Umberto Pizzi, adiós al último paparazzo de la ‘dolce vita’: su foto mejor vendida, la que nadie quiso y sus choques con celebridades

Umberto Pizzi, el último de los grandes paparazzi que registraron la dolce vita de Roma con sus fiestas y celebridades, murió el pasado martes en la capital italiana, a los 88 años. Dejó tras de sí una carrera de casi 60 años en la que sacó alrededor de dos millones de fotos que narran, a su modo, parte de la historia de Italia.Activo y vigente hasta una edad avanzada, Pizzi fue una verdadera leyenda de la fotografía. Entre las figuras que retrató se encuentran sus connacionales Marcello Mastroianni, Sophia Loren, Mónica Vitti y Vittorio Gassman. Pero también apuntó su lente a estrellas internacionales que visitaban la Ciudad Eterna, como Elizabeth Taylor, Richard Burton, Mick Jagger o Marlon Brando.Como paparazzo —término originado en Coriolano Paparazzo, un personaje del film La Dolce Vita (1960) que era fotógrafo— trabajó para los medios más importantes del mundo, recibió mucho dinero por algunas de sus imágenes pero también encontró problemas: Aristóteles Onassis le tiró una copa de champagne, Mick Jagger le rompió una cámara y Gerard Depardieu quiso quitarle un rollo de película y recibió una trompada a cambio. “Un maestro de la fotografía”“No era solo un paparazzo famoso, sino un maestro de la fotografía capaz de capturar múltiples aspectos de la sociedad”. Con estas palabras lo despidió esta semana el medio italiano Il Fatto Quotidiano, donde el fotógrafo trabajó durante 10 años. Allí apuntan que Pizzi frecuentó con su oficio los salones de los ricos, registró los vicios de la política y persiguió a las celebridades en su coche Escarabajo en los dorados tiempos de la “dolce vita” italiana. Pero Pizzi también fue fotógrafo en “las tierras desoladas de Medio Oriente”, donde mostró al mundo imágenes de niños soldados empuñando fusiles y otros horrores de los conflictos bélicos. En todas esas andanzas cámara en mano este personaje cosechó una serie de anécdotas que él mismo se encargó de contar en diferentes entrevistas. Así, por ejemplo, reveló en una nota cuál fue la imagen que resultó ser la más redituable para su carrera: “Estaba en Venecia el 31 de agosto de 1991, en una fiesta con Jack Nicholson y el abogado (Gianni) Agnelli. A la una de la mañana, llegó allí la baronesa Francesca Thyssen, muy elegante y borracha, junto a su novio. En un momento, él levantó la cola del vestido de ella y le saqué una foto donde se veía que no tenía ropa interior. De ahí salió la foto de ”la baronesa sin bragas” (baronessa sans-culottes, en italiano) que apareció primero en el Daily News. Luego todos los demás medios me la pedían. Se la vendí a cada uno por US$ 5000. En total, gané más de US$ 200.000”. Al narrar este episodio, el paparazzo añadió otro dato. El organizador de esa fiesta, un miembro de la aristócrata familia Volpi di Misurata, había dado la exclusiva fotográfica del evento al célebre fotógrafo estadounidense Richard Avedon. Pizzi se acercó al señor Volpi y lo increpó por no haber elegido profesionales de su país. Finalmente, el italiano obtuvo el permiso para ingresar en la fiesta y pudo tomar la icónica imagen de la baronesa que le dio pingües ganancias. Para rematar este cuento, Pizzi utilizó un recurso futbolístico: “Paparazzo: 1; Avedon: 0”. La dolce vita y el despuésEl último paparazzo de la dolce vita nació en Zagarolo, una comunidad en las afueras de Roma, el 7 de octubre de 1937. “Nací pobre -contó alguna vez-. Mi padre era obrero y mi madre tenía que cuidar de ocho hijos. Vivíamos en los barrios bajos y siempre buscábamos un alquiler un poco más barato”. Luego de trabajar “en mil empleos”, Pizzi fue auxiliar de enfermería en un hotel de la Vía Veneto -epicentro de la alta sociedad romana-. Allí cambió su destino: “Cuando salía veía la vida, a Walter Chiari y Ava Gardner, a Sophia Loren y Marcello Mastroianni, a Jacqueline y Aristóteles Onassis. Y supe lo que tenía que hacer”. Así decidió convertirse en fotoperiodista. Trabajó primero en países en conflicto como Irán, Irak, Turquía, Siria y Jordania como fotógrafo de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación). Después comenzó a documentar la vida social de Roma. Publicó sus trabajos como paparazzo en Time, People Magazine y Sunday Express Magazine, entre otros importantes medios. Supo visibilizar las luces y las sombras de una época de su país conocida como la dolce vita, entre finales de los años 50 y comienzos de los 60. Durante las noches romanas, recopiló muchas imágenes e historias en lugares icónicos como Via Veneto , Fregene y los clubes más elegantes del centro histórico de la capital, como el mítico Jackie O’.Se jactaba de haber inmortalizado a Liz Taylor, de quien se consideraba