Fue electricista durante 35 años, pero se enamoró de los peces y cambió de vida: En Apóstoles, Alfredo tiene una chacra con doce lagunas y cría 14 especies diferentes

Uno puede llegar a un lugar buscando una cama y un poco de tranquilidad, y terminar encontrándose con una historia productiva que merece ser contada. Eso sucedió a Bichos de Campo en una chacra kilómetros de Apóstoles, en Misiones. Entre árboles, frutales y cabañas apareció un conjunto de lagunas que enseguida despertó más curiosidad que la necesidad de alojamiento.
Al frente de este proyecto llamado CampoSanta Evelyn está Alfredo Ostapowicz, nacido y criado en Apóstoles y descendiente de una familia ucraniana que lleva varias generaciones en la zona. Durante 35 años trabajó en electricidad, en la ciudad que además es la capital nacional de la >yerba mate. Pero hace unos diez compró esta chacra y comenzó a construir una vida bastante diferente.

La primera idea era hacer una laguna. Alfredo hizo cuatro de entrada. Después siguió.
“Ahora ya son doce lagunas en total y tenemos catorce especies de peces”, contó a Bichos de Campo. La explicación de semejante entusiasmo es bastante sencilla: “Me encanta estar con estos peces”.
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No solo se nota que Alfredo es laburador sino también bastante creativo e ingenioso. En apenas cinco hectáreas conviven ese criadero con tres cabañas para turistas y un parque con numerosas especies de plantas y frutales, además de una granja con animales. Hace casi tres años, frente a semejante desafío, dejó definitivamente la electricidad para dedicarse al lugar. Hoy también vive allí.
La piscicultura comenzó como una actividad que lo atraía y fue tomando dimensión productiva. Ahora los pescados abastecen a quienes se alojan en las cabañas y quieren probarlos, pero también se venden en diferentes comercios de Apóstoles. Según Alfredo, el pacú es el que tiene mayor salida.
En las lagunas hay además dorados, bogas, distintas familias de carpas, bagres y hasta tilapias, la apetecida especie que tiene una carne blanca, semejante a la merluza. Pero no todo es para comer. También hay carpas koi, esos peces de colores que suman otro atractivo al paseo. La diversidad refleja la curiosidad de un productor que sigue aprendiendo y buscando maneras de mejorar su manejo.

Por eso Ostapowicz llegó a viajar a Toledo, en Brasil, para participar de una capacitación en piscicultura. Allí encontró establecimientos dedicados a la tilapia y una enseñanza que parece servir para cualquier producción: “Hay que hacer bien los deberes, hay que hacer caso al que sabe, al que ya crió”.
Uno de los cambios que destacó fue el uso de tilapias con reversión sexual para trabajar con lotes de machos. Según explicó, eso permite evitar la reproducción dentro de la laguna y concentrar el manejo en el crecimiento y el engorde. En su experiencia, la multiplicación de los peces había sido una dificultad para lograr ejemplares de buen tamaño.
El aprendizaje también tiene una pata cercana. Alfredo contó que comenzó trabajando con la yerbatera Romance, que también desarrolla piscicultura con la cría de dorados y pacú. y de la cual obtiene alevines para su criadero. Ese vínculo incluso lo llevó a participar de las exhibiciones de peces que aquella firma misionera realiza en la Exposición Rural de Palermo.
Le divierte recordar cómo, en medio del gentío de aquella muestra porteña, los visitantes se detenían frente a las peceras con dorados, pacúes y bogas. “Es realmente fascinante cómo la gente se queda copada”, describió.
Una familia, dos pasiones: De la tradición yerbatera a la piscicultura, hay un proyecto misionero fuera de lo común que se prepara para exportar surubí y dorado a Brasil

 
Pero una cosa es despertar curiosidad y otra conseguir que el pescado se haga un lugar habitual en la mesa. Alfredo considera que ese sigue siendo un desafío, incluso en una provincia donde los ríos y lagunas forman parte del paisaje y de la identidad.
“Estamos acostumbrados a comer pollo, cerdo o vaca, pero el pescado cuesta”, planteó. Su apuesta es que la producción local vaya encontrando consumidores, más allá de los turistas que llegan a las cabañas.
Para ese desarrollo hay otro eslabón importante: la faena. Según relató, Apóstoles cuenta con una pequeña planta impulsada por la Municipalidad, a la que los productores pueden llevar sus peces para realizar la limpieza y el fileteado. En su caso, los retira de las lagunas con redes y los transporta en un contenedor con hielo hasta ese establecimiento.
“El tema de la faena sucia se hace en un lugar donde corresponde”, explicó. La posibilidad de contar con ese espacio acompaña a una actividad que, de acuerdo con su estimación, reúne a unos 24 productores en la zona, varios de ellos recién iniciados.

El agua es el recurso alrededor del cual Alfredo organizó toda la chacra. Las vertientes nacen dentro del campo y la diferencia de altura permite distribuirla por gravedad, sin necesidad de bombas. Él mismo diseñó un canal que abastece las lagunas; luego el agua continúa hacia un arroyo al fondo del predio.
Sin embargo, tener agua no resuelve todo. El invierno puede convertirse en un problema serio para el criadero. Alfredo lo aprendió con una pérdida que todavía recuerda: una laguna completa, con 3.200 pacúes, murió durante un episodio de frío. Esa especie suele detener su crecimiento en invierno, pero no puede soportar durante mucho tiempo temperaturas muy bajas.
Según contó, en aquel episodio se combinaron heladas, días nublados y viento sur. Sin sol suficiente para recuperar temperatura durante el día, el agua siguió enfriándose.
En los meses cálidos sucede lo que más le gusta observar: los peces comen y crecen. “En diciembre es cuando comen realmente. Nos encanta, porque si comen quiere decir que crecen”, resumió.

Fuera de las lagunas, su entusiasmo continúa entre los frutales. Tiene ejemplares de siete capotes (Campomanesia guazumifolia) y distintas variedades de pitanga. Tiene tantas especies que admite una tarea pendiente: sentarse a contarlas y anotarlas.
Peces, árboles, huéspedes y el cuidado del parque terminaron ocupando el tiempo que antes dedicaba a la electricidad. Cuando se le preguntó si se había enamorado de esa actividad y de la vida en el campo, no necesitó pensarlo: “Totalmente, totalmente”.

Antes de despedirse, quedó una última pregunta: por qué el lugar se llama Santa Evelyn. Allí nos emocionamos todos con la respuesta.
Alfredo explicó que el emprendimiento lleva el nombre de su hija, que falleció cuando tenía un año. En esa chacra donde eligió vivir, trabajar y recibir a otros, también está su recuerdo. Allí, el rinde culto a la vida.

Fuente: Bichos de Campo