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Las comunidades del norte que reciben huéspedes y comparten su vida cotidiana
El valle Calchaquí, en el noroeste argentino, es un área rica por su pasado ancestral. Allí viven decenas de comunidades que rescatan sus tradiciones en el día a día. Algunas se lanzaron a esta particular versión de turismo rural comunitario, una iniciativa que busca revalorizar sus raíces y convertirse en una fuente de recursos alternativa, que intenta además preservar el medio ambiente y la historia. Propone visitar a las poblaciones ancestrales, alojarse en su interior y participar de su vida cotidiana.Visitamos dos pueblos: Talapazo, con una propuesta consolidada, y El Pichao, en proceso de fortalecimiento. Ambos son dueños de una interesante riqueza patrimonial y están habitados por gente dispuesta a compartir con los que llegan.Pueblos y proyectos “Hace un tiempo detectamos que el turismo rural comunitario se había convertido en una tendencia mundial, una modalidad que empezó a crecer también en nuestro país”, cuenta Rita Carrizo Sobrino, jefa del departamento de gestión de ofertas y destinos turísticos del Ente Tucumán Turismo.En esas circunstancias, hace ya unos años, el Ente comenzó a trabajar de manera interdisciplinaria con otras instituciones gubernamentales para detectar y capacitar comunidades que tenían potencial para sumarse: paisaje, sitios arqueológicos, tradiciones, quehaceres.“Nuestro trabajo es acompañarlos en el desarrollo del proyecto, fortalecer sus capacidades, poner en valor la cultura, hacerles saber que su cotidianeidad tiene una importancia mayor que la que imaginan y que se puede convertir en una experiencia turística”, cuenta Carrizo Sobrino.Desde el Ente se capacita a las comunidades con talleres de temas diversos: primeros auxilios, hotelería, agricultura, etcétera.Además de Talapazo, el pueblo que tiene la propuesta más armada de la región para recibir turistas, ahora están trabajando en El Pichao y Tiu Punco, sitios que ya ofrecen algunas actividades al turismo.“Hace poco iniciamos con Anfama, una comunidad aborigen muy conocida por los amantes del trekking de larga duración, ubicada en un recorrido que une Yerba Buena con Tafí del Valle. Ellos ya cuentan con los albergues de montaña. La idea es que el pueblo no sea solo una zona de paso para los caminadores, sino que puedan mostrar otros aspectos que inviten a quedarse. Llamativamente –concluye Carrizo Sobrino– tiene su escuela secundaria con orientación turística.”La ciudad sagrada, el principio de todoDesde San Miguel de Tucumán hasta Talapazo hay que transitar unos 200 km, que llevan un poco menos de cuatro horas. Dejamos atrás el verdor de Tafí del Valle y pasamos por Amaicha del Valle. Después de tomar la RN 40, un cartel anuncia la proximidad de la Ciudad Sagrada de los Quilmes. Un pequeño desvío sobre la ruta conduce a este increíble pueblo. Fue uno de los asentamientos prehispánicos más importantes de la región y se cree que estuvo habitado desde el 880 d.C.Resulta imprescindible detenerse allí para admirar la potencia de esa cultura y entender lo que vamos a vivir. Vale la pena recorrer la ciudad con atención, no solo por su riqueza patrimonial sino para ubicarse en el pasado de los pueblos que visitaremos: saber de dónde vienen. Los arqueólogos creen que en el siglo XVII esta comunidad había alcanzado un alto grado de desarrollo social y económico, un hecho que hace pensar en una población de 3000 individuos en la zona urbana y otros 10.000 en los alrededores.El sitio está manejado por la comunidad india quilmes; cuenta con circuitos para recorrerlo y un maravilloso centro de interpretación, esos que no aburren y te sumergen de cabeza en el pasado.Los quilmes ofrecieron una de las resistencias más aguerridas a la colonización española durante casi cien años de lucha, hasta que fueron vencidos y enviados a pie a Buenos Aires como castigo.La vida en TalapazoUn poco más adelante, en el km 4301 de la RN 40, hay que desviarse y hacer 8 km de tierra para llegar a Talapazo. Es clave no transitar por ahí si llueve y hacerlo despacio con un auto bajo.Paola Agüero, responsable del comedor, nos espera con un grupo de vecinos. Allí recalan los viajeros que se animan a experimentar la propuesta de turismo rural comunitario que ofrece el lugar. Compartimos una humita deliciosa, mientras nos cuentan que iniciaron el proyecto hace unos ocho años. Aquí viven 25 familias de la comunidad india quilmes. La mayoría se dedica al cultivo de la tierra y a la cría de animales. Antes, una mina de mica daba trabajo a sus habitantes, pero hace rato que ya no funciona. Entonces, un grupo de talapaceños se lanzó a la aventura del turismo. Hoy cuentan con seis hospedajes: algunas familias construyeron un cuarto con baño privado y ofrecen todos las mismas facilidades. Se capacitaron con cursos que les facilitó la provincia en esto de recibir y hoy son anfitriones con todas las de la ley.Sandro Llampa, delegado de la comunidad y guía, nos conduce hasta La Loma, un sendero que sube por la