amigo, borracha más de una vez y contó que su pareja de entonces, Richard Burton, era su personaje favorito. “Me llamaba itsy bitsy. En su funeral (murió en 1984), los familiares se emborracharon y cantaron”. Pero también captó el período siguiente, denominado en italiano cafonal, que refiere a la ostentación exagerada de una alta sociedad que en muchos casos carece de sofisticación o glamour. Pizzi trabajaba en el medio Dagospia, en una sección llamada, justamente, Cafonal, donde realizaba un “irónico e implacable reportaje fotográfico de los salones de la política, los negocios y el espectáculo”, sintetiza Corriere della sera. El medio italiano añade: “En políticos, empresarios, nobles y personalidades del espectáculo, buscaba el gesto inesperado, la mueca, la situación embarazosa, el detalle capaz de contar más que un largo pie de foto”. La foto que no pudo venderAsí como Pizzi explicó cuál fue la foto que más fortuna le trajo, también contó qué imagen obtenida por él nunca pudo vender a ningún medio. Se trata de la de Silvio Berlusconi, tres veces primer ministro de Italia, con una mano sobre sus partes íntimas. “Jamás hubiéramos creído que se rascaría sus juguetes en medio de los presidentes de la República, la Cámara de Diputados y el Senado. Pensaba que Berlusconi era maleducado, pero no tanto”, contó el fotógrafo en Il Fatto Quotidiano, donde añadió: “Le propuse la foto a Franco Bechis, director de Il Tempo. Me miró y me dijo: ‘¿Estás loco?’”. El paparazzo contó también que su afinidad ideológica tiene influencia en la manera en que retrata a los hombres de la política: “Soy comunista. O mejor dicho, bolchevique. Y como todos los izquierdistas oficiales me enfurecieron, juré vengarme y nunca tuve consideración por nadie. Y cuando los agarré en sus elegantes salones, con sus suéteres de cachemir de colores pastel, comiendo ostras y caviar, los masacré”.Sin embargo, él mismo confesó que su foto favorita de su propia cosecha era la de un político, Enrico Berlinguer, el secretario del Partido Comunista Italiano. “Esa foto no me dio un céntimo, pero yo adoraba a Berlinguer”, contó en referencia a una imagen en la que se ve al hombre del PCI en una plaza, rodeado de trabajadores que están en su hora del almuerzo. “Berlinguer era pequeño, menudito y poseía un carisma enorme. Esa foto es prueba de que merecía todo mi respeto”, concluyó. Problemas con los famososLa relación de los paparazzi con los famosos que retratan es siempre ambivalente. Por un lado, se desarrolla un vínculo cercano de tanto encontrarse en los mismos lugares. Pero, por el otro, cuando el primero pretende captar las miserias o indiscreciones de los segundos, toda buena relación puede venirse abajo como un castillo de naipes. En este sentido, Pizzi fue protagonista de algunos altercados nada amables con figuras famosas. En sus palabras: “Siempre evité las agresiones, pero una vez cacé a Gérard Depardieu flirteando con Sylvia Kristel, la actriz de Emmanuelle. Él estaba un poco borracho y vino a insultarme y a pedirme el rollo de mi cámara. Le di un puñetazo en el mentón y se cayó al suelo”.Otro personaje célebre, Aristóteles Onassis, tuvo una reacción poco afectuosa cuando pilló a Pizzi tomándole fotos a escondidas. Así lo contó Rino Barillari, otro reconocido paparazzo que estaba esa noche junto a su colega: “Terminamos en un club y (Onassis) nos roció con champán. Nos lo arrojó con una copa. Fue una escena increíble, pero ese era el trabajo: estar allí, persiguiendo al personaje, consiguiendo la foto a toda costa”.El fotógrafo que murió este martes tuvo en el año 1970 otro conflicto violento, esa vez con Mick Jagger. En un concierto en Roma. El líder de los Rolling Stones empujó por unas escaleras al paparazzo. Y así le rompió su cámara. “Tuvo que pagarme 1.700 libras como indemnización. Las usé para abrir mi primera cuenta bancaria”, relató. Otro episodio no grato en la trayectoria de Pizzi fue con Sophia Loren. El fotógrafo siguió a la actriz hasta el Caribe, donde pensaba registrar la relación que la actriz estaría teniendo con el director italiano Ettore Scola. El episodio terminó de la peor manera para él: “Era 1978, yo estaba en el Caribe porque me enteré de que ambos iban a estar allí. Era una isla pequeña y solo tenía dos hoteles; ellos se alojaban en uno, yo en el otro. Así que descubrieron que yo también estaba allí y me arrestaron. Estuve encerrado dos días”, recordó. Tiempo más tarde, la diva italiana y el paparazzo se reconciliaron. En una de sus últimas entrevistas, este legendario fotógrafo dejó dos frases para recordarlo mejor. Primero pidió: “No me llamen paparazzo. Soy fotoperiodista”. Y luego lanzó una cita sobre el gran poder de su oficio: “Las fotografías, a diferencia de las palabras, cuentan la verdad”.

Fuente: La Nación