las cuentas trabajando como independiente o si necesitaba volver al mundo corporativo. Entonces se tomó ocho meses para armar su propia marca. “¿Qué vas a hacer con tantos vestidos?”A Myriam siempre le preocupó su jubilación, entonces mientras trabajaba en la empresa fantaseaba con la idea de construir algo en paralelo que le quedara para ella en el futuro, cuando se jubilara, “y para no perder el estímulo del día a día, no me voy a sentar a mirar por la ventana, soy muy inquieta”, describe de sí misma. En una época vendía ropa con una amiga, y en el 2018 egresó su único hijo del colegio y se dio cuenta de que no tenía un vestido para usar y lo que le ofrecían no le convencía para la ocasión, era un vestido para casamiento o un estilo urbano, ella quería un punto medio. Así fue como se enteró de que había sitios que alquilan vestidos de fiesta, un negocio que para los hombres con los trajes está en marcha. A Myriam la idea de aquel negocio le interesó, le pareció rentable y sustentable. Además era la solución a la opción de comprar un vestido al que le daría un único uso. Cuando hizo el programa de Outplacement reflotó la idea que le venía resonando en su cabeza y dio vida a su propio emprendimiento: Prusia Catalina. Sacrificó el living de su casa y armó un showroom. Al principio a su hijo le costaba entender la esencia del emprendimiento, “Mamá, ¿qué vas a hacer con tantos vestidos?“, le preguntaba. Su entorno en general cuestionaba la decisión del cambio a los 50 años, pero Myriam confiaba en ella, en su capacidad, en su profesionalismo y en que si necesitaba volver a trabajar en una empresa su experiencia y sus capacidades la ayudarían a encontrar un nuevo trabajo más allá de su edad.“Me salvaste la fiesta”Myriam hacía malabares con las finanzas para sostenerse. Al principio recibía vestidos de donaciones de amigas y familia, las mamás del colegio hacían de modelos para las fotos, pero luego hizo una pequeña inversión de stock de vestidos y hoy afronta gastos para la producción de fotos. Con el tiempo pudo mudar el showroom a la estación de Ramos Mejía en un espacio propio. Al tenerlo separado de su casa también le permitió tener descanso porque entonces la opción de aceptar que alguien pasara un domingo por su casa ya no estaba disponible. “Los vestidos están impecables, la verdad que tengo re buenas clientas que cuidan mucho los vestidos. Para renovar el stock hago dos ferias y vendo vestidos en circulación, con ese ingreso compro vestidos nuevos, tengo algunos nacionales y otros de España, disfruto mucho de viajar. Compro en liquidación porque sino no recupero el costo con los alquileres. Compro vestidos que sean un caballito de batalla que sé que lo alquilo cinco veces y recupero el costo”, explica Myriam. No tiene vestidos seriados en colores y talles porque sabe que cada mujer es diferente, buscan algo distinto y no quieren estar vestidas igual al resto de las invitadas a la fiesta, ese es el plus por el que sus clientas la eligen. Tiene variedad de talles, trabaja hasta el 2XL. “Algo que me pasa mucho con las clientas, que para mí es súper reconfortante, cuando me dicen “me salvaste la fiesta”. Me pasó este fin de semana con una clienta que le presté unos vestidos, fue muy especial porque la mamá no podía moverse mucho, entonces le dije te presto los dos vestidos, fijate si le van, después me los traes. Y eso para mí es como brindar un servicio que va más allá de lo comercial, pasa por lo humano y eso vuelve de una manera tan agradecida que te llena el alma", relata Myriam emocionada. “El día que me jubile voy a tener otro ingreso asegurado”El negocio que empezó con vestidos que le daban sus conocidas terminó creciendo y con una cartera con clientes de siempre y nuevos que se van sumando. Pero Myriam era consciente de algo importante: todavía le faltaban aportes para jubilarse en forma de relación de dependencia, y si bien el emprendimiento estaba creciendo, todavía no le daba lo suficiente para pagar todas las cuentas mensuales.En enero del 2020 decidió buscar algo corporativo en paralelo, y a la primera entrevista le ofrecieron el puesto en una consultora de sistemas. Sin imaginarlo, Myriam empezó a trabajar en el momento justo porque con la llegada de la pandemia, dos meses más tarde, llegaba también la suspensión de eventos por un largo tiempo y con ello, su emprendimiento quedó frenado. Mantener sus dos trabajos implica un mayor sacrificio. “De lunes a viernes de 9 a 18 horas trabajo en una consultora, separo muchísimo un trabajo del otro, entonces me levanto temprano y me acuesto tarde. El sábado estoy todo el día atendiendo en el showroom y a veces algún domingo. El emprendimiento creció y eso me lleva a tomar responsabilidades extras pensando más que nada en que el día que me jubile voy a tener otro ingreso asegurado que ya está armado”, explica Myriam. Cuando volvió al trabajo corporativo volvió a la tranquilidad de tener un sueldo el primero de cada mes, poder pagar las cuentas, tener obra social. Myriam está tranquila de que podrá completar sus aportes jubilatorios, le falta un año y medio para jubilarse. “Creo que ahí veré, depende con lo que me jubile, si sigo haciendo consultoría aunque sea pocas horas en forma independiente o me quedo solo con el emprendimiento”, analiza a futuro. “Hoy al emprendimiento no lo exploto al 100% por una cuestión de tiempos, a veces pierdo alguna clienta porque me escriben para decirme que están en Ramos pero yo estoy en mi casa trabajando”, admite Myriam. Para ella haber llevado a cabo el cambio en su momento fue un alivio, estaba muy cargada de estrés, ahora la experiencia de su edad la ayudó a regular distinto y equilibrar el trabajo. No cree que podría haber emprendido antes, sus 25 años eran los de otra generación, “teníamos un compromiso terrible con la empresa donde trabajabas a diferencia de las generaciones de hoy. A mí me ayudó a crecer, no cambiaría nada de todo lo que hice”, concluye feliz.
Fuente: La Nación