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Gabriel Abolsky presenta su primer libro: “Quería escribir sobre la elasticidad del tiempo subjetivo”
“En un simple viaje en ascensor puede caber un universo entero”. Así comienza la sinopsis de Una travesía en ascensor (Editorial Autores de Argentina), el nuevo libro del escritor argentino Gabriel Abolsky. Publicado en septiembre de 2026, combina relatos de ficción con humor y reflexiones sobre el comportamiento humano.En diálogo con LA NACION, el autor detalló cómo fue su proceso de escritura y qué lo inspiró a la hora de sentarse a crear su primer libro. “No busco que todo sea verídico, sino verosímil: que el lector acepte las reglas del relato y me conceda esa suspensión de la incredulidad”, señaló.Abolsky, oriundo de Buenos Aires, también adelantó lo que le depara el futuro de cara a nuevas obras: “Este es el primero de cuatro. El segundo ya está en la editorial, y tengo que terminar de corregir el tercero y el cuarto para enviarlos. Todos son cuentos cortos, pero con características diferentes”. —¿Cómo surgió la idea de escribir “Una travesía en ascensor”? ¿Tuviste una experiencia concreta que disparó la escritura? —El punto de partida fue una idea más que un episodio concreto: quería escribir sobre la elasticidad del tiempo subjetivo. Hay acontecimientos intensos que recordamos como si hubieran transcurrido en cámara lenta; en cambio, una espera larga e intrascendente puede borrarse de la memoria como si no hubiera pasado nada y el tiempo hubiese volado. Me interesaba llevar esa diferencia al extremo. —¿Los relatos nacieron como historias independientes o desde el comienzo lo imaginaste como un libro que los compilara?—Desde el principio lo imaginé como un libro. Los primeros 27 cuentos son recuerdos que desfilan ante mí con una lentitud exasperante durante los diez segundos que tarda en cerrarse la puerta del ascensor. El último invierte el mecanismo: allí aparece la ansiedad de que el tiempo pase rápido. Son relatos independientes, pero con cierta continuidad de conceptos, personajes y trama. Quería que fueran amenos y que, de vez en cuando, dejaran alguna idea para pensar.—¿Por qué elegiste el ascensor como imagen central?—Me gustó el contraste entre el ascensor, un vehículo que hace viajes rutinarios y breves, y la idea de una travesía que evoca aventuras, caminos e incertidumbre. En esos pocos segundos de un recorrido cotidiano puede desplegarse una experiencia subjetiva inmensa—¿Cómo te diste cuenta de que el libro estaba terminado?—Primero tuve que darme cuenta de que estaba escribiendo un libro. Al principio enviaba un cuento diario a un pequeño círculo de amigos y familiares. Un día mi padre me escribió: “Hoy no mandaste ninguno, extraño el cuento diario”. Ahí me imaginé lo que habrá sentido Scheherazade (personaje de Las mil y una noches): había creado una expectativa y tenía que seguir contando. Entonces le pedí a la escritora Silvina Marsimian que corrigiera mis textos y me enseñara técnicas del oficio, por si algún día se convertían en un libro. Me di cuenta de que ese libro estaba terminado cuando los cuentos nuevos empezaron a pedirme otros temas y otro tono. La escritura continuó, pero ya era otro proyecto. El segundo libro, de cuentos con un humor algo más oscuro, está en edición; también estoy trabajando en una colección de ficción histórica y otra sobre engaños y golpes bajos.—¿Cuánto hay de observar la realidad y cuánto de ficción en los personajes y las situaciones que aparecen en el libro?—Hay de todo. Algunos relatos son anécdotas 99% reales; otros son 100% inventados. No busco que todo sea verídico, sino verosímil: que el lector acepte las reglas del relato y me conceda esa suspensión de la incredulidad. Confieso que las apariciones de [Jorge Luis] Borges, el Dalai Lama, los Beatles y Richard Feynman son ficticias, pero, por fortuna, hasta ahora ningún lector me pidió pruebas.—¿Cuál es tu método para escribir? ¿En quién te inspirás?—A veces parto de la frase inicial. Por ejemplo: “Nuestro perro no sabía que era perro. Nunca lo supo”, de “El pacto”. Otras veces parto del remate, como en “Chantas”: “Yo me quedo con el astrólogo. Nos da el mismo resultado que el asesor financiero pero nos cobra la décima parte”. Empiezo a escribir cuando ya tengo la idea bastante formada. En los cuentos cortos que hago, prefiero saber hacia dónde voy; no me gusta que el texto navegue sin brújula. Después viene el trabajo de ajustar y revisar. Una vez me preguntaron cuánto tardo en escribir una página. Respondí que dependía del tamaño de letra que estuviera usando. Hablando en serio, escribo rápido porque la idea ya está formada en mi cabeza. Según Silvina, eso se nota en los diálogos, que resultan ágiles y naturales.—¿Qué tipo de lector sos? ¿Qué libros o autores sentís que dejaron marca en tu forma de escribir? —Leo libros de temas variados, aunque no todos los termino. Pero los abandono con tranquilidad porque me tomo en serio un consejo de Borges: “Si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lo lean porque es antiguo”. Por ejemplo, no sé cuántas veces intenté leer Ulises, de James Joyce, en inglés y en castellano. Siempre lo abandoné a las pocas páginas. Entre mis influencias literarias están Borges, Bioy Casares, Cortázar y Horacio Quiroga, a quienes dediqué algunos cuentos; también Abelardo Castillo, Fontanarrosa, Sarmiento, Poe, Elías Canetti, Dostoievski y Kafka, entre otros. Pero no solo me influyeron escritores: también creadores como Chaplin, Monty Python y Benny Hill, que me enseñaron mucho sobre el humor, el ritmo y la sorpresa.
Fuente: La Nación