La gratitudes: atmósferas, grandes actuaciones y una conexión profunda con el público en una adaptación teatral de un bestseller

Autor: Delphin de Vigan. Versión: Juan Tupac Soler y Federico Martínez. Dirección: Juan Tupac Soler y Federico Martínez. Intérpretes: Beatriz Spelzini, Javier Lorenzo y Antonia Bengoechea. Vestuario: Paola Delgado. Escenografía: Santiago Badillo. Iluminación: Diego Becker. Música: Ismael Pinkler. Sala: Teatro El Picadero, Enrique Santos Discépolo 1857. Funciones: Jueves, a las 20, y viernes, a las 22. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: Excelente.Aunque todo lo que se cuenta en un escenario es siempre ficción y las obras son, de alguna manera, una arquitectura enorme de la mentira, las noches de buen teatro emerge la sensación de que las grandes verdades acontecieron. En un punto, las artes escénicas son tan poderosas porque no dejan espacio para una verdad a medias. Sucede ante nuestros ojos, unos cuerpos vivos frente a otros, es un territorio de todo o nada. En Las gratitudes, la adaptación teatral de la novela de la reconocida escritora francesa Delphine de Vigan, ese presente instantáneo y eterno se instala con una atmósfera emocional que transporta al público a un estado nuevo, de vida potente, muy difícil de capturar y del que uno quisiera no salir nunca. Con dirección y adaptación de Juan Tupac Soler y Federico Martínez, la decisión de llevar a la escena una novela que fue éxito de ventas y que tiene una enorme popularidad a nivel internacional es siempre un riesgo. Sucede lo mismo cuando se estrena en el cine una historia icónica de la literatura: la experiencia que el lector imprimió con su imaginación nunca será la misma que se muestre en el mundo audiovisual. Pero estos directores encontraron los núcleos fundamentales que constituyen la esencia de la novela y los llevaron a escena como un teatro de estados: la emoción, las miradas, los silencios, los contactos físicos sutiles y sensibles son la potencia de eso que la escritora buscó transmitir con sus palabras. De Vigan tiene una escritura contenida y depurada. Trabaja con una prosa aparentemente sencilla, sin grandes artificios. En Las gratitudes, esa economía es coherente con la historia: hay pocos personajes, un conflicto muy concentrado y una narración breve. La novela se concentra en situaciones y vínculos humanos esenciales y los diálogos son claves, ya que la conversación es parte constitutiva de la historia y de ahí su gran potencial para llevarla a escena. En la historia, Michka es una mujer mayor que vive en un geriátrico y comienza a perder las palabras. En las charlas junto a Marie (su hija adoptiva) y Jerónimo (el fonoaudiólogo que la ayuda a recuperar algo del lenguaje) comienza a recordar su historia. En ese recorrido aparecen la infancia atravesada por la guerra, los afectos que salvan y esas personas a las que, de una manera u otra, les debe la vida. Beatriz Spelzini, Javier Lorenzo y Antonia Bengoechea son los intérpretes de este relato que sobre todo les pide una actuación sutil, conectada con el otro, sensible, atenta a cada silencio, mirada y con una conexión profunda con el sentido de aquello que se dice. Lorenzo y Bengoechea oscilan entre el diálogo con Michka (Beatriz Spelzini) y una voz narradora omnisciente, que habla al público y dice algo de ellos: lo qué siente sobre su trabajo, cómo conectan con los pacientes y el reconocimiento de una enfermedad que avanza y acerca a Michka cada vez más al silencio. Es un gran acierto de la dirección permitirse esos monólogos que imprimen la huella enorme de la literatura y la narrativa en este espectáculo, como también que los personajes no salgan de escena de una manera clásica, sino que se queden a un costado, observen, fumen y continúen orbitando alrededor de ese planeta latente que es la protagonista. A Beatriz Spelzini le toca interpretar la vejez y esa pérdida de la autonomía, esa lucha por encontrar las palabras y lo hace con muchísimo humor y sensibilidad a la vez, entrega su cuerpo para esa transformación y luego recupera una inesperada vitalidad cuando sueña. Su trabajo es pregnante, al igual que el del resto del elenco, todos trabajando en un lenguaje común. Si esta historia se construye en los detalles, también tiene lo suyo el delicado trabajo de iluminación de Diego Becker, que genera climas y crea pequeños tesoros luminosos, con la luz que sale de un velador, o el respaldo de la cama. Todo en sintonía para trabajar este teatro de atmósferas que es Las gratitudes. Un punto que está al límite en este espectáculo es la música, el gran hilo emocional de la vida, que por momentos también es un instrumento de subrayado: esta obra, por la potencia de las actuaciones, no lo necesita. El resto, es la extensión de esa gratitud que está en la novela, continúa en la adaptación y llega al público: la gratitud por haber sido salvados, un rato, del lado profano de la vida. 5 stars

Fuente: La Nación