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Dos veces desembarcaron los piratas
Dicen los cuentos de hadas que había un reino de expedicionarios y poetas. Almas nobles que surcaban los mares del mundo hacia unas islas remotas. Héroes de la aventura que navegaban contra las furias, el viento, las tempestades y los monstruos marinos, sin más ambición que desafiar al destino y luchar por la libertad, la prosperidad, la seguridad, la “autodeterminación” de los pueblos. También dicen los cuentos de hadas que los príncipes son azules y valientes.Dice la realidad, en cambio, que el pirata es un ladrón.Días atrás, narrábamos el caso del Epitafio de Sícilo, un texto griego inscripto sobre una estela de mármol que un hombre, en una fecha cercana a los cien años después de Cristo, colocó como lápida en la tumba de su mujer. Dicho artefacto, de enorme valor y belleza, considerado la partitura más antigua de una canción completa de la que se tenga registro, es reclamado por Turquía al Museo Nacional de Dinamarca aduciendo que el mismo abandonó de manera ilegal su territorio de origen donde estaba reconocido y catalogado.Le pregunté a Zoe Zeniodi, titular de la Filarmónica de Buenos Aires, a propósito del concierto que ofreció en el Teatro Colón con esta y otras canciones griegas, qué sentía como representante del arte de su país, ante otro reclamo, el de Grecia al Reino Unido, para que el Museo Británico devuelva los Mármoles del Partenón. Esa colección magnífica de 75 metros de esculturas, frisos y estatuas que decoraban el templo construido en la cima de la colina ateniense, en el esplendor de la Acrópolis, cinco siglos antes de Cristo, extirpados en el apogeo de la fiebre colonial.Esto ocurría en los primeros años del siglo XIX, mientras la misma corona, codiciosa y violenta, intentaba invadir nuestra ciudad (sin el libreto de la “autodeterminación y el respeto de los pueblos” que hoy esgrimen los herederos del imperio perdido, argumento que por entonces los ponía en un brete). Dos veces desembarcaron los piratas. Y no de un cisne blanco, de un buque de guerra.Volviendo a los mármoles, símbolo de la identidad nacional griega: “Lord Elgin se los llevó a Inglaterra en circunstancias que son objeto de controversia”, comentó la directora acerca de la falsificación del supuesto permiso al embajador británico, el tal conde Elgin, en cuyo nombre quedó signado el saqueo, uno de los más escandalosos de la historia. “Como griega, creo firmemente que esta obra extraordinaria debe regresar a Atenas porque es parte constitutiva e inseparable del Partenón, monumento que se mantiene en pie y es el lugar sagrado de pertenencia para el cual fue creado”.El Museo Británico, autoproclamado “museo universal”, le ofrece a Grecia prestarle las obras del Partenón por un tiempo determinado. Prestar, jamás devolver, porque después de Grecia, que rechaza la propuesta, vendrían otros a vaciar el reino de los cuentos de hadas y los príncipes valientes. Por eso, y porque al pirata lo que le falta de moral, le sobra de astucia, inventó una ley que convierte la aceptación en delito: “En el Reino Unido, devolver lo robado está prohibido.”Porque en el país del norte ven de mal gusto recordar su historial de rapiñas. Traer a cuento la memoria de los corsarios y los tesoros sustraídos, los botines de guerra, los manuscritos, el arte y las joyas apropiadas, los pueblos esclavizados. Los miles de millones expoliados en todos los continentes. El oro, los diamantes, el caucho, el té, el carbón, el algodón, el opio, el tabaco, la pesca y ahora el petróleo, recurso natural del pueblo argentino. Y el territorio de las Islas Malvinas, Islas Georgias y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, usurpados mediante la fuerza militar, la expulsión de las autoridades nacionales y la implantación de pobladores a cargo del agresor Reino Unido. El 3 de enero 1833, fecha desde la cual la República Argentina no ha dejado de reclamar su derecho legítimo.
Fuente: La Nación