sierra de Quilmes y avanza custodiado por grandes cardones y algarrobos.Desde lo alto se puede ver una panorámica del pueblo construido en la zona agrícola de la antigua comunidad que excedía con creces al Talapazo actual. Aquellos andenes de cultivo cobran hoy nueva vida con el trabajo de los actuales pobladores. Las pircas con enramada sobre la parte superior evitan que los cabritos salten el muro de piedra y se escapen. Aquí y allí van apareciendo las casitas.El centro urbano de los antiguos habitantes estaba más cerca de la ruta de acceso y es un tesoro arqueológico que visitaremos al día siguiente.La Madre TierraEn el punto más alto del recorrido nos detenemos para hacer una corpachada, una ofrenda de vino que riega la tierra. La ceremonia se lleva a cabo alrededor de la boca de la tierra que solo se abre una vez al año, el 1 de agosto, día de la Pachamama. Ahora pedimos permiso a la Madre Tierra, agradecemos y seguimos adelante. El alto es la oportunidad para que Sandro cuente cómo viven el Día de la Pachamama. Una celebración que inicia la noche anterior –el 31 de julio– con sahúmos para purificar los cuerpos, cantos y un yerbeado que tiene idéntica finalidad, alrededor de una fogata comunitaria. Al amanecer, todos regresan a casa para sahumar los ambientes; lo hacen con ruda y agua que corre de ríos, nunca agua quieta. Luego, con lo mejor que tienen y que han guardado durante el año, suben al sitio donde realizan las ofrendas para agradecer todo lo recibido a la Pacha, un ritual que dura hasta el atardecer cuando se pide por el año que acaba de iniciar. Hay que recordar que, en el calendario aborigen, el 1 de agosto indica el comienzo del año.Además del almuerzo comunitario, esa jornada se realiza una actividad muy peculiar: la lectura de la piedra. “Todos bajamos al río —cuenta Sandro— para saber cómo será el año que acaba de empezar”. Para leer la piedra es necesario estar conectado con la naturaleza. “No se trata de cualquier piedra, la piedra viene a vos”, explica Llampa. Interpretar lo que la piedra dice implica un conocimiento especial que permite ver en las formas humedecidas si habrá sequías o lluvias, cuánto durarán, cómo se alternarán y en base a eso planificar la vida.“¿Y las predicciones se cumplen?”, pregunto, incrédula. “Casi siempre, sí”, responde Sandro.Seguimos adelante; el camino avanza flanqueado de cardones gigantes, una variedad tucumana cuya agua no es potable como la de otras. Solo se usa el fruto, la pasacana, para dulce y arrope. Un cacique, muchos delegadosDurante el recorrido, los temas se van hilvanando y Sandro intenta satisfacer nuestra curiosidad. Nos cuenta sobre la existencia de un estatuto que rige la vida del pueblo y que obliga a sus miembros a una serie de tareas comunitarias. Básicamente, la limpieza de las acequias de riego y el mantenimiento de un tramo del camino de acceso. A cada familia le corresponden unos 120 metros de ruta que deben conservar en buen estado. Incumplir estas reglas trae una sanción: el corte del agua de riego, el peor castigo en estas tierras.Talapazo responde al cacique de Quilmes que es el representante legal. A su vez está el consejo de delegados, uno por cada localidad. Cada decisión que involucra a una comunidad requiere convocar a una reunión de base. “Nosotros somos la voz del pueblo, no podemos tomar decisiones sin consultar. La autoridad máxima y soberana es la Asamblea General Comunitaria”, concluye. Esta asamblea se convoca por norma una vez al año y luego de manera extraordinaria cada vez que sea necesario. Todos pueden participar.También nos explica que los pobladores pueden solicitar la propiedad de la tierra que habitan, una solicitud que debe tener el aval en conjunto del cacique y la comunidad para que tenga validez.Ceremonia del café, fogón y arqueologíaAl atardecer, Rubén Soria nos invita a una degustación. Así probamos café de higo, de algarroba y tusca. Primero nos muestra cómo muele los frutos —previamente tostados en horno de barro— en una pecana, una suerte de mortero poco profundo. Luego prepara la infusión; todos aprendemos sobre estos sabores nuevos.Cae la noche y encienden un gran fogón. Hace frío. El calor de las llamas nos anima. Sandro invita con un yerbeado hecho con cedrón, arcayuyo, muña, burrito, ruda, verbena y aguardiente. El tazón pasa de mano en mano y cada uno debe beber siete sorbitos: el primero más largo, el resto breve. Es un ritual de purificación que despega todo lo malo que tenemos dentro.La caja suena con un tun tun característico; cada región tiene su ritmo. La música, el fuego y la bebida crean un clima ideal para escuchar a Judith, la mujer de Sandro. Con una voz envolvente y un decir pausado va narrando historias que describen las creencias de su pueblo. Hablan de la Pacha, la Madre Tierra, del amor por los suyos, de su afán por enseñar: “Ella no castiga, da grandes lecciones”, revela Judith. “Son historias que ya contaban nuestros abuelos y vienen de muy antiguo”. Nos quedaríamos hasta la madrugada escuchándola. Al final, un bombón de dulce d
Fuente: La Nación